La vida es sueño

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Calderón de la Barca en el teatro oficial, una coproducción hispano argentina para el clásico de los clásicos del Siglo de Oro.Con Calixto Bieito como director, esta obra gana en cierto aire muy actual, ya que es una puesta con elementos muy cercanos a los conceptos de residencia y semimontaje. Se ha exhibido en otras ciudades del mundo, con distintos elencos.

Aquí llevó 7 semanas intensas de trabajo. Entre sus protagonistas destacan Joaquín Furriel, Muriel Santa Ana, Patricio Contreras, Osvaldo Santoro, Ana Yovino, y Lautaro Delgado. No podemos dejar de mencionar a Sebastián Rosso, un Clarín que se lleva las palmas por lo justo de su aporte, como cómico que disipa cuando la reflexión filosófica se traga a la acción.

Una gran arena circular aporta una tensión extra. Los actores y actrices deben moverse en un suelo hostil, y algunos aprovechan la dificultad de manera más exitosa, logrando imprimir lo extra cotidiano, superando el cliché. En este sentido pensamos que es un acierto de Bieito, que logra llevar a, por ejemplo Segismundo, a un nivel energético más que interesante.

Destacamos que Joaquín Furriel logra un papel muy importante, que soporta y expresa muy bien los dos monólogos de Segismundo, que no cae en el recitativo, y que también evita reproducir el cliché televisivo que hasta ahora lo tiene de autómata de telenovelas.

No parece acertada la elección de la sala mayor. Al menos en la función de prensa, y tocándonos estar en super pullman, se pierde mucho del juego escenográfico en lo que parece ser el dispositivo central que se lleva todos los esfuerzos de la tramoya: un gran espejo, con marco trabajado de madera, que acentúa el tópico de la ilusión y al retórica, central en una obra barroca, punto culminante del teatro del Siglo de Oro español. Valga esto también para aconsejar a nuestrxs leedorxs que elijan sentarse en platea.

Por lo demás, toda la propuesta resulta un tanto recitativa. Algunos actores, como Santoro, tienen serios problemas con la dicción, lo que, tratándose de un teatro filosófico, en verso y pleno de figuras retóricas, hipérbaton, retruécanos, metáforas, metonimias… resulta seriamente un problema.

Música en escena, con un cantaor y un ejecutor de cajón que además aporta ciertos efectos especiales, tampoco es un elemento destacable, quizás resulta poco usado, y suena más a capricho de hispanidad que un dispositivo que funcione teatralmente. Tampoco se entiende el efecto de las luces, puestas en los alto de los largos pasillos de la sala, y alrededor de toda la boca del escenario, como si iluminaran a los espectadores, aportando tal vez, quién lo sabe, un aire de feria o teatro de pueblo.

No falta un desnudo a medio expresar de Contreras cuyo sentido todavía nos preguntamos (distinto hubiera sido si el actor se pasease sin el gesto púdico un tanto ridículo de andar tapándose) que le saca fuerza a la idea de despojamiento total frente al destino en el que se encuentra Basilio, o la reflexión sobre la nada del hombre frente a la humana conditio.

Una obra riquísima, un elenco que podría estar mejor, una idea escénica interesante, para un texto fuera de serie en la historia del teatro, que no encuentra el modo teatral de dejar al espectador emocionado y transformado.

Teatro General San Martín, Sala Martín Coronado, Av. Corrientes 1530, CABA.
Funciones, de miércoles a sábado, a las 20.30; domingos, a las 20.

Publicado en leedor.com, el 19-07-2010