Las infantas

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Un libro de autora chilena, publicado originalmente en 1998, editado ahora por Eterna Cadencia. Es algo así como una vuelta de tuerca perversa sobre el imaginario colectivo que compone los relatos infantiles. Las infantas
Lina Meruane
(Eterna Cadencia Editora, 160 págs, primera edición en argentina: 2010)

?Las infantas? es algo así como una vuelta de tuerca perversa sobre el imaginario colectivo que compone los relatos infantiles. Por supuesto, el libro de la autora chilena, publicado originalmente en 1998 en su país, no está dirigido a un público menor. Lo suyo ?se vuelve claro desde los primeros párrafos? es la demolición de esas historias domadas, dejando en claro que los cuentos infantiles alguna vez fueron una clase de bestia muy diferente.

Como un Proust entrado en anfetaminas, el primer cuento nos sitúa del lado de un narrador niño que recuerda las partidas de naipes que su padre disputaba con otros hombres en su palacio.

?La pesada e inconfundible mano de mi padre tahúr, eximio jugador. As de la canasta, le decían, por sus escalas de picas, Soberano, por las siete cuinas que ponía en perfecta comparsa sobre el mantel. Conquistadas las damas negras y rojas, los contrincantes aplaudían como cortesanas. Le guiñaban al vencedor, le lanzaban sonoros besos que irían deshaciéndose en el aire a través del salón.?

La situación, dinámica, atrapante, pronto desemboca en un final inesperado y pavoroso, pero la mirada del niño no le presta esta distinción, por lo que en cierto modo, el narrador se vuelve un substituto del lector: si el chico comprende ciertas revelaciones de un modo natural, imaginativo y desdramatizado, ese es el tono que el lector debe asumir para estas narraciones.

Las narraciones, por otro lado, funcionan como dípticos, o juegos de espejos. Hay una serie de cuentos impares que tienen en los cuentos pares su imagen trastocada, su complemento, pero en esta segunda serie (la de los cuentos pares) está el detalle de que hay una continuidad: aparecen las famosas infantas, y cada relato cuenta alguna de sus peripecias en ese mundo fantástico y ominoso que las recibe, las separa y las reúne cuando tienen que huir del palacio antes mencionado.

??Tenemos que huir antes de que Nuestro Soberano pierda la partida, la cabeza, los ojos y las hijas herederas del trono. No debemos permitir que nos suban a la báscula y calculen nuestra valía.?

Con las infantas en fuga, el libro pasa revista a una serie de historias extrañas, en las que generalmente se inscribe en el cuerpo la verdadera esencia de lo que se narra: casi todos los horrores y los placeres que atraviesan los relatos se perciben por los sentidos antes que la reflexión o la resolución de un acertijo. El libro está plagado de misterios, pero los personajes rara vez tienen intención de resolverlos; prefieren vivir con ellos como hacen los niños, que a cada gran pregunta terminan reemplazando mediante la imaginación y el espíritu lúdico.

El resumen de contratapa nos dice: ?Lina Meruane narra las peripecias y desventuras de dos infantas que abandonan el palacio antes de que su padre las entregue como prenda en un juego de naipes. Una historia en diez episodios que se va entrecruzando con otros once relatos, para develar la crueldad y la ambivalencia de ese mundo donde todo está por construir: el de la infancia (?) [En el camino] no faltan los enanos, los lobos feroces, y las viejas brujas (?) Fantasías, carencias, deseos y juegos, atravesados de principio a fin por una tensión erótica que se resuelve en contra de todas las convenciones.? (Nota al margen: si todas las editoriales tuvieran esta claridad para resumir la esencia de sus publicaciones, el mundo sería un lugar mejor).

Por momentos, cierto gusto oblicuo por el lenguaje y la cadena de situaciones bizarras remite al non-sense de Alicia en el País de las Maravillas, pero ?Las infantas? construye casi un género propio, un frankenstein literario que se nutre de la fábula y el cuento folclórico, pero también de una pulsión sexual que combina el erotismo con el grotesco linaje del Marqués de Sade, volviendo cada nueva página algo impensado, pues si bien el tono es coherente y cohesivo a lo largo del libro, los mecanismos son elementos químicos cuyo resultado es conjeturable pero nunca del todo predecible. A la vez, como toda cadena de experimentos, la galería de relatos sufre sus altibajos. Si Clarice Lispector insistía en que había que tocar el texto con la no-palabra, y Samanta Schweblin habla de desnudar el lenguaje de todo lo que pueda volver unívoco al cuento, Lina Meruane por momentos trabaja tanto la implosión lingüística que unos pocos relatos se hacen arduos de seguir, piden la relectura inmediata, y en su hermetismo, calcifican un poco el placer de su producción de imágenes desbordadas.

Pero mérito hay en este libro, sin dudas, desde el momento en que la autora inventa sus propias reglas in situ. Se le endilga a Chateaubriand generalmente aquella frase que reza que el autor verdaderamente original no es aquel que no imita a nadie, sino aquel a quien nadie podría imitar. Podría haber estado hablando de Lina Meruane, perfectamente.

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