Diana Schufer

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Debajo de las sábanas y al otro lado, otros fantasmas atosigan las relaciones. El abuso, parte del nuevo proyecto de esta artista visual argentina.
En el stand de ArteBA de la galería Isidro Miranda pudimos ver la última producción de Diana Schufer, Gritos sordos. Una pared con 5 pequeños monitores exhibe una película nerviosa donde una mano dibuja, convirtiéndose en el instrumento de una expresión que aflora donde la palabra ya no puede decir, porque reproduce las formas en las que se expresa alguien abusado/a. Un resma de papel con un cuerpo trazado (el trazo es huella), infantilmente, fija sobre el blanco obra uno de esos monigotes, y la gente puede llevárselo a casa. Pequeña obra de la artista, que nos acostumbra a los souvenires, en este caso, dolorosos; y también marca, en dos aspectos: de lo vincular entre artista y público, y de la herida de alguien posible que hace esos dibujos, que tiene pocas chances por sí sola de repararse y que exhibe la cicatriz como un tic social.

Schufer por lo tanto vuelve al eje en el que viene desarrollando su propuesta visual desde 1994: el amor. Pero si hasta ahora lo que mostraba su poética tenía que ver con el lado luminoso (encontrado o desencontrado), aquí se trata de un giro radical, porque enfoca el lado oscuro de las relaciones, el abuso sexual, el incesto.

Si hasta ahora toda su obra tenía un sabor barthesiano en cuanto a “Fragmentos de un discurso amoroso”, y a ese continuo que teje el enamorado que dice, la vuelta de tuerca de esta nueva búsqueda convierte el decir en algo cercano a un performativo de denuncia.

Estos videos contienen los indicios que suelen aparecer en la terapia psicológica (profesión de Schufer desde hace 32 años), manifiestos en rasgos característicos, como la cabeza grande, las manos detrás, el tachado, la violencia del rasgo, la presión del grafito.

Recordemos que Diana se forma en el taller de Kemble, en pintura.

Recordemos también que en varias oportunidades fue seleccionada para el premio Premio Fundación Klemm a las Artes Visuales. En 1994 realiza Camas, iniciando una serie de instalaciones que cerrarán en Nocturno, un proyecto sonoro-visual de alto impacto, muy concurrido, siempre en el Centro Cultural Recoleta de Buenos Aires.

Gritos sordos. Su presencia en una feria de arte llama la atención. Es una obra comenzada en 2009, y exhibida en el marco de una acción comercial. La finalidad de las galerías en arteBA es vender obra. Hablamos con Diana, y ella nos dice que no espera venderla. De allí que nos surgen ciertas cuestiones que tienen que ver con la relación entre arte y reparación.

Esta propuesta en la que se encamina Schufer, que además nos explica claramente que siente que cierra una etapa y abre otra, nos refuerza esta idea de la relación que tiene su obra con lineas propias de la contemporaneidad.

Uno de estos rasgos tiene que ver con resaltar una vez más la peculiar relación del arte contemporáneo con ese plus que agrega la propia vida del artista o la propia situación de su contexto. La labor de resignificación de lo que sucede en el consultorio, que proyecta la acción artística en una nueva acción, digámosle socio-estética.

El discurso amoroso involucra a todas las personas, y atraviesa múltiples realidades. En este sentido vale la lectura de la obra de Schufer, sobre todo en el diálogo de sus dos caras: la de la belleza y la fealdad.

La finalidad de una instalación, nos dice Diana, es vivenciar, producir modificaciones en el ser y el estar. No porque el artista se lo proponga, sino, sencillamente, porque sucede con solo recorrerla. Es fruto de la multiplicidad de registros, de motivaciones y estímulos que se agrega esta cuestión vincular, entre la obra, el artista y su receptor. Siempre compartir experiencias es movilizante, y hay una intención para la artista de ir del otro lado.

Por otro lado, si el arte es hoy más que nunca la clave para entender la estructura inasible del mundo, y el sentido del ser humano pareciera medirse por su competencia en abrir juicios sobre la belleza, (aunque este juicio sea decir que no se puede decir nada más, o consolarnos con la catarsis, o que debamos apoderarnos del recuerdo porque relampaguea en un instante de peligro), el problema del arte en Schufer adquiere un nuevo sentido a partir de Gritos Sordos. El arte ya no es solo una expresión del eros, sino la restauración de un agujero interminable, inexpugnable y trascendente, volviéndose clave para restaurar el orden del mundo, o al menos, soñar con ello.

Soñar, dormir, morir acaso, Hamlet retoza en las sábanas de Schufer, escritas con cartas de amor, papeles demandantes al Otro, que transforman la urgencia en necesidad de huir y revuelven en su escapada esas letras en otras grafías, la de los dibujos desesperados, en los que la metáfora lírica se hace cuerpo roto.

Algo amanece en todo esto: el deseo de hablar por los que sufren en silencio también forma parte del deseo del amor.

Publicado en Leedor el 9-07-2010