Del mundial, Bajtín y el Dieg

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Los ecos del Mundial, transformados en lágrimas secas, aún marcan el ritmo del corazón desilusionado.Del mundial, Bajtín y el Diego

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Los ecos del Mundial, transformados en lágrimas secas, aún marcan el ritmo del corazón desilusionado. Los argumentos, falaces, plausibles y razonables, se mezclan con el sentimiento. Pero este sentimiento también es complejo y abarca amores y odios encontrados, reproches y agradecimientos. No hay lugar para el rencor. La ilusión volverá a ponerse en marcha.

Mientras tanto las desigualdades se agudizan en Africa, ocultas por el estridente sonido de las Shakiras y las vuvuzelas (estaba tentado de no escribir esa palabra, para no caer en un lugar común, pero la sonoridad pudo más…). El dinero queda en manos de los empresarios; pues aunque haya algunos jugadores millonarios, el porcentaje es siempre favorable a quienes no transpiran la camiseta y se ocultan en la platea o detrás de un televisor apagado. Pensemos simplemente que en el equipo de Nueva Zelanda, los All White, había jugadores amateurs, esto contrasta con lo que puedan ganar Messi, Cristiano Ronaldo o Kaká, pero nunca se ha visto, en ningún mundial, a empresarios amateurs, que generen los negocios simplemente por el placer de hacerlo.

La gran incógnita del Mundial es saber por qué el fútbol africano apenas pudo poner a un solo representante, Ghana, en los octavos de final. La respuesta es obvia y de tan clara parece que encandila. Africa es el continente más pobre y su pobreza se agudizó en los últimos 20 años, los del triunfo liberal. América latina, también es pobre, pero en mucha menor medida que el continente que vio nacer al Homo sapiens. Los conflictos sangrientos y las catástrofes humanitarias, como gustan decir los burócratas de las Naciones Unidas, las hambrunas y las enfermedades, el saqueo de recursos materiales y humanos, son algunas de las atenciones que Europa, fundamentalmente, le prodiga a nuestro continente madre, Mamá Africa. Las selecciones africanas que estuvieron en el Mundial, tenían casi todas entrenadores europeos, salvo Argelia y Sudáfrica (esta última tenía un Dt brasileño). Seguramente los dirigentes de esos países eligieron a sus seleccionadores de acuerdo al criterio FIFA, no libre de cierta dosis de racismo. Y los pusieron a jugar a la defensiva, con dos líneas de cuatro jugadores y sólo dos atacantes. La frescura del pie africano sometida a la disciplina importada del cancerbero europeo. El viejo imperialismo sigue salpicando.

Como en el viejo carnaval analizado por Bajtín, en el Mundial, las diferencias parecen borrarse. No hay tiempo para las jerarquías y los equipos salen a embriagarse en el juego. Siempre hay lugar para las sorpresas. La atención parece concentrarse en el esférico, el mundo se contagia y los sociólogos están de parabienes. Todos nos identificamos, la alegría y la desazón son colectivas. No hay máscaras ni disfraces, pero hay camisetas y banderas, que se multiplican dentro y fuera del estadio y aún a miles de kilómetros de distancia. Eso sí, la experiencia colectiva tiene su precio. En la puerta del templo, anidan los mercaderes.

Nadie puede reprocharle a Maradona que el equipo especulaba. Contra Grecia, se escucharon comentarios de todo tipo, acusando a los aqueos de no tener a un Aquiles ni a un Patroclo ni a un Agamenón. Se comportaron como los troyanos, agazapados detrás de las murallas y apenas lo dejaban solo a Samaras para que defendiera a la sagrada Ilión. Luego de la derrota contra Alemania, las mismas voces que criticaban la mezquindad griega, salieron a degollar la generosidad maradoniana. Contradicciones a las que nos tiene acostumbrado el periodismo deportivo.

Siempre se habló de los estilos bilardista y menotista como opuestos en cuanto a la forma de encarar el juego. El esquema del narigón estaba basado en una férrea estructura y con un único objetivo, ganar a toda costa. El esquema del flaco estaba más relacionado con el jogo bonito y el lirismo. Pese a ello en el menotismo se observa también una estructura, pero claramente relacional, fundamentada en lo que Menotti llamaba las “sociedades del fútbol”. Hoy día diríamos basada en las díadas. En cualquiera de los dos casos, los esquemas no dejan ver la complejidad y Bilardo ganó un mundial con un Maradona inspirado y Menotti ganó otro con un equipo compacto en donde hubo grandes jugadores pero ninguno que marcara la diferencia que luego haría el Diego.

El Mundial continúa con una tenue esperanza rioplatense. La identidad cultural sin unidad política nos pone a alentar a la celeste desde aquella mítica ciudad de Onetti, Santa María, una mezcla de Montevideo y Buenos Aires.

Yo, lo que más extraño de los mundiales, es la columna de Fontanarrosa y su querido personaje, La Hermana Rosa. ¿Qué diría la adivina de lo acontecido? Seguramente nos hubiera prodigado montones de carcajadas, ya que material sobra. El contexto africano, imposible no acordarse de Area 18, las sorpresas futbolísticas y todos los condimentos puestos para una desopilante crónica, en donde las brujerías, las cábalas y los resultados disparaban las reflexiones delirantes. En fin la tristeza sin el Negro es más triste. Que lo parió!

Publicado en Leedor el 6-07-2010