Mundo plástico

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Inventiva propuesta en 41 cuentos de ciencia ficción de Tomás Wortley.
Tomás Wortley
(El fin de la noche, 2010, 200 págs)

En su debut literario, Wortley propone una irreverente y particular versión del futuro que coquetea con la ciencia ficción y la distopía. A través de 41 cuentos o viñetas, nos encontramos con una serie de elementos que configuran un universo reminiscente del nuestro, en el que las principales diferencias son proyecciones de lo que ya hoy existe. Están las nuevas ciudades: Nueva Londres, Nueva Buenos Aires, Nueva Nueva Delhi. Los alimentos son pastillas proteínicas azules (cuando se está de suerte, a veces simplemente tocan las aburridas pastillas blancas) y se puede tomar cerveza reciclada, vino reciclado, agua reciclada. Tanto énfasis en las ?Nuevas? ciudades y el proceso de reciclamiento cotidiano hace pensar que, más allá del humor que el autor manifiesta ?incluso cierto sentido lúdico muy presente?, ?Mundo plástico? es también el producto nuevo de un reciclaje de todas las películas, libros y series de ciencia ficción que lo preceden.

Uno de los grandes aciertos del libro es que el universo en sí está establecido previamente, y lo encontramos como huella fragmentada en la escenografía de cada relato, con lo que vamos aprendiendo casi sin notarlo cómo funciona. Cada cuento o viñeta se refiere a una cuestión en particular: drogas de diseño, viajes de teletransportación, mascotas reducidas, androides con sentimientos, boxeo a larga distancia, máquinas que determinan la vocación de los hombres, conspiraciones de insectos genéticamente modificados, etc.

El disfrute de ?Mundo plástico? está directamente relacionado con la complicidad que pueda establecerse entre el texto y el lector. Si aceptamos las reglas que Wortley nos propone, es probable que nos pasemos un buen rato entretenidos y sonrientes ante el inventivo imaginario del autor.

Por momentos, lo que le juega en contra es cierta necesidad de Wortley de poner las cosas en blanco sobre negro. Desde el mismo subtítulo del libro, que reza ?Postales de un futuro que ojalá no llegue?, probablemente el fallo más serio (por relevancia: está en la tapa). Toda la sugestión implícita en el título se ve entorpecida por la necesidad de hacer explícita una serie de valores en las últimas cuatro palabras del subtítulo. Esto mismo ocurre en un puñado de cuentos, y son esos relatos los que juegan en contra del resto. Por suerte, no son mayoritarios, y cuando por el contrario, Wortley deja su imaginación volar sin necesidad de explicar demasiado las cosas, el libro se vuelve atrapante. El caso de ?Cucarachas?, uno de los mejores relatos del libro, es un excelente ejemplo de esto último: cucarachas de circo, obligadas a hacer pruebas matemáticas y de riesgo para deleite del público, que traman secretamente una suerte de revolución. Wortley escatima los datos y de ese modo juega a producir imágenes en la mente del lector, que completará a su vez la lectura con su propia producción de ideas.

La ciencia ficción logra sus mejores resultados cuando funciona con diferentes niveles de lectura: detrás de la recreación se puede encontrar una idea crítica del mundo de hoy. Los androides, las naves espaciales, los viajes en el tiempo, las tecnologías asombrosas, son siempre la metáfora, pero debajo de esta, el terreno de la ciencia ficción es uno de los más potentes a la hora de hablar, indirectamente, de nuestra propia realidad. Cuando el futuro de Wortley nos expone al exitismo salvaje de las empresas, que mudan a sus empleados de edificio según sus logros (y hay un edificio identificado como el de ?los incapaces?, otro que es el de ?los depresivos? y finalmente el de ?los que carecen de ambición?), el vínculo con la realidad que nos rodea, en la cual las empresas fomentan la competencia feroz por un puesto, se hace presente y la metáfora funciona como un teleobjetivo que nos muestra cuán bizarro y ridículo es algo que aceptamos a diario porque aprendimos a verlo con cierta dosis de resignación y pragmatismo. Del mismo modo, cuando un androide 355-Z se enamora de una 672-X y termina siendo rechazado por la flagrante diferencia de tecnologías que hay entre ambos modelos, hay un eco del clasismo que siempre está presente en nuestra sociedad. En cierto modo, la lectura de ?Mundo plástico? remite al ?Bar del infierno? de Alejandro Dolina; en ese libro, sirviéndose como metáfora de una china lejana y mítica, Dolina repasa cuestiones universales, que se pueden encontrar a la vuelta de la esquina. Otro paralelo entre ambos libros es la brevedad de buena parte de las piezas que conforman el todo, por lo que algunos relatos son más bien ilustrativos y no tienen un argumento muy relevante, si no que sirven para completar la construcción de la mitología del libro.

Al fin y al cabo, ?Mundo plástico? es una buena aventura dentro de un género que no ha sido muy explorado por la literatura vernácula, y que es directamente despreciado por muchos autores de la nueva camada. Posiblemente el libro funcionaría mejor si sus 41 relatos hubieran sido reducidos a los mejores 30, pero de cualquier modo se trata de una obra valiente y que abre el interés por este autor, que con apenas 30 años, seguramente tenga todavía mucho para decir.

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