El ex-alumno

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Gran pieza de Somigliana, en su casa, El Teatro del Pueblo a cargo de Luis Saez.

La dramaturgia de Somigliana nos pone de cara a una representación del mundo “real”. En él, el descentramiento tal vez esté basado en la discordancia que existe entre una idea de la felicidad y la imposibilidad de hallarla. Como si el mundo se corriera un grado cuando alguien quiere salir de la inercia que le está destinada y eso lo arrojara a un precipicio sin fondo.

En el caso de El Ex alumno, hay algo del orden del tiempo perdido y el quimérico por recuperar, que se juega en un presente con verbos pretéritos. La escena se abre con un breve monólogo de un joven que se interpela por los seis tiros que puede disparar el arma que lleva consigo, luego, hace mutis. En esa casa un jubilado profesor de Literatura del Colegio Nacional Buenos Aires, disipa sus horas en la resolución de crucigramas que intuye por repetición. Lo que interrumpe ese orden diario que huele a rutina desde la primera escena es la llegada de un ex alumno. No importa si el profesor reconoce o no a Caletti, ya que el ex alumno es la pieza clave de recuperación de aquellos poemas que le daban a docente su entidad y al alumno una esperanza ser algo más que un actual empleado de una metalúrgica.

No importa con qué cargo, ni con qué remuneración, sólo interesa que ese destino que parecía no tener techo se abortó en una tarea tan rutinaria como la resolución de los crucigramas. En este punto hay una interrogación del profesor sobre los otros compañeros que conformaron la estudiantina del alumno que de algún modo casi subyacente parodia al prólogo de Juvenilia en el que el narrador/autor Miguel Cané, se pregunta qué habrá sido de los ?sin éxito?, desaparecidos los llama. Es que para la Generación del 80? el modelo neoliberal deparaba el éxito si se pertenecía a una rancia familia patricia de la Argentina. Pero en el siglo XX, las cosas son más complejas, ya no van al Buenos Aires los futuros presidentes de la Nación, o si pero en menor medida y junto a cierta democratización de sus filas de educandos, la mixtura entra a jugar un papel importante.

¿Quién se imagina a un docente de esa casa de altos estudios no teniendo dinero ni para comer? ¿Quién se imagina otro destino que la notoriedad para un egresado de allí? Pues Somigliana lo ha hecho y Luis Saez en su adaptación ha recuperado la sustancia de esa pieza, remozando nuevas variables que son el resultado de lo que las políticas neoliberales dieron como resultado en la Argentina del fines del XX o principios del XXI. Así, el profesor tiene una jubilación miserable que además, sospechamos, administra mal. Una hija que nació al momento en que su madre moría pero que no es biológicamente su hija. Sus días transcurren preparando alumnos para el ingreso a gendarmería, antípoda del momento retórico de recitar a Góngora, Quevedo o Lorca.

La puesta construye con gran acierto dos pares, por un lado el profesor y su ex alumno y por otro la hija heredada del primero que ostenta la rebeldía no sólo de su juventud sino también la que deviene de su falta de horizonte. Hasta tal punto no es hija del docente que todos sus tips la ponen en el extremo opuesto, lee sólo pornografía, es amiga del analfabeto funcional que intenta entrar a la repartición del orden, construyendo con él el otro par. Así, letrado e iletrados terminan jugando no sólo el juego de las ilusiones perdidas para todos sino que también exhiben la vieja dicotomía civilización y/o barbarie en donde nadie gana.

Las actuaciones manejan energías diversas acordes con los roles, son extremos de una cuerda que se tensa en una afirmación terrible: saber no basta. Destacándose el profesor en la piel de José María López y Fernando Armani como el ex alumno, cuyo ritmo siempre parejo no sobrepasa la energ{ia adecuada.

El diseño escenográfico pone en primer plano lo que debe ser resaltado, es decir, una multitud de libros y revistas que el profesor repasa a falta de otro horizonte y que se interrumpe para desatar el drama cuando el ex alumno llega y exhibe toda su carga de frustración que no es más que la frustración de varias generaciones. Los jóvenes son el resultado nefasto y obvio de varias décadas en que educar no era un Norte sino el último escalón de una empinada escalinata por la que muchos cayeron antes al primer descanso.
La dirección de Saez es acertada como su adaptación porque si bien hay una línea que separa ambas frustraciones, las acciones que les imprime a sus personajes los muestran desguarnecidos, solos y frustrados con o sin cultura, porque el desengaño en la que dirimen sus vidas reparte de manera pareja no permite salvación alguna, poder declamar dememoria cualquier verso, completar en tiempo record un crucigrama no nos libra del olvido, como así tampoco huir en busca de otro horizonte o dispararle al que ostenta perversamente el saber. Todos son perdedores y en esta obra de Somigliana, saber no los libra del azar y de la nada.

Grato es que Somigliana esté en su casa y que dramaturgos de la talla de Saez, que pueden darnos trabajos muy interesantes, se le animen para que el público pueda conocer a un dramaturgo tempranamente fallecido con una sustancia profunda arrraigada en el centro mismo de sus textos.

Publicado en Leedor el 25-06-2010