Si muero antes de despertar

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… Y No abras nunca esa puerta. En doble programa de suspenso en el Centro Cultural Rojas, excusa para este breve estudio sobre el policial argentino de los años 50.Obras maestras del Suspenso.

No abras nunca esa puerta y Si muero antes de despertar, juntas
este jueves a las 22.00 hs. dentro de Nocturna en el Rojas.*

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En la primera mitad de los años cincuenta, la narrativa policial fue algo muy popular. Tal vez combinando el estilo despojado del neorrealismo, con las ilusiones perdidas durante la recién terminada guerra mundial, más los recelos de la guerra fría, fue en el mundo el género de lectura popular por excelencia, que vendía millones de ejemplares. Como no podía ser de otra manera, impactó en distintas cinematografías. En la Argentina, por entonces el mayor editor de literatura impresa en habla castellana, aparecieron colecciones de todo tipo y se editaron todos los autores posibles. El Séptimo Círculo, creada por Borges y Bioy Casares para Emecé Editores, era como el punto máximo de la poca veces lograda combinación de prestigio y entretenimiento. El primer volumen de su larga colección (salía un libro por mes y llegó hasta los años ochenta) fue La bestia debe morir, de Nicholas Blake, después adaptada al cine por Román Viñoly Barreto.

Menos pretensiosas, estaban la Colección Naranja y Evasión, de Editorial Hachette. En un escalón más abajo en precio y más cerca del lector común, estaba Rastros, de Acme Agency, que solía incluir autores locales, muchas veces con seudónimo. Después estaban Cobalto, Pandora, Club del Misterio y otras tantas, con títulos tan misteriosos como gancheros.

Entre todos los autores que fueron muchas veces traducidos por primera vez al español en estas tierras, tuvo un especial éxito William Irish, que también firmaba como Cornell Woolrich (era su verdadero nombre) y que vivió entre 1903 y 1968, cultor de la corriente de literatura de suspenso.

Hachette publicó muchas de sus novelas y antologías de cuentos, muchas traducidas por Rodolfo Walsh, hijo de irlandeses y con perfecto conocimiento del inglés. La serie naranja le publicaría su primer libro Variaciones en rojo, mientras que una antología de Cuentos policiales argentinos por él compilada y comentada, formó parte de Evasión. Pero volviendo a Irish/Woolrich, podemos decir que su éxito y atractivo siempre estuvo en mostrar situaciones angustiantes de personajes que íntimamente habían hecho algo mal y que se resolvían la mayoría de las veces, en los últimos dos renglones de narración. Muchos de sus cuentos o novelas incluyen la palabra negro en el título: “El negro sendero del miedo”, “Coartada negra”, “El ángel negro” aunque por suerte no se convirtió en una constante. El cine lo adaptó ?y lo sigue adaptando ocasionalmente- en varias ocasiones, incluyendo El hombre leopardo (The leopard Man,1943) de Jacques Tourneur, un par de pelis de Truffaut como La sirena del Missisipi (La sirene du Mississipi, 1969 ) y La novia vestía de Negro (La marieé était en noir ) que quieren homenajearlo desde los sesenta con resultados dudosos, el famoso Hitchcock de La ventana indiscreta (Rear Window, 1954) y hasta el Pecado Original (Original Sin, 2001) con Antonio Banderas y Angelina Jolie, remake de la Sirena? francesa, ambas basadas en la novela Waltz into Darkenss/Vals en la oscuridad. La tele y la radio también lo tuvieron como abonado.

Curiosamente, salvo La ventana? estas adaptaciones suelen basarse más en sus novelas que en sus cuentos. A Carlos Hugo Christensen se le ocurrió lo opuesto.

Había irrumpido como el joven díscolo y de aspiraciones estéticas de los Estudios Lumiton, con una buena adaptación de El inglés de los güesos. En los cuarenta avanzó con audacias que fueron desde el romance intergeneracional de Safo (1943), el sexo como arma de destrucción en Los Pulpos (1948), el morbo sexual de nuevo y el escándalo en El ángel desnudo (1946), el humor policial de La muerte camina en la lluvia (1948, título de la Colección Naranja y remake de la francesa L´assasin habite au 21 de Henri Georges Clouzot, 1942).

Mientras, fue formando su crew de habituales. Actores como Roberto Escalada, Guillermo Battaglia o Nicolás Fregués, actrices como Olga Zubarry, iluminadores como Pablo Tabernero. En algunos momentos se lo llegó a llamar Orsonwellito y era capital valioso de los doctores de la Lumiton. Pero, como bien destaca el filoso historiador Abel Posadas, Christensen fue a realizar sus dos obras maestras fuera de la productora de Munro, para Estudios San Miguel.

Al parecer, Christensen les propuso adaptar tres cuentos de Irish: “Alguien al Teléfono”, “El pájaro cantor vuelve al nido” y “Si muriera antes de despertar”, este último ya con su prestigio al ser incluido por Borges y Bioy en su antología desprendida Los mejores cuentos policiales. El título aludía a la famosa oración que los niños angloamericanos rezaban antes de irse a dormir.

Los de San Miguel le dieron el OK, siempre y cuando los derechos fueran accesibles y el director se encargara de gestionarlos.
Christensen quería filmarlo: viajó a Nueva York y obtuvo los derechos por un monto accesible. ¿Una película en Argentina? Hizo contacto personal con Irish y el escritor, un depresivo de aquellos, se los cedió. Por lo que sabemos, mantuvieron fluida correspondencia, durante el periodo de adaptación y escritura del guión. Otro ex Lumiton, José Martínez Suárez nos contó que Christensen le mostró esas cartas. Quien adaptó los cuentos fue el español Alejandro Casona, exilado en la Argentina y que guionó varias películas como modus vivendi en estas tierras.

Se planeaba un tríptico, en modalidad episódica como se estaba poniendo de moda en ese entonces, formato que fastidiaría a principios de los años sesenta. El muriera de la traducción fue reemplazado por un más rotundo y cinematográfico muero. Pero al final del rodaje y montaje, este cuento resultó tener un mayor desarrollo narrativo y duración como para estrenarlo por su lado, por lo que el tríptico quedó partido y así Alguien?y El pájaro fueron por su lado juntas como un díptico. Se estrenaron con un mes de separación, primero Si muero?y después No abras nunca esa puerta, título con promesa de misterio que sirvió para agrupar a las otras dos.

La Nueva Argentina viste de negro.

Llama la atención ver en muchas películas locales de mediados de siglo veinte, cómo un muchacho es quien ayuda a que se resuelvan las cosas o mantenga una mirada diferente, más optimista o rebelde frente a los mayores.

Así había pasado por ejemplo en A sangre fría, de Daniel Tinayre (1947), donde el hijo de un médico asesinado (Tito Alonso) en vez de resignarse da un dato clave e insiste en desenmascarar a los asesinos (Amelia Bence y Pedro López Lagar). El mismo Alonso, adolescente/joven emblemático del cine argentino de esos años, es quien se rebela a los planes trazados por su hermano malandra (Jorge Salcedo) en Apenas un delincuente (1949). Y ya que mencionamos el film mítico de Hugo Fregonese, que marcó un antes y después en el policial, con sus cámaras en la calle[1] y narración en gran parte de escenarios reales, cabe destacar el tratamiento fantástico y alejado de la realidad semidocumental por entonces impuesta en pelis como La ciudad desnuda, de Jules Dassin (The Naked City, 1948), y remarcable en el tríptico de Don Napy del policial argento: Captura Recomendada (1950), Camino al crimen (1951) y Mala gente (1952).

Christensen se distanció de este tratamiento policial crudo y realista, a favor de un estilo más sofisticado y expresivo, sin demasiados puntos geográfico que reconocer.

En No abras nunca esa puerta, los dos episodios tienen un estilo casi teatral y se desarrollan en ese ámbito escenográfico de espacios acotados geográficamente aunque sin los vicios de comúnmente llamado teatro filmado.

Alguien al teléfono se desarrolla en tres ambientes; el piso o departamento de los hermanos Raúl (Angel Magaña) y Luisa (Renée Dumas) con todo el modernismo irreal cinematográfico; el interior de un taxi; la boite que remite a otras del cine yanqui (trompetista negro, máscara exótica) y el reducto del prestamista (Nicolás Fregués), todo en plan nocturno, para regocijo del iluminador Tabernero.
El pájaro cantor vuelve al nido, salvo un pequeño prólogo a plena luz del día y en exteriores suburbanos, se desarrolla en un mundo de penumbras, tal como se advierte al comenzar comprendido en un escenario ?no se lo puede llamar de otra manera- , que recrea una casa de dos plantas, con la escalera y balaustrada presentes en tantos ejemplos del cine de misterio. Este episodio es todo un ejercicio de silencio y economía en el relato, con algunos momentos de real escalofrío, en el que la veterana Ilde Pirovano se destaca con su máscara de angustias y secreta esperanza, ante un Roberto Escalada malísimo y un Luis Otero en uno de sus roles típicos (solían llamarlo para hacer de delincuente o policía). Toda referencia a lo exterior aquí es sonido y no imagen: la radio, el tren que pasa, el silbido del ?pájaro cantor?, con una utilización de estos elementos que están puestos en su debido lugar para ponernos mágicamente del lado de los sentimientos de la protagonista. La joven Norma Giménez, como representante de la juventud (otra vez) y la belleza, tendrá un rol breve pero definitorio. Es el personaje que sabe la verdad. El único que no desconoce ni es engañado.

No abras nunca esa puerta… se inicia con la toma de una que tal vez anticipa a la que después haría popular la serie “Dimensión Desconocida”. Si en el teatro, las puertas sirven para salir de escena (o entrar a un decorado que está frente a nosotros), en el cine son una apertura a lo oculto, lo negado, lo que el ojo voyeur del espectador quiere y no quiere descubrir.

Si hablamos de su insersión en estos títulos podemos decir que ésta es una puerta fuera de toda lógica o continuidad con los cuentos adaptados.

En Si muero? el comienzo es igualmente irreal y más inquietante. Una calesita de pesadilla, en la nada más oscura, se nos presenta girando sin cesar. Pero en este caso no se trata de un tíovivo, sino más bien de una imagen relacionada con lo ominoso y lo tétrico. A medida que ajustamos la vista, vemos que se trata de lo más malvado, de seres pesadillescos (de cuentos infantiles) que nunca han sido ni serán representados en el girar de fantasía.
Y ya que estamos en el mundo de los sueños, la secuencia onírica de esta película y la asociación de El lunático con un animal que mete miedo desde una vidriera, habla de una sensibilidad fuera de lo común para retratar los miedos infantiles y adolescentes.

Es que aquí el tema es la pesadilla de cualquier padre: la niñez acosada a la puerta del colegio por un abusador, degenerado y asesino, interpretado magistralmente por Homero Cárpena, uno de los actores más dúctiles de la historia del cine argentino. Si mencionamos al maestro Orson W. por ahí arriba, basta ver la presentación de Cárpena en la película y cómo es fotografiado en contrapicado. Planos que recuerdan a otros similares de por ejemplo, Soberbia (The Magnificent Ambersons, 1942). Y en este caso, tomados con la Catedral de San Isidro de fondo, una clave para anunciarnos que la lucha será del bien contra el Mal representado en una persona con mucho más de natural. No en vano, en un momento cúlmine, el malo preguntará desafiante Dónde está tu dios ahora? mientras sacude a un menor como nunca se ha hecho en el cine local.

El protagonista de la peli es el entonces teen venezolano Néstor Zavarce, que ya había actuado en la incursión de Christensen por ese país (la premiada La Balandra Isabel llegó esta tarde) y que con el tiempo tendría su popularidad como cantante y hasta filmaría una peli con Libertad Leblanc. Algo crecido para el rol y luchando contra el acento, es Lucho el hijo de un inspector de segunda (Florén Delbene) y aquí ven que retomamos lo que decíamos de los chicos que ayudan y superan a sus mayores: era una época de optimismo, o al menos de creencia en la superación, de que las generaciones que venían debían superar lo hecho. Pero volviendo, decimos que Lucho presencia cómo una compañerita va a ser víctima de un abuso y un año después, ya casi adolescente, el destino lo pondrá en una situación idéntica en la que será protagonista a pesar de los ruegos de su padre y madre (Blanca del Prado), en dos actuaciones que superan en naturalidad a las de cientos de esa y otras épocas. A partir de ese punto, comenzará una historia de Hansel y Gretel criolla, reemplazando tiza por migas de pan y alcanzando picos de violencia física rara vez mostrados en aquel cine de muertes sin sangre y aun lejos de lo más o menos explícito. Una historia donde la negritud y la oscuridad (presentes en los dos episodios de Nunca abras?) tienen un valor protagónico y, desde un punto de vista optimista de las cosas, es el pizarrón en el que se dibujará la línea ?de la vida- salvadora.

Teoría del autor: dos películas consideradas una.

Al exhibir los tres cuentos juntos, es interesante mirarlos con ese criterio abarcador que les dio origen cinematográfico y a la vez los separó en dos, o en dos y en uno, para ser más exactos.

El tema del padre y el hijo estuvo presente a lo largo de casi toda la filmografía de Christensen y lo está en estos tres cuentos elegidos. Los hermanos del teléfono, que pueden pasar por amantes o pareja si no prestamos la debida atención, han sido dejados a cargo de la industria y negocios familiares por los padres ausentes por un viaje?con los peores resultados como se verá. Son dos personas grandes que chocan la Ferrari por diversos motivos. El saldo será el más negativo que pueda imaginarse: una ineptitud total para manejar ciertos problemas de la vida, que intentan resolver sumariamente. Ah: el cuento original tiene sólo 5 páginas.

Si vamos a El pájaro? hay una madre que podría ser hasta adoptiva: Mamá Rosa la llama el ladrón/hijo. Su raid delictivo lo ha llevado a la fama y a la marginalidad. Evidentemente tiene su rencor hacia la viejita, pero como en muchos tangos vuelve vencido a la casa, aunque sea por unos momentos. La madre ciega (una madre que no ve lo malo que es el hijo, la devoción llevada al extremo!), que creerá en la redención del descarriado hasta el último de los momentos y más aún. Su recompensa será cierta justicia poética?aunque no sabremos por cuánto tiempo.

En cuanto a Si muero? hay otro enfrentamiento, entre el padre ?frustrado- y el hijo, que está empezando a dejar de ser un chico. Esta tensión muy bien retratada en un naturalismo insólito, será la que lleve al protagonismo a momentos de gran dolor, con riesgo de pérdida de la vida en busca de la solución del problema principal (caza del asesino) y el secundario ( o no: la aceptación por parte del padre).

Podemos decir entonces que el crecimiento está presente en los tres cuentos. Se trata de tres historias de hijos de tres edades diferentes: niños/casi adolescentes, jóvenes y adultos. Lo que cada uno hace con eso, mejor que lo vean proyectado y saquen más conclusiones. Podemos decir que dentro de todas las variantes que hay de cine policial y siendo un género bastante frecuentado por el cine nacional, el suspenso fue poco y nada abordado. La lectura y elección de buenas historias puede ser una clave. En todos casos, Christensen reflejó la época de oro de la narrativa policial en la Argentina. Y bien que lo hizo.

* Ambas películas se proyectarán en fílmico gracias a la colaboración de Filmoteca y Fernando Martín Peña.
Jueves 24 de junio, 22 horas
Sala Batato Barea, Centro Cultural Rojas
Corrientes 2038.
Entrada libre y gratuita.

[1] Nobleza obliga?la primera cámara Arriflex que llegó a la Argentina y permitió filmar en exteriores de veras, la experimentó algo tímidamente Christensen en Los Pulpos, donde vemos a Olga Zubarry caminar por la calle Florida.

  • brenda

    hola si , necesito que me digan datos del autor & porque es un cuento policia :c bso

  • necesito ke me ayuden que me den un rela sobre la novela de wilian irish