Saramago en Buenos Aires

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Hace muchos años ya cubrimos en Leedor una visita a Buenos Aires de José Saramago. Hacía mucho calor y en la Biblioteca Nacional, el premio Nobel portugués regaló un momento inolvidable. La tragedia de lo que ya no sirve

Por Juan José Dimilta.

El termómetro del verano porteño marcaba casi treinta y cinco grados, las agujas del reloj andaban por las siete de la tarde. Para la colmada platea que esperaba ansiosa en el Auditorio Jorge Luis Borges de la Biblioteca Nacional, ni el calor era tanto, disimulado por un buen aire acondicionado, ni la espera era tan larga. A los pocos minutos, el premio Nobel portugués José Saramago asomaba su trajeada y alta figura y recibía el aplauso enfervorizado de todos los asistentes que se ponían de pie. Agradecía uniendo las manos y caminaba con paso ligero hasta la mesa desde donde haría la presentación de su libro La caverna.

Después de aguantar sin ponerse colorado los elogios de la gente de Alfaguara y de los directivos de la Biblioteca más cientos de flashes de reporteros gráficos. Después de haber escuchado atentamente la narración de uno de los capítulos de su libro, comienzó con su monólogo. “El tiempo no es mucho. No lo tengo, como a veces desafortunadamente ocurre”, fueron sus primeras palabras como para no crear falsas ilusiones. Ya bastante tenían los asistentes que minutos antes con sus flamantes libros en mano se habían enterado que el autor no firmaría autógrafos ese mismo día y dejaría esa actividad para el día siguiente. Al final Saramago echaría por la borda sus primeras palabras y hablaría largo y tendido con el público por casi una hora y media.

Sobre el proceso de creación de la novela: La idea “nació en setiembre del 97, maduró a lo largo de 1998. Yo me disponía a empezar a escribir la novela cuando en octubre de ese año ocurrió lo que ocurrió, el premio (Nobel). Y ahí, no he podido ni siquiera pensar en sentarme a trabajar. Muchas notas, todo eso. Y sólo empecé a escribirla en diciembre del año pasado. Fue la novela que más rápido escribí. Un poco por capricho de autor yo quería que salga publicada en el año 2000”.

¿Por qué La caverna?: “En una primera lectura la caverna es el shopping center, el centro comercial” “El shopping center no tiene, en general, ventanas y no sólo no las tienen; no las necesitan. Algo que no tiene ventanas se puede asimilar a una caverna” “Esa caverna no es la oscura, la negra caverna de Platón. Lo que cuenta verdaderamente es todo ese espectáculo de luz, de colorido, de altavoces, de gente que se mueve” “En las cavernas nuestros antepasados se reunían para acogerse de la intemperie, de las fieras, de los robos. El único espacio público donde uno se siente seguro hoy es en el shopping center. Y no sólo seguro desde la integridad física, sino seguro porque todo lo que está ahí se lo están ofreciendo aunque no lo necesite” “Ya no nos relacionamos en ningún otro lugar” “La plaza pública se cerró, pasamos a vivir encerrados”

Sobre los avances tecnológicos: “todos los cambios tecnológicos tienen sus costos sociales. Existiendo los medios para que los costos sociales se reduzcan al mínimo, para que el hombre no se convierta definitivamente en la más descartable de todas las cosas, estamos asistiendo a un descontento social que va dejando atrás cada vez más gente”. “Hombres y mujeres con cincuenta años y quizás menos, cuando están en el momento más pleno de su capacidad de trabajo y su capacidad de experiencia, no sirven” “Se aprovecha (de la tecnología) lo que es útil, cómodo, práctico, pero siempre pensando que detrás de lo que se haya hecho nuevo hay gente”

Sobre Internet: “No hay comunicación si no puedes tocar, oler, darte cuenta de cómo es la piel, los gestos, todo eso es la comunicación” ” Más del noventa por ciento de lo que está circulando en Internet es pura basura”. “El Primer Ministro de España prometió que en el año 2003 todos los hogares de España estarán conectados a Internet. Curiosamente nunca jamás un político ha dicho: En el año tanto, en todas las casas de mi país, habrá una biblioteca”

Más sobre La Caverna: “Lo que está del otro lado (del shopping center) es una alfarería que ya no tiene posibilidades de sobrevivir”. “Nadie tiene nombres, y no tienen nombres por una razón muy sencilla, lo que cuenta es el número de la tarjeta de crédito. En los campos de concentración lo que se tatuaba en el brazo no era el nombre de una persona, era un número. Borrar el nombre de una persona es de alguna forma empezar a borrarlo” “Habla de cuando la alfarería ya no sirve. Es la tragedia de lo que ya no sirve y lo que no sirve es una profesión. No hay más que un paso entre decirle a alguien lo que usted hace no me interesa, a decirle usted no me interesa”.

La realidad: “Se vive en un mundo de ilusión, hasta el punto que hemos inventado algo aparentemente inconcebible para cualquier razonamiento humano, una cosa que se llama realidad virtual. Hemos logrado unir estos dos contrarios. Pero se puede vivir en la realidad virtual, se puede vivir toda la vida” “No podemos volver a la caverna de los seres humanos que confundían las imágenes de las sombras con las de la realidad”

La concentración económica: “Estamos asistiendo a la disolución del Estado. 225 empresas multinacionales tienen el 46% de la riqueza mundial”. “Hay que tener en cuenta que el poder se fue de las manos de los ciudadanos”. Saramago también reparó en una frase que Norman Mailer dijo hace unos dos meses: “Clinton será el último presidente de Estados Unidos, por que a partir de ahora las multinacionales no necesitan intermediarios políticos”

La resistencia: Condenó la “uniformidad de pensamiento” y “esa especie de apatía, de indiferencia” “Lo que más quiero es que no dejen de dar trabajo a la cabeza” “No aceptar, discutir. Toda la verdad instalada es sospechosa”. Imaginó un posible epitafio para su tumba: “Aquí yace indignado tal y tal. Indignado por dos motivos, el más importante, indignado por ya no estar vivo. Lo segundo, por haber entrado en un mundo injusto y por haber tenido que salir en un mundo igual de injusto”. “Al menos que uno pueda decir yo he hecho lo que pude, si no se nota no es por que yo no lo he intentado”. “Yo, por ejemplo, escribo”, concluyó.

Cuando se puso de pie, todo el público lo acompañó en el movimiento y a eso se le sumó un ovación que rebotó en cada una de las paredes de la sala. Al primer bache de silencio una señora gritó desde la platea: “Un momento por favor, tengo que decir algo”. Las autoridades y el mismo José Saramago detuvieron su retirada para mirar a la señora que agitaba los brazos. “Hice quinientos kilómetros nada más que para que me firme un libro. Por favor mañana me voy y no puedo volver”, siguió la plateísta. Saramago sonrió con una paciencia imperturbable y le hizo un gesto a la señora para que se acercara al escenario, sacó una birome, le firmó el ejemplar y le dio un beso. Segundos después, cuando el escritor portugués ya se había retirado pero la gente seguía agolpada contra el escenario a la espera de un milagro, un muchacho anticipó a la afortunada señora que salía con su libro firmado “¿Así que mañana se va?¿De dónde vino?”. Ella sonrió. “No en realidad me voy el veinticinco pero no voy a volver mañana” dijo la señora y se retiró satisfecha. El muchacho sólo atinó a largar un “haaa” como respuesta. Ya en la salida otra señora se acomodaba su sombrero debajo del brazo, miraba por encima de su hombro derecho, después por encima del izquierdo, se acercaba sigilosamente a una pizarra, y como por descuido despegaba un afiche con la foto de Saramago, lo enrollaba y salía silbando bajito. También ella sentía que se llevaba algo de su escritor favorito.

Nota publicada en leedor en 2001

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