Carne sola

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O Doña Rosita, el soltero, el nuevo espectáculo de Carne de Crítica deslumbra con una puesta de alta elaboración y teatralidad consumada. En muchas ocasiones, la escena argentina apuesta a la experimentación sobre textos teatrales considerados clásicos. Es así como aparece lo que resumidamente podríamos denominar ?variaciones Chejov, Sófocles, Lorca, etc.?. Los que tengan algo más de cuarenta años recordarán la puesta sublime del argentino Víctor García, con la española Nuria Espert como Yerma, que desafió todos los lugares ya sabidos con un montaje escénico de avanzada para los 70?, sobre una lona neumática que sólo se acercaba a una visión naturalista cuando Lorca proponía ríos, bosques o montañas y los actores se deslizaban sobre la lona en movimiento en un paisaje sólo imaginado por ellos en la voz del texto y era convidado al espectador de manera generosa.

Pero tanto hoy como ayer, los clásicos del teatro han sido usados para tentativas de vanguardia, para ser parodiados, no siempre con el debido conocimiento del plano parodiado y muchas veces sólo para cometer texticidio y no textofilia, con nada de homenaje y sólo parricidio textual.

El caso de Carne sola o Doña Rosita , el soltero, último estreno del Grupo Teatral Carne de Critica sale de estos lugares comunes y utiliza a ?Doña Rosita, la soltera o el Lenguaje de las Flores? de Lorca, de marco, base y disparador. Lo novedosamente bien logrado aquí es cómo el mundo de Federico forma parte de un binomio inescindible, en los ecos de esa puesta que el espectador no ve pero que sirve para llevar a escena una multitud de situaciones que reflexionan sobre la soledad, el desamor y la espera inútil. La obra de Lorca en la voz magnífica de Norma Pons, en off, brinda de recuadro para que diversos y aparentemente aleatorios espectadores que asisten a verla, representen el ámbito de la soledad en una mascarada de humor desopilante a veces, sutil las más pero siempre bien jugado a cargo de Claudio Pazos y Francisco Pesqueira.

Sintéticamente, en un teatro cualquiera se está dando ?Doña Rosita la soltera o el lenguaje de las flores? y, como en toda sala, variados espectadores concurren a ver la puesta. Sólo dos son constantes: un fan de la actriz principal y el acomodador de la sala. El resto irá cambiando sobre el mismo eje: amor/desamor/soledad en todas las posibilidades que los vínculos humanos pueden generar.

La novedad reside en que este texto muchas veces considerado menor por algunos eruditos a la violeta contiene la sustancia misma de un teatro que fue pródigo en estos lares en tiempos ya remotos. De este modo se convierte en marco y a la vez sufre un corrimiento estratégico. Si Doña Rosita…parece no resistir tantas lecturas como otras obras del escritor granadino, aquí se desplaza a la periferia de la puesta y se condensa de manera resignificada en cada segmento de la obra. Porque si ese universo lorqueano de esperas y soledades no fuera sólo bordes, los personajes no podrían ocupar con total eficacia el centro de la puesta. De este modo, el primer contraste lo ofrece la línea recta que es la obra representada dentro y fuera de la cuarta pared en la que la voz en off de Pons ofrece una gama de matices digna de admiración. Dentro porque sirve de marco, fuera porque los personajes/espectadores miran más allá de la pared imaginaria que los separa del público para representar el universo de la diversidad que son los distintos espectadores y que no pueden abstraerse de ese mal sempiterno: el aislamiento, aunque se encuentren codo a codo.

El diseño espacial, de un minimalismo extremo sólo cuenta con dos sectores de butacas que miran hacia el público y únicamente pueden significar el binomio platea/puesta. Es en ese espacio mínimo en que los otros binomios, fan y acomodador, una pareja cercana al rompimiento definitivo, dos ancianas tilingas que sólo tienen para la próxima navidad algunos manjares para degustar solas y el proyecto de armar un pesebre viviente, un joven con un padre esquizoide, los progenitores de uno de los actores y dos mujeres que abandonan con pesar la edad de merecer, arman una constelación semántica, la del desamor y están siempre sostenidas por las apariciones fragmentadas del fan y el acomodador, logrando un in crescendo humorístico desopilante.

De una simetría perfecta, la nueva obra de Carne de Crítica, exhibe dos grandes hilos argumentales, sostenidos en dos personajes que a la vez, siempre juegan sus roles en cada uno de los dos sectores de la platea, intercambiándolos, así ambos actores bailan, cantan y sobriamente vestidos de traje y corbata, mutan con el uso de una pelucas hiperbólicas que en cada caso serán Sergio, Fátima , Doña Rosita, Martin , Carla Vanesa, María Ofelia, Lanchita, Monona, Enrique, Alma, Primo, Papá, Rubén Darío, Elba , Esther o Meme y la única incógnita será el rostro de Cocó Rabanne de quien sólo escuchamos su voz. De este modo, los sinsabores de estas vidas, representadas en esa partitura de humor sutil tendrán siempre sus contraluces porque el claro-oscuro está impreso no sólo en el modo de concebir la dramaturgia, sino también en las coreografías ideadas por Vivian Luz con la belleza plástica que caracteriza su trabajo, sino también en la música de Sergio Vainikoff que captó la idea a la perfección para que Carlo Argento, como su director, le dé cuerda a esas dos dúctiles agujas del reloj que no atrasa ni adelanta jamás y de ese modo sostiene el tiempo de la obra con un ritmo constante.

Los artistas de Carne de Crítica son hilarantes, festivos y por sobre todo muy inteligentes a la hora de la representación pues hablan de las tragedias de nuestro tiempo sin chabacanerías ni lugares comunes pero con un enorme humor. Para seguidores o para debutantes en esta clase de espectáculo, la sorpresa será la misma, sutileza, alegría, destreza corporal y vocal y por sobre todo, entrega absoluta de sus hacedores. ¿Qué más se puede pedir? Una sola cosa: ¡no se la pierda por nada!