Los fracasados

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Exacta dosis de reflexión, drama y humor en este consultorio tan particular.Un consultorio psicoanalítico es per se un lugar vario pinto. Por él desfilan las angustias y fracasos de aquellos que buscan un poco de aire para la zozobra que es vivir. Muchos acusan patologías que narradas en clave de comedia, consiguen el tono de la sátira, el absurdo y porqué no, la parodia de los alcances del descubrimiento de Freud que muchas veces no logra paliar el dolor emocional de sus pacientes.

El consultorio de Los Fracasados no constituye la excepción. Allí una psicoanalista ? Bárbara Landgraf -alcanza momentos del ridículo más sutil, con todos los tips que sus detractores le endilgan a esa profesión, alternando la atención de un despersonalizado a cargo de Jorge Digilio; un paranoico que se siente en peligro constante, en la piel de Mariano Ríos; un sujeto que se balancea entre la precaria formalidad de ser un gestor diurno y la adrenalina que supone ser stripper por las noches, a quién le da voz Jerónimo Freixas; un jugador que aquí juega Martín Crespo y que como la mayoría de los ludópatas, se concentra en hallar ese pase mágico que le haga dar vuelta la suerte y un adicto que sólo puede representar un papel cuando quiere ?hacer de actor? interpretado por Javier Díaz Santacruz. Son todos objetos y sujetos de fracaso. El fracaso es el objeto que no pueden sortear y a la vez es parte constitutiva de sus psiquis maltrechas.

La puesta los presenta de a uno y luego en un in crescendo que hace que el despersonalizado se entrometa en la sesión del jugador, terminan en una acumulación en donde todos ellos, en un experimento de su terapeuta, sostienen una sesión grupal.

Si para ellos no está claro por qué deben coexistir y afrontar la desinhibición de poner en relato delante de los otros sus padecimientos, es, entre otras cosas, porque la psicóloga va mutando conforme no se produce algo que espera y está demasiado pendiente del teléfono. ¿Quién debería llamarla? Y ¿Por qué en esta sesión grupal les ha repartido títeres que los representan y a los que pueden darle su voz develando sus intimidades a través de los muñecos?

¿Es que acaso es menor la humillación de desnudar la intimidad si habla alguien que no es humano o es nada más que una tentativa de abrir el juego para que viéndose en el espejo retrovertido que es el otro, se sientan menos fracasados?

¿Cuándo el equívoco cómico se convierte en tragedia? ¿Qué hilos, delgados hasta el extremo, se mueven en torno a lo humano que determinan que la risa pase abruptamente a la reflexión?

Este es el nudo gordiano de Los Fracasados, porque si existe un modo de hacer catarsis es viendo en escena eso que el otro representa y que no podemos purgar, por dolor, ignorancia o torpeza pero que ineludiblemente nos lleva a interpelarnos sobre cómo y en virtud de qué nuestras vidas se disipan sin rumbo ni satisfacción. Y esto es algo que sólo el espectador puede responder cuando la escena final llega a su fin.

El diseño de arte impecable a cargo de Diana Ullerup, consigue una realización escenográfica que juega justamente en los extremos. Todo está dibujado menos los pacientes, todo es blanco o negro en franca contraposición con la vida. La iluminación redunda en una efectividad de lo narrado ya que contribuye acertadamente a los cambios de escena sin recurrir al clásico apagón que muchas puestas utilizan para resolver cierta economía espacial.

El ritmo y las actuaciones son muy parejos como logro de un tema de puesta y dirección y cada desdichado se luce en el momento indicado aunque cabe mencionar la destreza de Jerónimo Freixas que juega ambos roles, stripper y gestor, con una excelente ductilidad.

Fracasar no es el problema. El problema es no poder hacer algo con ese tormento. Los Fracasados suben a escena todos los sábados con la dosis exacta de humor, reflexión y drama. Igualito a la vida misma.

Publicado en Leedor el 14-06-2010