Los daños materiales

0
11

Prosa contundente, encantador uso de la lengua, trabajo excelso con la palabra el libro de Matilde Sánchez la muestra como una autora en pleno dominio de su arte.Los daños materiales
Matilde Sánchez
(2010, Alfaguara, 320 págs.)

No hay año que transcurra sin que salga suplemento cultural, encuesta web o discusión académica en relación al tan mentado tema de qué cosa hace a lo literario, qué es Literatura mayor, si ser popular es un valor en sí mismo o por el contrario, rebaja el mérito de una obra por supuesta falta de complejidad. Qué cosa exactamente es un autor.

Cuando se comienza a leer a Matilde Sánchez sucede aquello que tan pocas veces pasa, algo que se parece al enamoramiento, por lo inexplicable, que no tiene que ver con los sexos, sino con una convicción en el estómago que no admite discusiones: la certeza de que lo que uno tiene entre manos es literatura. Luego se verá cómo explicarlo, cómo justificarlo en charlas con terceros, pero en el momento en que la relación lector-novela ha comenzado, uno sabe que al menos con ese libro, no hay dudas de que se está en presencia de un verdadero autor en completo dominio de su arte.

Poca gente pone en duda hoy en día, por caso, que Saramago sea un gran escritor. ¿Qué tienen en común Saramago y Sánchez? Apenas uno cruza la antesala que forman la tapa, contratapa, legislación e índice, la prosa aparece con tal fuerza, con una contundencia tan potente, que de inmediato se sabe que se está en un nuevo universo literario, no nuevo porque haya una ruptura con lo anterior, sino nuevo en tanto propio, en tanto que es único de ese autor, que sus palabras no dejan duda alguna de la intención. Y entonces se produce ese momento tan especial en el que uno decide que va a dejar de lado todo su bagaje (de ideas, de teorías, de prejuicios), y va a aceptar que esa pluma sea la guía, que los párrafos siguientes propongan el camino: son tan férreas las construcciones, es tan encantador el uso de la lengua, que no tiene sentido poner resistencia.

?Los daños materiales? se presenta como una carta, como la confesión arrebata de una mujer que ha vivido lo que llama inicialmente ?un idilio? y luego se ha visto dañada y ultrajada (tanto física como psicológicamente) por ese hombre despreciable al cual ni siquiera amaba tanto en principio.

En la contratapa se anuncia, citando parte del texto: ?Aquí está, caro lector, tu dosis de rencor e intimidades: voy a contártelo todo al modo de un informativo, sin ahorrar en crímenes ni salpicaduras, sin imponer una sola distorsión a la materia. Esta vez será cien por ciento verdadera, cruenta, injuriosa, sexual.? Esta perfecta publicidad del texto que las tapas contienen sólo describe una parte del atractivo: el morboso, que lo hay. En cierto modo, recuerda a una Beatrix de Kill Bill, vejada y vengativa, de la que no se deben esperar apologías. Pero lo que la contratapa no dice es que todo ese arranque confesional sin-toma-de-prisioneros está mediado por un trabajo excelso con la palabra. Pocas veces se encuentra una prosa que se deje leer tan sincera, tan humana, y esconda detrás un diseño del fraseo y la cadencia tan virtuoso. No hay momento en que la novela no esté excelentemente escrita, y el placer de leer el arte de la palabra exacta, la frase agraciada (que a la vez fluye sin llamar la atención con excesos pomposos), se vuelve igual o mayor que aquel que promete la premisa.

?Leí el borrador a conciencia, corregí los acentos, procedí con cautela ensalzando los aciertos y señalado posibles remiendos. La versión regresó a mi escritorio sin que hubiera volcado los cambios, con el pedido de una intervención a mansalva. Esta vez eliminé cacofonías y rimas involuntarias. Mi Vic lo aceptó, rubricó mis elecciones, me alentó a intervenir más y rogó que yo misma lo volcara todo al papel. Cirujana de campaña, me arremangué y operé in extremis. Abrí, amputé, suturé, sacrifiqué párrafos de cuajo a fin de evitar la gangrena, cosí el muñón con primor. Cuando llegamos a la versión final ?el estilo era sobrio pero las conclusiones, un poco ligeras; el plural es de cortesía?, tuvo la satisfacción del creador.?

Vic, por supuesto, es el otro de esta historia: el hombre casado que enreda a nuestra heroína con su seducción burda tamizada por la elegancia del psicópata. Ella pasa a servirlo en cada aspecto de la relación: en la cama, en los tiempos, en el espacio, y como dice el párrafo antes citado, incluso en su labor. Pero el párrafo parece también la confesión de la escritora detrás de la narración, esa que trabaja el material para darle su forma perfecta, que transpira angustia ante una frase poco feliz.

Que la relación no sólo naufraga, sino que se envilece en etapas, hasta alcanzar una culminación trágica, está claro desde la primera página. También la razón del libro: ?Quiero que Víctor siga lamentándose de haberme conocido. Pero no quiero que se arrepienta de sus malas acciones, puede guardarse la culpa judeo-cristiana. No quiero su remordimiento ni pretendo su amor, hoy quiero su miedo pánico. Ahora sólo me conforma el poder total. Quiero instaurar en su vida un régimen de terror, quiero que tema mi odio teológico (?)?.

Lo más llamativo de la narración es que Víctor es casi el protagonista exclusivo, desde el momento en que casi no hay mención a otras personas que a la infeliz pareja de amantes, y sólo a él se lo llama por el nombre. Esta elección parece indicar el punto en que se puede buscar la separación entre autora, narradora y personaje. Nuestra ?ella? se acuesta con su Vic, se deja humillar por su Vic, se enoja con su Vic, se distancia de su Vic, extraña a su Vic, permanece pendiente de un llamado o señal de su Vic, decide que es imperdonable para luego correr a sus brazos apenas su Vic le de la oportunidad? y todo el tiempo es difícil comprender qué cosa ha encontrado en él, ¿qué fue lo que provocó el idilio, que es el gran ausente de la novela? Es obvio que Matilde Sánchez nos hace notar que no se trata de una palabra confiable, entonces, ¿qué nivel de verdad podemos asignar a las situaciones que nos presenta la narradora? E incluso suponiendo verdaderas las escenas rememoradas ?que es una de las lecturas muy posibles de este libro?, ¿cuál es el estado emocional de esta mujer? ¿Cuál era incluso, antes de conocer al dichoso Víctor? Porque a lo largo del relato, al palpar esa ausencia de romance profundo y apasionado, comienza la insidiosa pregunta: ¿acaso no es el miserable Víctor también un sustituto, un tapón que evita el asomo a una soledad abrasiva? ¿Es el relato de la degradación por amor, o es el relato de la degradación solamente? Más inquietante es pensar que si el insidioso Víctor no terminara por alejarse una última vez, nuestra heroína volvería a aceptarlo, no por amor, sino por necesidad, aferrándose compulsivamente a alguien a quien en realidad nunca dejó de despreciar.

?Puede dar la impresión de que todo el tiempo hablo de mí pero es inevitable, dado que yo soy mi propio objeto de estudio.?

Como toda novela que ofrece una simultaneidad de lecturas, el debate quedará abierto en relación al personaje. En tanto al libro y la autora, cuando un texto termina y su prosa sigue invocando ideas, imágenes y una atracción poderosa, no cabe duda de que se trata de una obra sustancial, de las que no abundan.

Publicado en Leedor el 12=06=210