El ascendente

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Excelente puesta con gran dirección y actuación unipersonal en el Teatro del Pueblo. La angustia de la página en blanco acosa a escritores profesionales, a amateurs y a muchos actores/actrices que no encontrando ?el guión? que se pueda llevar a escena. Intentar una y otra vez, comenzar a escribir la obra que los tendrá por protagonistas es un deseo frustrado las más de las veces.

Muchas son las obras que dan cuenta de sus modos de producción y muchas también apelan a mecanismos metatextuales para dar cuenta de un work in progress que da como resultado una corporeidad textual determinada.

En El Ascendente las cosas son mucho más complejas y a la vez mucho más significativas a la hora de entender qué está haciendo Miguel Ángel María Pertuzzi, cuando aferrado a un montón de hojas va volcando en ellas sucesos diversos de un aparente acaecer cotidiano que a la postre no lo es tanto.

Porque si la idea es escribir un guión y dejarse ayudar por las voces de un amigo que llama por teléfono o una pareja que a veces no comprende del todo el aislamiento y la concentración del ?escritor? todas estas entidades están estalladas al máximo y esa región tan ardua del realismo ?agujereado? que transitan hoy muchas de las dramaturgias vernáculas, cuando se empeñan en ser realistas, están mortificadas hasta el paroxismo.

Entre los interesantes rasgos de El Ascendente se encuentra el diseño de la planta escénica que da como resultado el uso de la segunda, tercera y cuarta pared (esta última simbólica) entre el público y el actor. Este se desplaza de un lado al otro sin que ningún movimiento sea excesivo.

En otro orden, Ramiro Agüero que es la piel y voz de Pertuzzi, ha escrito un guión que contiene la dosis justa de humor, ironía, absurdo y cotidianeidad que hacen que el espectador, además de disfrutar de las desopilantes situaciones que le ocurren a su acelerado y único protagonista, pueda unir lo no dicho en el excelente tempo en que se insertan las voces en off, ni antes ni después, exactas en tiempo y espacio.

Es evidente que Gerardo Chendo captó la sustancia del guión y lo convirtió en un texto espectacular que no tiene pausas, ni caídas en el ritmo, ni mesetas.

Todo en El ascendente ocurre en el momento correcto para que la disrupción humorística y a la vez filosófica sobre cómo es ese proceso que llamamos escritura.

A la vez, la obra da cuenta de cómo ésta se nutre de toda la praxis vital y cotidiana de cualquier sujeto que cada mañana con sus alegrías, obviedades y desencantos escribe una página de su vida y sin hacer biodrama ésta tiene siempre una médula que no se deja atrapar cómoda pero que de hacerlo nos mete en más de un brete porque nada de lo que hacemos o decimos es un golpe de dados, por lo tanto, el azar, como decía Mallarmé, no está abolido jamás. Pero y como plus, esta no es una obra sobre escribir una obra. No! Es algo más u además es otra cosa.

El diseño de luces e iluminación guarda perfecta sincronía con la historia y acompaña con acierto a su espasmódico personaje con la velocidad que la puesta propone.

¿Quién es Pertuzzi? ¿Que necesita? ¿Qué siente? ¿Dónde dirime su verdadera existencia?

Eso es lo que el espectador deberá averiguar, llevado sutilmente al ritmo que Ramiro Agüero, de la mano de Gerardo Chendo, le ha dado a una obra que no tiene nada de ejercicio menor sino que es un deleite y una novedad bienvenida a un teatro como el Del Pueblo en el que cada noche, la excelencia dice Presente!

Publicado en Leedor el 10-06-2010