Todo el tiempo

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Considerado un raro, el uruguayo Mario Levrero es definitivamente un autor para revisar. Ediciones HUM sacó un libro con tres sus cuentos.Todo el tiempo
Mario Levrero
(Casa Editorial HUM, 128 págs)

Que el autor uruguayo Mario Levrero (Montevideo, 1940-2004) sea virtualmente desconocido en la Argentina (fuera de algunos pequeños círculos en los que se trata de un respetadísimo autor de culto) no es del todo sorprendente. Ahora, que también sea virtualmente desconocido en su país, y lo que es más, que casi no haya ensayos y/o análisis sobre su obra en internet, hace de él un auténtico agujero negro en la literatura del siglo XX: un secreto a voces.

Cuando se empieza a leer su obra, parte de los motivos de tal oscuridad pueden intuirse. Levrero tiene un gran problema desde el vamos: es un autor sumamente original, con una identidad muy marcada, en un panorama literario que recicla una y otra vez los mismos nombres y las mismas ideas.

Fue parte del llamado ?grupo de los raros?. Según la Wikipedia, se trata de ?una corriente típicamente uruguaya de autores que no pueden encasillarse dentro de ninguna corriente reconocible, aunque tienden a una especie de surrealismo leve. Felisberto Hernández, Armonía Sommers, José Pedro Díaz y el propio Levrero son los nombres principales (?) Dentro de la tradición uruguaya, Levrero es más asimilable a Felisberto Hernández que al resto (?) Los autores del grupo de los ?raros? tienen como característica ser ?autocancelantes?, es decir que no han generado una corriente literaria de seguidores de su estilo, y cada uno es una singularidad dentro de su género. En el caso de Levrero hay un amplio espectro de escritores más o menos jóvenes que se declaran deudores del estilo del maestro, pero en general se trata de alumnos de sus talleres, y son más deudores de su método de enseñanza que de su obra literaria.
(?) Además, en su obra hay una fuerte vocación introspectiva que, viéndola en conjunto, da la idea de cierto tipo de escalada desde lo más narrativo hacia lo más cotidiano. El autor lo explica en una entrevista, diciendo que, inadvertidamente, a lo largo de tres décadas su literatura fue recorriendo el camino que va desde el inconciente colectivo, reflejado en sus primeras novelas, pasando por el subconsciente hasta aflorar en la conciencia y permitirle describir lo que ocurre fuera de sí mismo. Ese análisis del conjunto de su obra hace que a pesar de lo muy distinto de sus diversas fases, el conjunto adquiera una coherencia que enriquece los significados de cada libro en general. Otra de las características de la obra levreriana, fruto de su casi maniáticamente preciso uso del idioma, es su engañosa sencillez (?) No ha recibido atención académica, y prácticamente no hay estudios sobre su obra.?

Pasemos al libro. ?Todo el tiempo? contiene tres cuentos (dos de los cuales tienen el largo suficiente para ser considerados nouvelles en algunos círculos). Estos son: ?Alice Springs?, ?La cinta de Moebius? y el homónimo ?Todo el tiempo?. Están escritos entre 1974 y 1975 y Casa Editorial HUM nos hizo el favor de publicarlo el año pasado en la Argentina.

El primer cuento, ?Alice Springs? comienza con la llegada a la ciudad del Gran Circo Magnético de Oklahoma. La ciudad le presta el nombre al relato y está ubicada en Australia. El cuento tiene al menos cuatro o cinco estaciones muy claras, y este concepto, de estaciones, es fundamental. Imagínese cada cuento como un viaje en tren. Uno puede bajarse en varios puntos en el camino, y obtendrá un relato diferente. O puede seguir hasta el final, y haber enfrentado una multiplicidad de relatos que recontextualizan constantemente el viaje. ?Alice Springs? comienza con la mencionada llegada del circo. Leemos sobre Dante, el grandote tonto del lugar, fascinado con los pequeños animales mecánicos que funcionan gracias a la magia del electromagnetismo y un demonio capturado dentro de una caja. Ya en la segunda parte del cuento, nos encontramos violentamente con un inesperado ?Yo? que cuenta el resto de la historia. Este Yo es el personaje principal, y lo que hasta entonces era tranquilamente una narración omnisciente en tercera persona, pasa a ser ?con una fluidez alarmante? una narración en primera persona. Esta ruptura es categórica por el talento con el que está trabajada: un cambio que debería resultar apenas tolerable se vuelve una sorpresa magnífica, que amplifica y expande el significado de lo anterior. Allí se nos presenta nuestro protagonista, que terminó en Australia por buscar a una mujer a la que nunca pudo encontrar. A medida que comprendemos sus motivos y su relación con Dante, tenemos la sensación de ir resolviendo el argumento, pero enseguida, una nueva estación arranca: una mujer francesa llega al pueblo y se vuelve objeto de un amor incontenible por parte del narrador. Más tarde seguirán estos volantazos argumentales, que lo son desde lo inesperado, pero están trabajados con un arte fino y categórico.

?La cinta de Moebius? narra la peripecia del viaje Uruguay-Europa que emprende la familia del niño protagonista. Excepto que el viaje se vuelve inmediatamente pantagruélico cuando a lo que iba a ser una vacación de madre, padre e hijo, se terminan sumando abuelos, tíos, bisabuelos, amigos, esposas, y la hija de un matrimonio vecino. La comitiva que sale desde Montevideo es enorme y el viaje se ha transformado desde el comienzo en una situación surrealista. Pero Levrero empuja esta compulsa con el ridículo y el relato transita sobre esa línea, con una elegancia magistral.

Al tiempo de salir del puerto, habiéndose narrado varios días y noches llenos de aventuras del protagonista (y su amiga, la hija de los vecinos) en el barco, nos encontramos con el siguiente párrafo:

?Pero el barco no había llegado a Europa sino a Buenos Aires, y parece ser que el viaje había durado una sola noche. De cualquier manera yo cuento las cosas tal como sucedieron, y si llegan a chocar incluso con mis concepciones actuales de la vida, las cosas y el tiempo, sólo me queda admitir que he envejecido. Brutal e irreversiblemente.?

Estas líneas no sólo dan un vuelco que coquetea con lo fantástico a la parte anterior del cuento, sino que ponen en juego la propia experiencia del lector, lo incluyen al invocar esa memoria adulta de cuestiones de la infancia, recuerdos que todos sabemos que han sido modificados por nuestro presente concreto y atado a ciertas convenciones (por ejemplo, un día dura sólo 24 horas, y no varios días), pero todos recordamos cada tanto eventos de la infancia que no podemos encajar en el contexto realista al que sabemos que están atados. Esta maniobra magnífica del autor se sirve de apenas un párrafo para abrirse un camino lleno de escenas caleidoscópicas, en el que ya nada es seguro, todo está sujeto a la percepción, a la percepción del protagonista, y el lector tendrá que acomodarse y seguirlo como pueda. El resultado es liberador e inmensamente placentero.

Los tres cuentos del libro contienen al menos una secuencia completamente arrebata, por la cual los relatos suelen pasar de cierto gusto expresionista para volverse, al menos por partes, surrealistas. O caprichosamente fantásticos. Y el capricho es la identidad de la anécdota: no hay nada en este libro que sea previsible. Y cuando el lector acepta seguir a Levrero sin pedirle que regurgite los caminos a los que está acostumbrado, allí encuentra la frescura de la página que todavía no ha sido escrita, porque más que nunca, la letra se completa con la experiencia de la lectura novedosa.

El último cuento, ?Todo el tiempo? es el más abstracto de los tres, ya que los otros parten de unos cimientos muy fuertes y muy dibujados antes de dar el salto al vacío. Éste último, en cambio, casi no es otra cosa que un salto al vacío, un eterno retorno sobre una situación de vida, muerte y contemplación, que gira alrededor del protagonista creando un circuito de respuestas que cuestionan a las preguntas y de percepciones que interpelan todo lo que un hombre puede dar por cierto. Comienza con un incidente que probablemente pueda haber causado la muerte del narrador y a partir de entonces, se desenvuelve en direcciones complementarias y paradójicas a la vez.

?Sólo manteníamos una ilusión de continuidad acumulando afeites sobre la carne envejecida y recurriendo a lugares comunes de la conversación en los que todos podíamos reconocernos, pero sin entusiasmo. Todo parecía haberse decidido siglos atrás; la batalla memorable ya había sido librada y alguien la había ganado y alguien la había perdido; nosotros éramos los restos, lo que no importa, lo sobrante. La vida transcurría en otro lugar, de otra manera.?

Es posible que leyendo esta reseña quede la sensación de que leer a Levrero es sumamente complicado, y definitivamente no es el caso. Levrero basa sus relatos en situaciones fuertes e inmediatamente atrapantes y luego comienza ese viaje antes mencionado. Cada escena es entrañable por sí misma y añade algún nuevo sentido a todo lo precedente. Como nunca, cada relato funciona como una montaña rusa, amparando en la aventura de lo que se narra el sacudón de lo que se comprende.

Publicado en Leedor el 1-06-2010