Jardín de Otoño

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Desamor y deseo sin esperanza en dos ancianas encarnadas por hombres.Una historia de soledad senil debe necesariamente contarse en una clave que nos vuelva tolerable el vernos. Si de desamor y deseo sin esperanza se trata, Jardín de otoño encuentra la clave en el extrañamiento que produce que las dos ancianas protagonistas de esta historia sean encarnadas por hombres. Esa distancia a la vez que provee una vuelta de tuerca a la composición de los personajes, importa la comicidad anticipada cuando Carlos Perciavalle, excelente creador de tipos femeninos tilingos, graciosos y tiernos otras veces y Guillermo Gil, quien hace una Mirtha Legrand más auténtica que la propia, aparecen en escena para dar vida a Rosalía y Griselda, respectivamente.

Viven juntas por necesidad, Griselda espera la resolución de un asunto legal para poder tener su espacio. Rosalía hace uso y abuso de ser la dueña de casa pero ambas tienen algo en común: Marcelo, el nombre ficcional del actor de la telenovela de la tarde de la que ambas están enamoradas, también, con un deseo infructuoso.

Así es como un día deciden secuestrarlo, llevarlo a su casa y hacer realidad una mentira que se desmembra sin piedad ya que Marcelo es una ficción y sacarlo del set en donde existe sólo traerá más desilusión.

Lo vital de la obra es la adrenalina que genera accionar para conseguir aunque sea por un instante esa mascarada de juventud y vitalidad perdida en los años, la vida y la soledad.

El espacio escénico, está resuelto con acierto, logrando crear el clima íntimo que por las características del teatro Moliere parece difícil.

Guillermo Gil compone a una Griselda orgánica, logrando sacarse el sayo de su creación máxima, ya que Griselda no se parece en nada a la señora que almuerza por televisión. Carlos Perciavalle logra momentos interesantes salvo cuando apela a sus ya sabidos: la llamada telefónica, la excelente imitación de China Zorrilla, que son sus clásicos esperados por el público pero que son innecesarios toda vez que esto no es café concert, aunque el público en alguna medida festeje a esas criaturas.

Julián Labruna, el galán de TV secuestrado da en el tono cuando exagera, ya que qué es sino el melodrama de las tardes sino exageración genuina de las virtudes y miserias humanas que le dan vida como género masivo.

Algunos desajustes en el ritmo, desparejo en varias ocasiones, provocan que el impacto de lo narrado no llegue al público de modo eficaz, como así también el guiño que rompe la cuarta pared dejando fuera a Griselda y Rosalía para que extrañemos el traje de luces del gran showman Perciavalle. Pero aquí se impone la continuidad de esa dosis de fragilidad que lleva a las ancianas a un último gesto de lucha. Porque la soledad de la vejez sólo se interrumpe ante la valentía de animarse dentro de la historia a dar un paso más y no a la apelación extra diegética del espectador en torno a un ya sabido y consagrado artista.

La resolución es tan inesperada como el gesto de las seniles adoradoras del galán y nos interroga sobre ese estado denostado por muchos, al que ojalá lleguemos todos así de vitales, la vejez.

Publicado en Leedor el 30-05-2010