El síndrome de Rasputín

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Uno de los ocho libros editados por Negro Absoluto es una novela certera en una Buenos Aires futura.El síndrome de Rasputín
Ricardo Romero
Colección Negro Absoluto, 2008, 224 págs.

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Dice Sasturain de ?El síndrome de Rasputín?: ?Como en una Blade Runner de cabotaje, sin producción ni aditamentos tecnológicos pero llena de fantasmas, los personajes se mueven en una Buenos Aires que es ésta pero peor, con dos obeliscos y los abandonados túneles del subte convertidos en colonias de marginales, eternamente lluviosa y parcialmente destruida, devastada por los incendios mientras aún espera el estallido de las bombas no detonadas en Once por los ?nacionalistas del Bicentenario? (?) los protagonistas son tres tipos raros, tres amigos marginados afectiva y socialmente por la enfermedad compartida, la compulsión a la repetición de gestos, exclamaciones o movimientos que identifican al síndrome de Tourette; son los vulnerables prisioneros de los tics. Casos clínicos perdidos, los queribles Abelev, Maglier y Muishkin se verán envueltos, por afán solidario, en una aventura marcada por lo desaforado. Trepidante novela de ideas, El síndrome de Rasputín ?ese tic primario de sobrevivir pese a todo? participa del folletín aventurero desatado a la manera de Edgar Wallace y del grotesco tenebroso del mejor cine mudo.?

Hace ya unos años que Juan Sasturain viene propulsando la idea de una novelística negra argentina. Dirige la colección Negro Absoluto, que publica Aquilina, y apunta a la construcción de un subgénero, o rama vernácula de un género cuya historia tiene dos momentos clave: aquella novela detectivesca inglesa y por supuesto, el policial negro norteamericano. ¿Es posible tomar los elementos clave de esa línea ficcional y al recontextualizarlos crear un policial de género, pero netamente argentino?

Ricardo Romero responde con su libro (uno de los ocho que ya ha editado Negro Absoluto) que algo así se está cocinando. ?El síndrome de Rasputín? es una novela certera en dos aspectos al menos. Por empezar, logra crear un ambiente decadente que es la proyección de nuestro país ya no a un futuro, si no hacia una reinvención del presente en el cual todo lo que ocurre está llevado a un extremo más oscuro y despojado. Romero nos revela imágenes muy claras, muy sugestivas, ya sea en las calles ardientes de Constitución, o la 9 de Julio con dos Obeliscos, o los subtes abandonados que ahora son un submundo nuevo, hogar de los sin techo y los marginales. Y segundo, logra tres personajes muy definidos, que padecen el síndrome de Tourette (se la pasan repitiendo ciertos tics, aún en las situaciones menos propicias), son amigos, y están en peligro desde que a uno de ellos alguien lo tira de un balcón en las primeras escenas. Abelev, que es el arrojado, cae sobre el techo de un colectivo. Sus huesos se fracturan por todas partes, pero él no puede dejar de admirar la belleza del recorrido al mirar los edificios en fuga al cielo, allí tirado sobre el vehículo en movimiento. Donde esperamos dolor, Abelev vive casi una epifanía, y esa diferencia nos empuja a aprender a mirar a través de los ojos de los personajes, a hacernos cómplices con ellos y por ende, a vivir el peligro que enfrentan con la carga de suspenso que sólo es posible cuando los implicados nos importan a nivel emocional.

Maglier y Muishkin tienen aún más protagonismo, y luego de un comienzo un poco caótico, sus personalidades adquieren un relieve interesantísimo, en la inteligencia y sagacidad del primero y la sensibilidad y fascinación mitómana del segundo. También es un logro que tres personajes con una misma condición van diferenciándose más y más a lo largo de la novela, y así el grupo termina por ser mucho más que la suma de las partes.

Romero tiene un excelente oído para el diálogo: mezcla de coloquialismos con el lenguaje del policial, no hay línea que suene fuera de lugar, que esté sólo por culto a la retórica o sea hija del narcisismo del autor ?algo muy presente en muchos de sus contemporáneos-. Un capítulo excelente es aquel en que un gigante ruso, posible criminal que tiene a uno de nuestros amigos de rehén, cuenta cómo llegó a la Argentina, que había sido camarógrafo del Sokurov previo a la explosión de ?Madre e hijo?, y una vez más, el imaginario del autor nos lleva por un camino disparatado, pero tan bien construido que se vuelve tangible, y podemos sentir empatía por un personaje al cual, a la vez, tememos.

La novela está llena de referencias: al cine (Antonioni, Sokurov, Buñuel ?se ve que Romero mira buen cine-), a la música, y sobre todo, a la literatura (algunos capítulos de la novela se titulan, por ejemplo, ?Los flautistas de Hamelin?, ?Viaje al principio del día?, ?La salud de los enfermos?, ?El perseguidor?). Esta intertextualidad está ahí para quien quiera aprovecharla, pero de ninguna manera aleja al lector que no conozca la referencia, porque el argumento pasa por otro lado.

El formato folletinesco es tal vez el punto no del todo logrado de la novela. El argumento pareciera por momentos resolverse con cierta simpleza. Resaltan, como puntales, un manojo de escenas de alto nivel, pero las cosas ocurren y se resuelven con una facilidad que nos hace pensar que tal vez la base del libro fue construida de forma un poco apurada. Haciendo una analogía con la pintura, es como si Romero hubiera pintado sobre el boceto de la figura, y la pintura terminada está llena de pinceladas maestras, pero la figura no queda tan definida como era esperable. En la novela, a medida que se avanza, en más de un momento uno se queda con la sensación de que se pudo haber profundizado más, que se pudo haber llevado la trama a una complejidad superior que habría dado un libro magnífico.

Existe un segundo libro de Romero en esta colección, titulado ?Los bailarines del fin del mundo?, y que retoma la historia de estos tres personajes. El interés por leerlo, por seguir las nuevas aventuras de nuestros amigos Abelev, Maglier y Muishkin revela que al fin y al cabo, los personajes tienen vida más allá de ciertas flaquezas del libro, y esa es la prueba de que la novela igualmente funciona. Porque como amigos que somos, queremos volver a encontrarnos con ellos, dondequiera que anden haciendo de las suyas.

Publicado en Leedor el 6-05-2010