El negocio de la pobreza

0
9

El estado se queda tranquilo cuando deja la asistencia social en manos de especialistas. Lo que no se toma en cuenta es que son especialistas en hacer dinero.El objetivo final del capitalismo es convertir todo en mercancía.

- Publicidad -

Existieron, inclusive, teóricos del neoliberalismo, como Milton Friedman, que propusieron privatizar hasta el aire. Su visión del mundo, con anteojos caros, era que el mercado es esencialmente igualitario y autoregulatorio. Dos miopías básicas que sólo pueden provenir de ojos acostumbrados a engordar el ganado a cambio de adelgazar campesinos con la complicidad del comisario.

Pese a las medidas, declamaciones y expresiones de deseo (traducidas muchas veces como órdenes emanadas desde los organismos multilaterales de crédito), la sociedad aún posee algunos frenos para la locura capitalista. Lentamente, sin embargo, las barricadas del sentido común han venido siendo arrasadas por la lógica del lucro.

Desde mediados de la década del ’70 hasta el final de la del ’90, las reestructuraciones (eufemismo para la reducción del personal y la venta de los activos del estado) estuvieron de moda en todo el mundo. La elite del capitalismo mundial colocó a la vanguardia a su perro de presa, Pinochet, quien impulsó a sangre y fuego las reformas que el negocio globalizado requería.

A finales de los ’90 y comienzos del siglo 21, la gente pareció despertar de su letargo y se vieron, a lo largo y a lo ancho del mundo, manifestaciones claramente anti globalización, que reclamaban, entre otras cosas, una distribución del ingreso más justa.

Durante la época de Reagan y Thatcher se conformó lo que se denominó Consenso de Washington (lindo nombre para un acuerdo de pocos…). Entre sus postulados destacaban como los más importantes el achicamiento del estado y las privatizaciones. El mundo (o deberíamos decir los dirigentes del tercer mundo), desarmado tras la caída del bloque soviético y en el medio de un proceso inflacionario (rércord del precio del petróleo en la I Guerra de Irak), aceptó sin objeciones las recetas neoliberales.

Una de las consecuencias de semejante dogma fue la eliminación de planes de asistencia universales y su sustitución por planes focalizados. A partir de allí los estados contrataron empresas que fueron las encargadas de proveer tanto la infraestructura como la logística de la asistencia. Así el deber del estado pasó a ser el negocio de un grupo de accionistas.

Estas multinacionales del hambre empezaron a cobrar cifras millonarias por la aplicación de las políticas de bienestar. Cifras que disminuyen hasta el mínimo en el último eslabón de la cadena y que generan inmensas ganancias a sus propietarios, quienes ofrecen una solución “nutritiva” y “racional” para el problema de la pobreza, convenciendo a estados ingenuos o cómplices.

En el colmo de las ridiculeces, muchos de los planes asistenciales se diseñan en oficinas del primer mundo y se aplican en el terreno, sin importar las particularidades, fuera ésta una zona desértica o una selva tropical. El fracaso del plan siempre recae en la corrupción de las autoridades locales, o en la ignorancia de los beneficiarios.

Pese a los cambios que el nuevo siglo trajo aparejado, sobre todo en Latinoamérica, en donde por primera vez se dio una coincidencia ideológica de varios presidentes de la región, las influencias de las ideas liberales se mantienen vivas.

Visitando hace poco una escuela rural, sus directivos nos comentaban del ingreso de una de estas empresas como proveedoras de las comidas de los niños internados. La charla viró a queja, ya que según la compañía, la ración que ellos entregaban era suficiente para los requerimientos nutricionales de los alumnos. Sin embargo, las 7 galletitas que rigurosamente les daban, dejaba a los educandos con una sensación de hambre. La habilidad para el manejo de los recursos escasos, tanto de la directora como de las maestras como de la cocinera, proveían de un paliativo para el estómago vacío.

En la ?Opera de los tres centavos?, Bertolt Bretch describe los sucesos de una empresa dedicada a la mendicidad. Allí les daban a sus empleados todos los accesorios necesarios para el arte de pedir. Desde muletas o sillas de ruedas hasta argumentos y discursos. La hija del dueño se enamora de un famoso cuchillero y estalla el escándalo cuando el burgués no aprueba, por causas morales, el romance. Una metáfora filosa acerca de los valores que engendra el capitalismo. Pobre Bertolt, la ironía se tornó pavorosa y hoy en día las multinacionales comercian con el hambre de los pueblos, transformando la mendicidad en mendacidad.

Gerentes de sueldos millonarios y gastos exquisitos administran en forma flagrante la asistencia social; reparten la miseria y embolsan la ganancia. El sofisma rebautizado como marketing. En lindos paquetitos, con información nutricional, se obtienen contratos y se delegan obligaciones. El estado se queda tranquilo, deja la asistencia en manos de especialistas. Lo que no se toma en cuenta es que son especialistas en hacer dinero, no necesariamente en problemáticas sociales. De una empresa lo único que puede esperarse es quiera acrecentar sus ganancias, de hecho esa es la razón de ser y su actividad se encuentra fomentada por el propio Estado. No tiene sentido pedirle caridad. Y todo esto más allá de las nuevas estrategias de venta y de posicionamiento de imagen que implican una ?responsabilidad social empresaria?, eufemismo hipócrita que les permite dormir tranquilos apoyados en almohadas llenas de papel moneda.

Por este camino, no hay nada que hacer. Cuando el hambre es un negocio sólo podemos esperar que se cumplan las palabras de San Mateo: “aquellos que tengan, les será dado en abundancia; aquellos que no tengan les será quitado hasta lo que no poseen”.air jordan pas cher La única salida es despertar al viejo fantasma que alguna vez, supo recorrer Europa.