El peor de los públicos

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Entre la carcajada y la melancolía, impecable trabajo de Lifschitz bajo la direccion de Andrés Binetti.

El peor de los públicos, aquel que se sienta una hora a presenciar un espectáculo pretendiendo que le den todo y luego se va silencioso, se esfuma, para dar lugar a otros que ocuparán las mismas butacas durante una hora y se marcharán. Aquel que llenará las salas de los cines porque su protagonista se ha suicidado. Aquel que, según Atilio, va a visitar a su difunto familiar, lo observa por un rato y luego se va y su trabajo queda perdido una vez cerrado el cajón.

El peor de los públicos es una puesta original que abre diferentes interrogantes que terminan teniendo un hilo común.

Atilio comparte su soledad, en el sótano de la funeraria donde trabaja, con cada cadáver que le entregan para maquillar. Reflexiona, desde un humor negro, en ese espacio descascarado, húmedo, y se percata que tiene más vínculo, más cercanía con los muertos que con los vivos. Y que su existencia en el mundo de los vivos es más complicada que la de los muertos, por algún motivo ellos nunca retornan. Reflexiona sobre el exilio por la Guerra Civil que lo trajo a la Argentina, donde no parece estar muy cómodo. También reflexiona sobre su devaluado trabajo, el que le fue heredado por su padre, un arte poco apreciado y que se pierde una vez cerrado el cajón. Llama al resto de sus colegas carniceros, y tiene la esperanza de que en algún momento su trabajo vaya a ser reconocido, quizás con la remota idea de que los muertos que él maquilló se reconozcan entre ellos en algún lugar donde estén.

Atilio nos permite conocerlo por intermedio del vínculo que establece con el mal herido cuerpo de un muerto que le ha sido encomendado embellecer y que resulta ser el de un famoso actor de cine que se suicidó luego del estreno de su última película. La acción de Atilio se despliega, en el espacio reducido del viejo sótano, y se reparte entre recomponer el cuerpo destrozado del muerto, su vínculo con éste a partir de que se entera de quién es y sus conversaciones telefónicas con el dueño de la funeraria, que van variando de tono. Este español cabrón que llega a ser enternecedor, es interpretado por Alejandro Lifschitz en un excelente trabajo de composición bajo la dirección de Andrés Binetti. Ambos comparten la autoría y la creación de este universo ficcional que nos lleva a transitar lugares diferentes entre la carcajada y la melancolía.

El peor de los públicos se toma el atrevimiento de jugar en primer lugar con un tema fuerte como es la muerte y hacerlo dialogar a partir del humor y la reflexión con otros temas como la soledad, el exilio, la recepción. Es una mirada diferente sobre la muerte, sobre el vínculo con esta, que la corre del lugar común, trágico, solemne en el que se la suele colocar.

Sin embargo, a pesar de lo dicho, dudo de que éste sea el tema central, se lo podría ver como una excusa para hablar de otros temas, otros duelos, otras existencias. Quizás más que una reflexión sobre la muerte, lo sea sobre la vida, las relaciones humanas, la comunicación, la soledad.

Publicado en Leedor el 29-04-2010