Somos nosotros (II)

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Una apuesta estética al cine argentino.

Somos Nosotros, es una apuesta de un estudiante de la Universidad del Cine de Buenos Aires, con sólo 21 años de edad, aunque desconozco si fue filmada uno o dos años antes.

Por una parte es importante destacar, que cuando alguna actividad de nuestras vidas se encuentra atravesada por el deseo, todo es posible. Como hacer este film con casi nada de recursos, contando con la ayuda y complicidad de un grupo de amigos.

Por la otra, respecto a su Programación dentro de una Selección Oficial no deja de ser un riesgo de algún modo, al margen de que de eso se ha tratado siempre, el objetivo ético y estético del Festival a lo largo de su historia, y que la misma ha dado cuenta, de que muchas de sus apuestas han devenido, en la construcción de la historia de nuestro cine, de esta última década.

Si partimos de la afirmación que se supone intenta comunicarnos el título elegido, que no dice Así somos nosotros, como probablemente se hubieran expresado directores hace algunos años. Algo así como si les gusta bien, y si no a joderse. Acá no existe la menor pedantería. Somos nosotros, si bien indica un grado de pertenencia a una forma de ver y vivir en el mundo apunta también, a enfatizar en todo caso, en la estrategia desarrollada para mostrar a un grupo de jóvenes, que coinciden en los mismos gustos, que realizan el mismo gesto para saludarse (chocando las manos y levantando un dedo), como un modo de remarcar ese ?somos nosotros?, que también como rito, no deja de ser una forma de definirse.

A contracorriente de la intención consciente a la que alude Mariano Blanco de no haberlo pensado como un retrato generacional. El resultado para el espectador es justamente lo contrario. En principio todo ese grupo de amigos son marplatenses, menos él, todos se pasean y recorren la ciudad con su skate, todos practican el mismo ritual de saludo sumado a un ?boludo? continuo, que interrumpen con frases cortas casi sin construcción de diálogos. De allí que no existan descripciones textuales, como tampoco hay interrogantes, ni menores, ni existenciales. La vida fluye en un presente continuo.

La ciudad aparece sin turistas, eso se nota sobre todo en las escenas de playa. Mientras una cámara en mano, con largos planos secuencia deambula como un flaneur, lo mismo que sus protagonistas, por la periferia, Playa chica, La Perla o Camet, cuatro o cinco interiores y la calle Lavalle de Buenos Aires(¿).

Quienes conocemos que hace treinta años la ciudad de Mar del Plata se fue quedando sin sus dos industrias más importantes, que han sido, el tejido y la pesca, que fue, y es la ciudad con más índice de desocupación de la Argentina. Y que la generación de jóvenes, que alrededor del 2000 tenían entre 18 y 25 años emigró fundamentalmente a España, Italia y al resto de Europa, como hicieron al revés sus antepasados en el siglo pasado. Sabemos que hubo una generación que eligió en la mayoría de los casos, por falta de oportunidades de trabajo, no de proyectos, un auto exilio en masa.

Lo cierto es que su director, en esta su ópera prima, ha logrado acercarse a lo poético en esas imágenes que hablan de la cotidianeidad del ahora. Desde un logrado clima, se perciben pequeñas dosis de melancolía, a partir de un silencio a la vez poblado de una saudade, proveniente de aquellas voces, que ya no están.

Habrá que esperar un tiempo para ver como prosigue esto, que parece subvertir los lugares comunes del cine argentino.