Samanta Schweblin

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Te contamos por qué Samanta Schweblin puede ser considerada la gran cuentista de esta generación.En los últimos 8 años Samanta Schweblin ha publicado tan sólo dos volúmenes de cuentos (veintisiete relatos en total). Esta es la extensión de su obra publicada al día de hoy, y ya le ha bastado para ser considerada, casi de modo unánime entre pares y críticos literarios, como la gran cuentista de esta generación.

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Es sabido que una gran reputación a veces es peligrosa. Cuando Ana María Shua dice de ella ?Tenemos a la mejor cuentista argentina, sin distinción de géneros?, ¿hasta qué punto le está haciendo un favor? Nos remite a la consabida situación en la que nos recomiendan tan efusivamente una película que cuando finalmente la vemos salimos casi inevitablemente decepcionados.

Y sin embargo, cuando uno se sumerge en las páginas de ?El núcleo del disturbio? (Destino, 2002, 192 págs.), Primer Premio en Antología de Cuentos del Fondo Nacional de las Artes 2001, comienza a comprender de qué hablan con tanta efusividad. Hay allí al menos seis pequeñas obras maestras del cuento, en un trabajo con la forma que no reniega del pasado, de la mejor tradición en el relato breve, y hace lo que tantos otros desprecian: construir sobre lo ya escrito en vez de buscar a toda costa una voz original a costa de experimentos torpes o adolescentes. Pero Samanta escribe lo suficientemente bien como para lograr la paradoja: sin intentar diferenciarse de la tradición del cuento argentino de fuga fantástica, consigue una voz personal al punto que uno puede leer un cuento suyo en cualquier antología general y saber que ha sido escrito por ella y no por otro.

Las seis obras maestras antes mencionabas bien pueden ser ?Hacia la alegre civilización de la Capital? ?relato en el cual un grupo de trabajadores no pueden jamás abordar el tren que pasa cada día en dirección a la capital por una serie de impedimentos que comienzan siendo medianamente racionales para terminar en un delirio fantástico y lírico a la vez-, ?Matar a un perro? ?acerca de un aspirante a matón que debe demostrar sus nervios de acero dándole muerte a un canino -, ?Mujeres desesperadas? ?que se lee casi como un coral de György Ligeti o Krzysztof Penderecki, acerca de un lugar desamparado en la ruta, en el cual las novias recién casadas son abandonadas cruelmente por sus flamantes maridos-, ?Agujeros negros? ?sobre la posibilidad de que ciertas lagunas en tiempo y espacio de los protagonistas no sean sino manifestaciones de los muy cotidianos y ordinarios agujeros negros del título-, ?Más ratas que gatos? ?una suerte de manifiesto en clave de cuento infantil perturbado sobre el comienzo de las divisiones y los enfrentamientos entre los hombres-, y, finalmente, ?La pesada valija de Benavidez? ?que comienza con el asesinato de la esposa de Benavidez por el marido, que al acudir a su médico en búsqueda de ayuda encuentra una serie de situaciones surrealistas que van elevando el misterio del cuento hasta llegar a una coda final que equipara el asesinato con un hecho artístico.

En todos los cuentos la tensión se ha instalado antes de la primera palabra. Schweblin trabaja con elementos antinaturales, se mete de lleno en la turbulencia antes de dar inicio, y entonces va subiendo la apuesta hasta llevar el relato hasta el paroxismo de sus posibilidades. Y todo esto a través de un lenguaje cuidado al extremo. Tal vez por eso debieron pasar siete años entre la publicación de su primer libro y ?Pájaros en la boca? (Emecé, 2009, 184 págs). ¿Cuántas reescrituras, totales o parciales, le llevará cada historia a la autora? Desde afuera, la obsesión por la frase perfecta, la descripción económica a la que nada le falta para crear el clima justo, parecen casi una fábula-pesadilla de Schweblin.

Los cuentos de ?Pájaros en la boca? son más difíciles de separar y de resumir. Tal vez sea porque, como dice la contratapa, aquí ?lo raro se impone en ellos (los cuentos) a veces con una sospecha trivial y silenciosa. Otras, con una densidad violenta e irreversible, como en una película de David Lynch, o en una pesadilla kafkiana.?

La mitad de los nuevos relatos trabaja la idea de contar todo lo que es relevante, excepto el elemento fundamental. En ?Irman?, el cuento que abre esta colección, una pareja se detiene en un parador vacío cerca de la ruta para pedir algo de comer. El hombre que los atiende, bajito y misterioso, se encuentra apenado porque con la súbita muerte de su mujer en la cocina, no puede alcanzar las cosas que se encuentran sobre la heladera. ?En la estepa? sea tal vez el ejemplo más brillante (y más claro) de ésta técnica: dos parejas amigas se reúnen a cenar en la casa de una de ellas, y todo el tiempo se habla de que los anfitriones se las han arreglado para cazar a ?uno de ellos?. Nunca sabemos qué es ese ?uno de ellos?, pero sí sabemos que es algo aterrador y secreto, tal vez inhumano, y así la familiaridad de una cena de cuatro se transforma en un juego de tensiones y complicidades con el lector, que por supuesto, está tan curioso por ver al ?uno de ellos? como la pareja visitante.

?Mi hermano Walter? cuenta otra de estas historias en la que todo es aparentemente cotidiano y reconocible, y sin embargo, hay algo pulsante y ominoso detrás. Toda la felicidad de una familia es directamente proporcional a la infelicidad del hermano Walter, quien pareciera canalizar las emociones negativas de todos quienes le rodean. Y sin embargo el primer dato que nos proveen sobre Walter es que le gustan las papas fritas, una vez más, jugando con una naturalidad que esconde un elemento oculto, clave principal del cuento. ?El cavador? sigue esta tendencia, con un personaje que siempre se encuentra cavando un pozo, pero nunca sabemos para qué. El cuento que presta su nombre al libro, ?Pájaros en la boca? nos presenta a una niña que sólo se alimenta de aves vivas. Nunca se indaga sobre la naturaleza de ésta conducta, sino sobre la relación con sus padres y la falta de comprensión en la que está sumida.

El referente directo en la literatura argentina es el ?Bestiario? de Cortázar. Piénsese en los hermanos expulsados de su hogar por una fuerza invisible en ?Casa tomada? o en el hombre que vomita conejitos blancos en ?Carta a una señorita en París?. O mejor aún, en el mismo cuento ?Bestiario? en el que una familia conserva a un tigre suelto en la casa de campo, situación que a nadie llama la atención y sobre la que se va tejiendo la tensión subliminal que estalla al final de la historia. También podemos encontrar sedimentos de los cuentos sobrenaturales de Carlos Fuentes (?Inquieta compañía? tiene ciertos compases en común).

Tal vez, ido ya Cortázar hace tiempo, tengamos en la joven Samanta Schweblin su mejor discípula, o al menos, una de las más interesantes.

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