La biblioteca virtual

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Casos emblemáticos de resistencia bibliófila en la red.Bibliotecas virtuales una nueva forma de resistencia

Las bibliotecas públicas son los templos sagrados del conocimiento. Iglesias nuevas de la religión de la ciencia, como querían los primeros positivistas de principios del siglo XIX. Si repasamos la historia encontramos a los héroes y mártires de la libertad, quienes posibilitaron que hoy gocemos de textos diversos.

Hipatia con su martirologio, consumado por hordas fanáticas de cristianos primitivos, ocupa un lugar de privilegio en el sitial de los paladines del conocimiento. La abjuración de Galileo no opaca en absoluto la enorme defensa de la libertad de investigación que el florentino encarnó.

La lista es interminable y está sembrada de héroes anónimos, quienes fueron asesinados por aquellos a quienes nada aterra más que la fertilidad de una nueva idea. La sola posibilidad de dudar de las propias convicciones suele engendrar un terror atávico, que rápidamente se transforma en un odio irracional hacia quien se atreve a pensar en forma diferente.

Los humanos fluctuamos entre la neofilia y al neofobia. La mayor parte de las veces, sin embargo, la oscilación está dada más por la actitud de lo que hace la mayoría, que por una convicción interna superadora, aunque sea en forma provisional, de las objeciones que la reflexión profunda suele suscitar.

En la historia occidental quienes ostentan el título de campeones de la neofobia son los jerarcas de la iglesia católica. En su afán conservador llevaron al fuego a más de un piadoso. Guíados por la ignorancia necia alimentaron la pira también con libros, textos y toda forma de almacenamiento del conocimiento, incluyendo claro está, la memoria humana. En el medioevo se dedicaron también a crear palimpsestos, eliminando los párrafos donde los antiguos depositaron su conocimiento, para transcribir las interminables letanías, los patéticos salmos y las serviles alabanzas.

El desarrollo posterior de la humanidad no mostró tolerancia y respeto sino todo lo contrario. El siglo XX fue testigo de las peores atrocidades; entre las más leves se encuentran la expulsión de intelectuales y la prohibición de libros en la Alemania Nazi, en la Italia Fascista y en la España de Franco. El estalinismo no se quedó atrás; un triste ejemplo de ello fue la censura que sufrió, entre otros, Mihail Bajtin, tal vez uno de los semiólogos más importantes de todos los tiempos. En los EEUU el macartismo fue el motor de la represión intelectual y del avance de la ignorancia y el atropello a las libertades civiles. Las habas se cocinaban en todas partes.

En la Argentina las diferentes dictaduras que asolaron al país se caracterizaron por el desprecio hacia el pensamiento, haciendo suyo aquel lema del franquismo: Muera la Inteligencia. La tragedia tuvo connotaciones ridículas, sobre todo en la dictadura del 76, que llegó a prohibir libros como La cuba electrolítica simplemente por el homónimo. Al Centro Editor de América Latina el autollamado proceso le incineró casi un millón y medio de ejemplares, además de iniciarle un juicio a su director, Boris Spivacow; ostentando así el raro privilegio de haber sido la quema más grande de libros que se realizó en el país.

En el siglo XXI, la hipercomunicación, producto del auge de las nuevas tecnologías, convierte en obsoleta cualquier tipo de censura ígnea. La multiplicación de la información hace que el teniente coronel piromaníaco (hoy general retirado) tenga que andar con un lanzallamas en la mano. Nosotros le sugerimos que pruebe con un ejemplar de la novela de Roberto Arlt. Hoy en día la censura no la ejercen los uniformados sino quienes, desde hace casi 300 años, la deciden: los grandes capitales.

Los métodos son un poco más sutiles y se basan en la propiedad intelectual. El eufemismo no puede ser más grotesco. Las grandes empresas editoriales, las discográficas y las productoras de medios audiovisuales acumulan capital en forma de derechos de copia. Los creadores, salvo unos poco que viven realmente de sus creaciones, venden su alma al diablo por una margarita que se va deshojando con el tiempo.

En la Argentina la Universidad es gratuita. No se paga por cursar, es cierto, pero de allí a pensar que los estudios son sin cargo hay una enorme distancia cubierta de ingenuidad o malicia. Entre los aspectos más onerosos se encuentra la bibiliografía obligatoria de cada materia. Si bien la mayoría de los estudiantes lee sus textos en forma de fotocopia, lo cual abarata un poco los costos a cambio de la calidad que brinda tener el libro entero, los gastos siguen siendo elevados.

Frente a esta situación los estudiantes de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires decidieron aprovechar las nuevas herramientas tecnológicas y rápidamente armaron un sitio de internet. Allí fueron volcando las versiones electrónicas de los artículos y capítulos que comprenden el currículo de cada materia de las carreras que se cursan en la facultad. De a poco y en función del esfuerzo de algunos y de las necesidades de otros la página fue creciendo hasta convertirse en una herramienta muy importante de la educación de los estudiantes.

Pero el ojo panóptico del capital todo lo observa y rápidamente la empresa en donde el sitio era hospedado recibió una intimación judicial por presunta violación a las leyes de propiedad intelectual y de fomento del libro y la lectura. Vaya paradoja o deberíamos decir hipocresía… Valga la aclaración que la gran mayoría de los textos que se estudian en Filo pertenecen ya al dominio público y que son los menos los que tienen inclusive a sus autores vivos. La justicia ciega, habría que agregar analfabeta, tiene una espada poderosa cuya sola ostentación es sinónimo de represión y autocensura. Frente a la intimación, la empresa informó de la situación a los administradores del sitio y decidió darlo de baja.

A este ataque contra el derecho a estudiar le antecede uno similar perpetrado contra el filósofo Horacio Petel, docente de la Universidad de Lanus, quien en sus páginas de internet publicó textos de Nietzsche, Derrida y Heidegger. La intimación llegó a la causa judicial y el héroe moderno pudo terminar con sus huesos en la cárcel, de no haber mediado el sentido común y de su mano la absolución.

Debido al carácter perseverante de la resistencia (sino no se llamaría así) los estudiantes de Filosofía y Letras se organizaron y volvieron a montar el sitio, esta vez con un hospedaje fuera del país (www.bibliofyl.com). Como toda insurgencia que se precie aquí también se adhiere a un lema: Borrar Libros = Quemar Libros. El futuro se presenta inquietante, polarizado, con capitales concentrados que piensan convertir todo en mercancía, arrasando incluso con el derecho a conocer. Entre los estantes virtuales ya encontramos nuestro lugar en las barricadas.

Publicado en Leedor el 31-03-2010

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