La plaza del diamante

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Una verdadera perlita en Tadron Teatro.
La Plaza del diamante, novela escrita en catalán por Mercé Rodoreda y considerada la obra más emblemática de la autora, traducida a más de 20 idiomas, narra la historia de Natalia, una ficción aparentemente chiquita en la que una joven en la España de esos tiempos de posguerra debe ser fiel a su resignación más que a su deseo.

En la brillante adaptación de Joan Ollé, el unipersonal, en este caso a cargo de una magnifica Fernanda Pérez Bodria, alcanza momentos muy intensos, en donde se pone de manifiesto cuán importante es la tarea de un director, en este caso Diego Demarchi y los resultados que se alcanzan cuando un actriz como en este caso, se deja llevar por esas indicaciones que terminan siendo un superobjetivo de dirección, no en el sentido demarcador de sentido que el espectador debe llevarse, sino más bien en la apertura de sentidos de una obra que muestra la Barcelona de la posguerra, igual a tantos otros pueblos que van saliendo de una opresión que parece durar mil vidas.

Entonces Natalia aceptará resignadamente que su marido, el que aceptó en medio del desastre, le cambie el nombre por el de colometa, que en español significa palomita. Es que tal vez Natalia sea un ser para volar, sólo que aún no lo sabe.

Este modo de ceder identidad es el símbolo por el cual Natalia demuestra lo que la miseria acarrea para una mujer en todas las sociedades machistas. Así, su vida de casada estará signada por el desamor y las dificultades, muerto el esposo, deberá sacar adelante a sus hijos y lloran en silencio a sus otros amores que morirán en el frente.

Mientras dura su matrimonio con Quimet, su vida transcurrirá en un segundo plano, cuando finalmente se quede sola, Natalia será en verdad una colometa que en una ardua tarea deberá aprender a volar.

En la puesta de Demarchi, el diseño espacial es impecable y minimalista. Una alfombra tapizada de hojas otoñales desciende desde la pared del fondo del escenario para llegar casi hasta le proscenio. Sobre ella, un banco de plaza es el espacio en donde Natalia/Colometa, narrará su historia, acertando en todas las inflexiones del tono conforme narre sucesos trágicos, más humorísticos o tragicómicos.

Fernanda Pérez Bodria se las ve con la ardua tarea de estar sola en escena y consigue llenar la sala del espíritu de su historia y no pierde ritmo ni una sola vez. Una bolsita de mandados, un atuendo cuidado para caracterizar al personaje, se suman al uso de la palabra como material sagrado, así entonces las alternancias de la historia, con un bello diseño de iluminación y una música tenue que acompaña sin opacar lo narrado, convierten a La plaza del diamante, en una de esas perlitas que vale la pena ver, volver a ver y recomendar.

Publicado en Leedor el 30-03-2010