En busca del tiempo perdido

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La edición en ejemplares de bolsillo de Sudamericana de los siete tomos de Proust es un hecho curioso. ¿Existe un mercado joven para esta obra?La edición en ejemplares de bolsillo de Sudamericana de los siete tomos de Proust es un hecho curioso. ¿Existe un mercado joven para esta obra, de la que tantos reniegan (incluyendo varios escritores reconocidos de las letras vernáculas)?

En los últimos dos años se vienen publicando, a razón de dos o tres tomos al año, los primeros seis libros y todo parece indicar que pronto será el turno del volumen final. En épocas en las que una obra de siete tomos remite popularmente a Harry Potter en primerísimo lugar, tal vez sea un buen momento para repasar el inicio de este esfuerzo tan único en la historia de las letras francesas, pasando de largo el anecdotario tan conocido del editor que rebotó la obra, para enfocarnos en el primer libro, que es sin duda el que hará que decidamos emprender (o no) el camino hacia el resto de la obra.

Por empezar, no conviene leer el primer tomo de la obra magna de Marcel Proust, En busca del tiempo perdido, si se tiene otros libros en lista de espera. ?Por la parte de Swann? es un tomo lento, donde el adjetivo le saca varios cuerpos de ventaja al verbo, algo que garantiza el desapego de una gran cantidad de lectores y la frustración constante de los persistentes. Se trata de un libro denso, plagado de interminables descripciones, frases que con sus subordinadas se desarrollan por, tal vez, tres cuartos de página, y donde la falta de completa atención se paga con el aburrimiento.

Dicho de otro modo, este libro es cualquier cosa menos literatura contemporánea, los pocos momentos dinámicos son llamativos por sus escasez y durante las primeras cuarenta páginas uno decide si se someterá a las reglas de Proust o no. Esta sujeción puede parecer irremontable, pero tiene su premio y no hará falta leerse el resto de los tomos para llegar a él.

Vivimos en tiempos en los que todo debe ser veloz: estimulamos nuestros sentidos del modo más básico (que es siempre el más seguro), por lo que encontramos más fácilmente gente dispuesta a mirar fuegos artificiales que a contemplar la belleza de un paisaje por más de veinte minutos. Este mismo tema lo toca de pasada el autor en el libro, esa idea propia de cierta gente que cree disfrutar de la naturaleza cuando en realidad apenas se regocija con la idea de que es capaz de disfrutar de la naturaleza, como sucede también con el arte. Y es que hoy en día vivimos en un tiempo en el que el concepto de arte ha sucumbido al dictamen popular, según el cual, todo es subjetivo, por lo tanto decir que Proust es arte es tan válido como decir que los comics del Hombre Araña lo son.

“Por la parte de Swann” no ahorra descripciones, como se ha dicho, pero crea un marco, un universo literario, una memoria sobre lo que fue en determinado tiempo, tanto en el nivel exterior (la Francia o Europa de fines del siglo XIX) como en el nivel interior (la vida, ya real o no tanto del protagonista). Hay un esfuerzo mastodóntico en retener mundos que el olvido ya desintegra, salvarlos de la oscuridad que consume todo lo que ya no es, una nostalgia que batalla el efecto destructivo del tiempo. Cuando se asumen las reglas que establece el autor, cuando se ingresa sin soberbia (o lo que es peor, y no tan raro, condescendencia) para con la obra, el camino sigue siendo cuesta arriba pero pronto comienza a experimentarse un gusto inesperado, un respeto que se vuelve casi adictivo. Se deja de leer y sin embargo no se deja de pensar en Combray, la parte de Méséglise, la parte de Guermantes, la aristocracia de la Francia de aquel tiempo y la mirada fresca y fascinada del protagonista, que sueña con los castillos mágicos e intrigantes de duques y princesas. A mitad del tomo, hay un relato en tercera persona (hasta aquí siempre escuchamos el relato desde el ?yo? narrador) que es el corazón de este primer volumen, en parte porque no se repite en ninguno de los otros, y trata sobre el mentado Sr. Swann y una historia de amor plagada de insinceridades, desprecios y apegos enfermizos.

El arco de esta historia comienza con el interés que Odette manifiesta por el distinguido Sr. Swann, quien la encuentra en principio poco agraciada y hasta aburrida (aparte de completamente falta de méritos e inteligencia). A raíz de una revelación sensorial y un buen tiempo de insistencia por parte de la mujer, ambos comienzan una relación que al poco tiempo presenta fisuras. Odette lleva consigo mala fama, parece que tiene el sí fácil y engaña cada tanto, con hombres y mujeres, al bueno de Swann. El bueno de Swann, a su vez, ve su amor intensificado de un modo cuya lógica es inexplicable y sin embargo todos reconocemos cuando Proust la relata, y aquí se manifiesta parte de la magia del autor: parece capaz de explicarlo todo, el universo de la palabra no le niega ningún camino. Es verdad que sus modos son rebuscados y complejos; es verdad que seguirlo termina siendo un placer de grandes proporciones.

Hacia el final de este apartado, dice Swann: ?¡Y pensar que he desperdiciado años de mi vida, he querido morir y he sentido mi mayor amor por una mujer que no me gustaba, que no era mi tipo!? La tragedia de este remate ya ha sido sospechada por el lector, quien reconoce la espiral descendente de Swann, cuando ya éste es incapaz de disfrutar de cualquier charla, concierto, o amistad que no haga referencia a Odette, que no pueda informarle algo que confirme o refute sus celos y sospechas. Cerca del final, se cruza con una agraciada princesa que lo insta a encontrarse con ella, una mujer que tiene su calibre, su humor y su sagacidad, y el lector quiere ver en esa mujer una salida para la obsesión de Swann, pero cómo no, sólo asistimos a su sufrimiento al verse incapaz de relacionarse con alguien que le quite el tiempo que podría disponer en ir a su casa y enterarse si Odette le ha dejado algún mensaje.

A todo quien ha vivido algún amor obsesivo, enfermizo, o un primer amor tardío, encontrará en esta parte ecos de sensaciones que conoce bien, demasiado bien. Se lee y se quiere ver a Swann salir de ese círculo concéntrico, y a la vez, se reconoce la imposibilidad de hacerlo. El marco de mil descripciones ensoñadas, desde flores hasta sonatas y tallados, dota de más peso este ensañamiento, pues con el peso inmenso de estar aprehendiendo una vida, lo que duele y sufre esa vida se vuelve carne en el lector también. Tal vez haya un millar de novelas que nos transiten a través de la vida de sus personajes y su suerte o desgracia, pero al no ahorrarse nada en su exposición de la subjetividad pura, nosotros somos el personaje, y nos imbuimos de él de un modo casi simbiótico, al menos, en la medida que puede decirse tal cosa de una relación entre un personaje y un lector.

El desencanto del amor, tal vez cinismo, que sufren los personajes de Proust cuando reflexionan sobre sus propias ideas sobre el apego, cuando dejan de decir ?Amor? por decir ?amor?, cuando comprenden que no es necesario amar por partes iguales, cuando comprenden que no es lógico esperar que así sea, cuando comprenden que muchas veces el objeto de nuestro afecto lo es no tanto por aquello que es sino por aquello que quiere ser para nosotros, en el momento en que se comprende cuánto hay de vanidad en amar, y que es casi imposible conocer a otra persona (mucho menos el hecho de asirla), hay allí un respiro, un nuevo mundo de ideas y sensaciones que se propone al lector para explorar. Y vaya que tiene razón Proust. Véase qué difícil es aprehender la vida de este hombre que transita tres mil páginas, y aún así, es palabra y texto eternizado, y luego piénsese si conocer costumbres, caminos y maneras de nuestros seres queridos es conocerlos realmente. Tal vez, desde Proust para acá, transitando el camino “por la parte de Swann”, Somos islas en medio de una neblina espesa e inagotable. Escuchamos el eco de la palabra y a veces nos gusta pensar que lo que escuchamos es la palabra.

Publicado en Leedor el 29/03/2010

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