La pecera

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La relación de dos amigos enfrentados a sus pasiones y fantasías es llevada al límite a partir de la violencia que los atormenta. La Pecera de Ignacio Apolo, en una puesta de María del Carmen Pié

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Una situación doblemente voyeurística se establece al inicio de La Pecera de Ignacio Apolo, dirigida por María del Carmen Pié. La mirada del espectador es instantáneamente capturada por una imagen en penumbras de dos miradas ajenas que espían. A partir de una grieta en la pared, los rostros adolescentes quedan iluminados y suspendidos entre sus fantasías y lo que su visión les devuelve.

Leto y Pescado asisten a una escuela secundaria religiosa cuyo interés pasa por un sótano contiguo al baño que la profesora Correa visita periódicamente. Mantenida en un permanente fuera de campo, ?la Correa? se da a conocer por sus pasos en tacos altos y la luz que da vida al espacio otro. Espacio que atrapa a los mirones y que despierta sus más íntimas confrontaciones.

La acción se desarrolla en el intercambio de aquel ámbito construido por el sonido y la mirada de los personajes, y los estrechos márgenes del recinto ocupado. Pero también evoluciona en el choque del mundo interno de cada uno de los chicos con su cruda realidad. La violencia se erige como eje del lenguaje verbal y físico, en parte automatizada en el discurso adolescente, en parte inherente a la psicología y a la historia apenas esbozada de estos personajes.

Luego de quedar encerrados casualmente, Leto y Pescado hacen del sótano su propio lugar en el mundo. Si salen, siempre vuelven. Y a partir de ello los distintos sucesos narrados tornan al espacio claustrofóbico en un lugar de supervivencia. La planta escénica pautada en semicírculo mediante el uso de los objetos, envuelve cual pecera a los personajes que en ella se movilizan. Y en ese entorno quien mejor se adaptará, será quien mayor conocimiento porte de las determinadas circunstancias, el ?peixe?, tal como lo denomina su compañero burlón.

Las elipsis en la trama se evidencian con los usos de la iluminación, que permiten ver los bloques mediante el vacío de la oscuridad. De este modo avanza la temporalidad y la historia, sustentada en el relato de los actores.

Ahora bien, es preciso señalar que lo que se engendra con perspicaz coherencia en la primera parte de la obra, luego pareciera desdibujarse. Esto presenta ciertos interrogantes acerca de las posteriores elecciones. ¿Es que al violarse la confianza entre los amigos ya nada tiene sentido? ¿Será que la violencia desenfrenada -referida y aludida- hace que las líneas de fuerza ya no vuelvan a encontrarse? ¿Es eso lo que amputa la inteligencia y velocidad de los primeros diálogos? Hay, evidentemente, un quiebre: dentro de la fábula, en las actuaciones, en los distintos recursos y materias significantes, donde la simpleza inicial, el salvajismo y su cruda poesía, no logran evolucionar en una misma tangente.

Publicado en Leedor el 26-03-2010