Alta rotación, de Laura Merad

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Bienvenidos a la realidad del precario trabajo de los jóvenes en la excelente crónica de Laura Meradi.
Alta Rotación, de Laura Meradi
(Tusquets, 2009. Colección andanzas, crónicas, 416 págs.)

Durante un año de su vida, la autora de este libro aceptó una propuesta editorial y se metió ?de infiltrada? en el circuito de los trabajos poco calificados a los que comúnmente acceden estudiantes o jóvenes necesitados de un ingreso. Así, Laura fue: promotora de tarjetas de crédito en la zona de Constitución, atención nocturna de un call center bilingüe, cajera de hipermercado, runner en un restaurant frente al cementerio de Recoleta y comodín del área de café Premium de McDonalds. Con los nombres verdaderos de sus compañeros de trabajo como única excepción, todo lo demás está documentado con el más absoluto detalle: qué negocios, qué empresas, dónde están ubicadas, de qué manera explotan a sus empleados, qué contratos les hacen firmar, cómo forman un sistema que finalmente los esclaviza, les quita cualquier posibilidad de ser otra cosa: los derrota. Porque estas empresas saben que un joven sin futuro es un empleado más rentable.

Bienvenidos a la realidad del precario trabajo de los jóvenes, sin concesiones.

Lo primero que hay que aclarar es que el libro está excelentemente escrito: algo comprobable desde el momento en que un texto de denuncia, que explica detalladamente cuestiones sórdidas y por el que circulan incontables víctimas de un sistema perverso, es igualmente entretenido, casi adictivo, y dinámico como, para el caso, una novela.

Con ?Alta Rotación? aprenderemos conceptos novedosos: qué es ?fajinar? en un restaurant, qué es ?buscar la equis en un hipermercado?. Pero todos los premios se los lleva el léxico inventado por las mentes brillantes detrás del imperio McDonalds. Allí nadie te manda a limpiar los pisos, te mandan a ?hacer lobby?. Si hay que ir a buscar algo al insalubre refrigerador en el que se guardan desde las hamburguesas hasta las tortas, estás yendo a ?Ushuaia?. Al lado está ?Bariloche?, que es como una heladera gigante. El lugar donde tienen su ?break? es el ?Crew Room? y para los que no estén actualizados, hace rato que no hay más ?Empleado del mes?, sino ?Crew del mes?. Hay un cuadernito para comunicaciones internas de la parte del café Premium, que se llama ?News-McCafe?. Allí, básicamente, se estimula el pase de culpas por escrito, el escrache entre compañeros de trabajo; el truco es siempre decir que uno lo hace por el bien de la empresa. La frutilla del postre es la amenaza invisible del ?Mystery shopper?: figura temida por todos los trabajadores de McDonalds, que según dice la leyenda, se hace pasar por un cliente cualquiera y evalúa tu trabajo. Después manda un informe que te puede costar sanciones o apercibimientos. Se sabe que el lenguaje construye al mundo, y la invención de estos términos no es inocente, por supuesto.

Como la gente que compra y lee libros es muy poca, probablemente casi ningún joven empleado como los descriptos en ?Alta Rotación? vaya a enterarse de esta suerte de ?Manual de Realidad Inmediata?. Los que nos enteramos somos los que tenemos los tiempos y el dinero para leerlo. Desde ese lugar, podría pensarse que la autora no logra su fin, pero tal vez sí logra otros dos: primero, sentar un precedente, marcar un lugar desde el cual se puedan ramificar nuevas investigaciones, discutirlo y debatirlo en los medios, prestarle una voz; y segundo, transmitirnos una empatía por estos trabajadores que dejan su salud física y mental, de modo que probablemente, la próxima vez que vayamos a un Carrefour o a un McDonalds, y las cajeras se nos hagan lentas o dispersas, sabremos comprender.

Otro punto fuerte del libro son las historias de vida que recolecta Laura a medida que va conociendo a sus compañeros en cada trabajo. Está la chica que vivió situaciones promiscuas en su casa, la que tiene el novio policía, el chico que era gay y queda escrachado por un supervisor, la que quiere ser cantante pero no se anima a dejar el trabajo de camarera y vive con un mimo que se va de vacaciones con sus alumnas mientras ella ahorra. Y como ellos, otros tantos. Nosotros los conocemos a través de las pinceladas de la autora, y se transforman, indirectamente, en nuestros propios amigos o enemigos. Esto nos lleva a que cada vez que un supervisor o un gerente o un vigilante dañen de algún modo a un empleado, nosotros nos indignemos, nos violentemos, tengamos una reacción visceral que es prueba de la efectividad del libro.

En el fondo, también Laura lo sabe, esos gerentes están tan presos del sistema laboral, tan resignados y resentidos, como sus empleados. Apenas si son culposos, no culpables. El problema es el mismo sistema, que permite estas contrataciones indignas y explotadoras: el problema es demasiado grande, estamos parados en él, estamos dentro de él, nos rodea, es la ciudad, el mundo, el cielo, la vida misma.

Es imposible citar los cientos de escenas memorables, sorprendentes en su miseria. Cuando se termina la desprotección del mundo Italcred, pasamos a la neurosis del call center, y cuando esto parece el infierno mismo, conocemos el mundo de las cajeras en Carrefour. Y así, pasan los empleos: cada uno comienza prometiendo mejores condiciones, y termina traicionando al aplicante una vez que ya está adentro y sufre en carne propia las condiciones ocultas.

Como hemos dicho que es imposible citar cada escena, citaremos una sola. Cuando Laura está corriendo para hacerse los exámenes preocupacionales entre empresas, escucha la conversación entre un joven y una recepcionista. El joven quiere ver los resultados de sus exámenes ya que lo han rebotado en su primer día de trabajo porque tiene un problema de salud. La recepcionista lo envía al médico que le hizo los exámenes, le dice que él es la única persona que le puede decir qué pasó, pero lo hace sólo para sacarse al chico de encima. Sabe que el médico no le dirá nada y volverá de la otra punta de la ciudad apenas pueda, a reclamar información sobre su salud. Entonces consulta con una jefa que le dice que directamente le mienta: que le diga que se comunicó con la central y allí le dijeron que hubo un error, que no se trataba de un problema de salud sino de falta de vacantes para el puesto. Cuando el joven vuelve, acompañado de su madre, la recepcionista le miente sobre su estado de salud sin que se le mueva un pelo. El chico y su madre se retiran, aliviados.

Lo dicho: bienvenidos a la realidad del precario trabajo de los jóvenes, sin concesiones.

Publicado en Leedor el 15-03-2010