Rose

0
6

Enorme acierto en esta adaptación de Alezzo del texto de Martín Sherman en una obra prodigiosa.
Beatriz Spelzini y Agustín Alezzo han hecho de Rose una pieza imperdible. La obra protagonizada por Spelzini y adaptada y dirigida por el maestro y director Alezzo se alzó desde el 2008, año de su estreno, con muchos de los premios más codiciados e importantes que otorga la crítica teatral. Mar de Plata no fue la excepción y Rose se llevo el premio estrella de Mar como mejor Unipersonal Dramático y el premio a la Mejor Actriz Dramática.

Pero Rose no es solamente el relato de una vida signada por la tragedia, sino que es, además, una exhibición formidable del arte de representar, de narrar y teatralizar.

La obra comienza cuando su protagonista ingresa al escenario y enciende una vela para realizar una shiváh. El judaísmo elabora el duelo de la pérdida en varias etapas y la shiváh es una de ellas – comprendida entre el fallecimiento y los siete días posteriores- en ese período el que ha sufrido la pérdida comienza a elaborarla pudiendo hablar de ella esperando la llegada del consuelo.

Rose, quien da nombre a la obra, ha nacido en una pequeña aldea de Ucrania, ha visto entrar a los Cosacos, ha ido casi a despecho de su voluntad a Varsovia, allí ha visto arder el ghetto en que se consumó el horror más grande del Siglo XX a manos del nazismo. Ha perdido a su hermano adorado, a su hija de dos años y cree muerto a su marido.

Terminada la Segunda Guerra desea regresar a Palestina pero su derrotero interminable y fallido la llevará a Estados Unidos. La lengua materna, la de los caídos es el idish pero ya existe esa distinción con el hebreo que es una escisión.

Llegada a América del Norte, Rose se convertirá en dueña de uno de los más famosos hoteles de Miami y después de muchos años los recuerdos afloran incontenibles durante su ceremonia interminable.

Su nuevo matrimonio, el hijo emigrado a Israel y enrolado en el ejercito motivan reflexiones que son de candente actualidad en lo que refiere al conflicto entre judíos y palestinos.

Mostrando en inflexiones perfectas de la voz y la respiración el destino trashumante y desolador que ha vivido el pueblo al que pertenece, cada sorbo de agua es un nuevo giro de su historia. Para hacer más orgánico el relato, cada tanto Rose, titubea sobre sus dichos y expresa: ?esto no sé si es así, tal vez lo imaginé?. Esta vacilación interviene de modo fehaciente sobre el receptor ya que en medio de la tragedia más horrenda, el detalle y la minuciosidad se desbaratan ya que es sabido que ese espanto es inenarrable. Desmontada la pretensión de narrar lo que no tiene nombre, lo inefable se presentifica en los retazos, las grietas y los círculos que más tarde se cerrarán perfectos.

Spelzini no necesita más que su mesa, el pequeño candelabro con la vela y el vaso de agua con el que ayuda a su garganta de 80 años en escena, a aclararse cuando la tos aparece para recordarle que desde siempre tuvo problemas respiratorios. Nadie que haya vivido semejante duelo puede respirar hondo. Sus dudas y comparaciones aportan la cuota de humor que permite que el espectador respire la angustia con ella. Sus paralelos entre los Cosacos y el Klu Klux Klan fracturan la tragedia para arrojarnos una humorada entre otras y dejarnos inmersos en un drama que en ochenta y cinco minutos deja clarísimo por qué en el año 2008 Spelzini gano el ACE a la mejor actriz y sigue cosechando premios.

Agustín Alezzo adaptó con enorme acierto el texto de Martín Sherman traducido por Cristina Piña y dirige con su proverbial talento a una actriz maravillosa para quien el texto a representar es la vida y como ella misma es recibida por el espectador en cada pérdida y reencuentro de Rose.

La iluminación, el diseño escenográfico y la música permiten el realce de aquello que se desea narrar sin agregar obviedades ya que todo está en el cuerpo de Rose.

La historia se pliega sobre sí misma, todos mueren, todos matan y sorprende en un remate final. Una historia que parecía haberlo contado todo nos interroga cuando ella en un llanto contenido narra que ha visto por televisión morir a una niña palestina y que el asesino es su nieto. Entonces la shiváh que comenzó ochenta y cinco minutos antes no tiene fin, como no lo tiene esa guerra, ni el talento de Spelzini de este lado el mundo.

Publicado en Leedor el 3-03-2010