Esa extraña forma de pasión

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Tres situaciones unidas por el eje de la dictadura militar argentina unen lo subjetivo y lo social en esta obra de Susana Torres Molina Un pasado que no deja de inquietar es un pasado que pervive como vacío inmodificable. O bien, es un pasado traído al presente a través del accionar de la memoria. Esa extraña forma de pasión, instala la acción en la grieta individual y colectiva, que pautó aquel ayer en la sociedad contemporánea.

La obra se compone de tres situaciones que divergen en sus coordenadas espacio-temporales, pero que aparecen sincrónicas, unidas por el eje de lo acaecido durante la última dictadura militar. Es a partir de la primera, la ?situación Loyola? esbozada en el tiempo actual, que el pasado irrumpe iluminando las demás. Ubicadas a finales de los años setenta, las situaciones ?sunset? y ?los tilos?, presentan dos mundos maniqueos. El espectador es invitado a acompañar los miedos, tensiones y pasiones, inherentes a las víctimas y a los victimarios.

La elección de la sala longitudinal es ideal para el planteo escénico. Las tres historias son contiguas: cada una ocupa un espacio, delimitado por muebles que conforman el universo ficcional. A partir de una sintaxis casi cinematográfica, Torres Molina genera un cruce: un montaje y una relación entre las instancias que al principio parecieran no afectarse entre sí. Se presenta entonces una tríada que tiene entidad en su unidad, desarrollada por un diálogo que transita entre la fragmentación y la continuidad. Asimismo, las historias se ensamblan por el motivo de los libros. Ya en el programa de mano aparece sugerido mediante un fondo borroso, que permite entrever una biblioteca corroída por las aguas del olvido, o las llamas del recuerdo. Libros encajonados en la escenografía, libros reclutados, libros escritos, libros leídos, libros aludidos.

Es remarcable la construcción de los personajes; seres que trascienden la frontera de lo individual, para constituir lo que pudo ser la subjetividad de una época. Los actores abren el espacio de la memoria colectiva, fundiéndose con respeto en aquella etapa agobiante.

Torres Molina deja en claro que no existe la univocidad en cuanto a los sucesos de aquel pasado, ni a los recuerdos que pueda presentar. Instaura este planteo -que muchos han preferido relegar a la comodidad del olvido- permitiendo que el espectador hilvane su propia voz en medio de una gran polifonía.

Publicado en Leedor el 2-03-2010