Un maldito policía…

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Un Herzog magistral: extrañizando los recursos del género policial norteamericano en una remake de la película de Abel Ferrara.Un reptil avanza por el agua que inunda una cárcel de New Orleans tras el huracán Katrina. Ésta es la imagen con la que Herzog abre su film más reciente, una suerte de remake del film homónimo de Abel Ferrara de 1992 protagonizado por Harvey Keitel. En realidad se podría decir que el personaje está inspirado en dicho film, porque la trama varía.

El sargento Terence McDonough (Nicolas Cage) salva de ahogarse a un prisionero que quedó atrapado, y al hacerlo lastima severamente su espalda, teniendo que depender de medicación contra los dolores para el resto de su vida. A partir de este acto heroico lo promueven a Teniente. Pero como el título en inglés nos advierte, no será uno muy bueno.

Terence desarrolla una adicción a las drogas y a las apuestas que cada vez compromete más su integridad como policía. No ayuda el hecho de que su novia (Eva Mendes) sea una prostituta que también abusa de las drogas para escapar de su sórdida realidad. Ni que su padre (Tom Bower) y su madrastra (Jennifer Coolidge) sean alcohólicos.

McDonough es puesto al frente de la investigación por el asesinato de cinco integrantes de una familia senegalesa como resultado de la lucha por el control del tráfico de drogas en la zona. El personaje de Cage deberá hacer malabares para poder seguir robando droga del departamento de policía, chantajear a celebridades y ciudadanos por igual, esquivar a los matones que vienen a cobrar sus deudas de juego, y a la vez esclarecer los asesinatos.

Herzog lleva la narración de manera magistral, haciendo uso de los recursos propios del género policial norteamericano, a la vez que introduce elementos totalmente ajenos y que nos hacen conscientes de que el film es una construcción. Nos dice que como espectadores nunca tenemos que olvidarnos que ahí hay una cámara y una persona que construye el relato. Generalmente estos momentos están asociados a las alucinaciones del protagonista. La cámara digital y en mano que enfoca a los caimanes con música de fondo irrumpe en medio de la escena sin justificación aparente. El tono del film, lejos de ser serio, es de un humor ácido, corrosivo. La actuación de Nicolas Cage en sus momentos de enajenación es perfecta en su cometido de ser desubicada.

New Orleans como ciudad devastada por la naturaleza es casi una metáfora de la destrucción del personaje principal. También es interesante reflexionar acerca de qué sentido se construye en torno al agua y los animales acuáticos, dado que el film abre y cierra con imágenes de animales nadando y se concede una importancia especial al pez del niño senegalés que vive en un vaso de agua. Tal vez Herzog nos dice sin palabras, al modo cinematográfico de puras imágenes, que así es su personaje, alguien que está ahogándose y que de todas formas sigue nadando, sobreviviendo.

Publicado en Leedor el 18-02-2010

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