Mucho ruido y pocas nueces

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Primer gran estreno del año: en el teatro oficial de Buenos Aires se presentó la esperada versión campera de la comedia shakespeariana. Finalmente puede apreciarse en la capital argentina la versión vernácula (nunca mejor utilizado el término) del clásico cómico que cuenta las desventuras y malentendidos del amor.

Lo primero que llama la atención es su ambientación, está enmarcada hacia 1876, en medio de una típica estancia de la campaña bonaerense. En este sentido la escenografía es impactante y utiliza muy bien el concepto de espacio pampeano, dilatado, ancho y de frondosas arboledas.

Las actuaciones, como no podía ser de otra manera, están a la altura de las circunstancias, luciéndose Virginia Inocenti en su papel de Beatriz y Verónica Piaggio como Elisa (Hero en el original) y la cuadrilla policial desopilante que le impone el ritmo necesario al paso de comedia.

Uno de los desafíos mayores de la pieza es la cuestión de los juegos de palabra originales, en muchos casos intraducibles al español. La adaptación que nos ocupa partió del mismo director, acompañado por la escrupulosa traducción de Cristina Piña. El resultado, a pesar de la pérdida lógica de los retruécanos y los errores en los diálogos, sobre todo en lo que respecta al comisario y su patrulla, no decepciona ni pierde el ritmo que le es característico.

Esto que podría ser una barrera se refuerza especialmente gracias a un recurso extralingüístico: la comicidad actoral puesta en juego por Claudio Pazos, Daniel Miglioranza, Diego Freigedo y Enrique Iturralde cubre el bache y mantiene la fidelidad al espíritu original: Mucho ruido y pocas nueces, es ante todo una obra de actores, más específicamente, de cómicos.

El director Oscar Barney Fynn reconoce un disparador remoto en la película Vidalita (Luis Saslavsly, 1948) vista en su infancia. Y hay además fuertes acervos literarios, cosa evidente ya que se introduce en un universo cruzado por la literatura gauchesca.

Además hay citas pictóricas que influyen en la dirección en general y en la dirección de arte específicamente. La alusión a los personajes pintados por Leon Palliere es evidente.

En este sentido el comisario es un gaucho cabal, y el uso de este tipo de actor social le da a la obra cierto grado de nostalgia, es un gaucho a la antigua, como los que empiezan a extinguirse, libre andante de la llanura, con chiripá (este es un dato interesante, ya que su uso se irá perdiendo ante el creciente avance de las alambradas en los campos, pues se vuelve incómodo para saltarlos).

Es decir, si algo me dispara esta puesta original de Oscar Barney Finn es el sabor de paraíso perdido, de última arcadia del siglo XIX, es el momento previo al comienzo del genocidio roquista y la usurpación de tierras por la oligarquía para alimentar el proyecto agroexportador.

La zanja de Alsina a la que se alude en la misma obra formó parte de la estrategia defensiva de frenar al indio, de contenerlo, de delimitar una frontera. Dentro de ella, el acontecer tiene un sabor a prado ameno, tópico de la literatura bucólica. Niñas que suspiran, corretean y ríen; soldados jóvenes que se echan bajo la sombra del árbol a conversar sobre ellas; una utilización del sonido que refuerza el tema de las cuitas del amor y alterna con cantos de pájaros y mugidos del ganado.

En síntesis, obra que se recomienda, por lo fresca y lo divertida, lo riguroso y audaz, con excelentes recursos visuales, en nuestro teatro oficial.

Shakespeare es un viaje de ida

Ahora y ya que estamos, queremos recomendar especialmente la lectura de sus tragedias y comedias. Es indudable que el diferencial de sus tramas y la calidad de su lenguaje se percibe en todas sus obras. Puede ser difícil leer teatro, pero, ¿por qué no intentarlo?. Además, la estructura de la sucesión de diálogos de este tipo de textos no es muy distinta de un historial de chat.

Esta que nos ocupa es particularmente interesante, ya que fue escrita después de su primer gran éxito que lo consagra como uno de los teatristas más importantes de Londres a finales de siglo XVI: Romeo y Julieta.

Mucho ruido… tiene mucho de ella, pero su armadura de clave le imprime un tono totalmente distinto. Victor Hugo la calificaba como ?tragedia que se resuelve en una carcajada?.

Para continuar, solazarse con este universo y hacerse fan, hay versiones teatrales infinitas, ya que es una de las piezas más representadas de Shakespeare. Existe además una versión atractiva en cine, de la mano de Kenneth Branagh en 1993.

Para seguir con la pantalla grande, no está de más mirar y volver a mirar esa maravilla de la teatralidad en el cine que es En busca de Ricardo III, protagonizada y dirigida por Al Pacino en 1996.

Un itinerario posible para una buen fin de semana, incluye seguir con la barroquísima versión de La Tempestad de Peter Greenaway, Los libros de Próspero, 1991, hundirse en los ángulos expresionistas de Othello de Orson Welles, 1952 y finalizar bien arriba con La fierecilla domada, 1929, en el cuerpo de May Pickford. Y esto, sólo el comienzo.


Ficha técnica completa

Actúan: Virginia Innocenti, Sergio Surraco, Salo Pasik, Malena Figó, Daniel Miglioranza, Carlos Kaspar, Verónica Piaggio, Rocco De Grazia, Pablo Mariuzzi, Carlos Da Silva, Fabiana Falcón, Fernando Margenet, Gustavo Böhm, Abian Vainstein, Néstor Navarría, Claudio Pazos, Enrique Iturralde, Diego Freigedo, Gabriel Maresca, Soledad Galarce, Santiago Bürgi, Emanuel Biaggini, Chela Cardalda, César Cima, Cristina Durán, Vilma Ferrán y Fernando Gonet.
Coreografía: Cecilia Elías
Música: Sergio Vainikoff
Iluminación: Eli Sirlin
Vestuario: Mini Zuccheri
Escenografía: Jorge Ferrari.
Traducción: Cristina Piña
Adaptación y Dirección: Oscar Barney Finn
Sala Martin Coronado, Complejo Teatral General San Martín, Av Corrientes 1530, Buenos Aires.
Miércoles a domingos, 20.30.