La bicisenda de Macri

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Cuando gobernar es considerar al espacio urbano como un lugar para hacer negocios.
Los residentes de la calle Rincón entre San Juan y la autopista que salieron de su casa antes de las 8 de la mañana, repitiendo el ritual de un día cualquiera, no se imaginaron el paisaje de ruinas que verían a su regreso. Esa mañana del martes 11 de agosto una cuadrilla instaló un baño químico sobre Rincón, y tras esperar que los autos estacionados sobre la mano izquierda se fueran, comenzó a taladrar el asfalto. Con el furibundo percutor de fondo, en el barrio se tañía la pregunta sobre el motivo, reparación o nueva obra que justificara el destrozo. Un grupo de empleados con casco y ataviados con casacas doble faz de ?Haciendo Buenos Aires? respondieron que estaban arreglando los cordones de la acera.

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A medida que se quitaba la piel de cemento, brotaba la presencia de otro tiempo, el subsuelo de la ciudad en esos cubos rectilíneos, desparejos y grises que surgían como ramilletes vigorosos por encima de la superficie: los adoquines.

El desgarro de la calle seguía cuando las voces se sumaban diciendo que hacía sólo cuatro meses ya se había pavimentado. Para entonces, en la calle Rincón se montaba una escenografía desoladora con máquinas trituradoras, hombres presurosos, excavadoras y camiones apostadas en ambas esquinas. Avanzaba el día y era cada vez más confusa la razón por la cual se rompía la acera. En tanto, en el rostro picarón de algún trabajador se filtraba algo no dicho. Más tarde, pocos presenciaron cuando uno de los camiones con pala levantó los adoquines y se los llevaron.

La sospecha de que romper una calle en buen estado tenía el propósito de llevarse adoquines, fue creciendo. Un encargado de la obra explicó que se estaba mejorando la calle, sobre todo en las junturas cercanas al cordón donde el asfalto deja ver la carnadura adoquinada del pavimento. La sensación de improvisación, de engaño o de las dos cosas, flotaba con fuerza en el ambiente. Mientras, aquellos que se habían ido temprano, descubrían a su regreso la calle descuartizada, las fisuras del asfalto y la ausencia.

La remoción de adoquines, la falta de aviso de la obra más el corralito de los autos encerrados en las cocheras por las montañas de escombros en la acera, llenaron de furia a los de Rincón al 1200, quienes se unieron en un clamor común: ¿por qué no se ocupan de las veredas rotas, de la iluminación o de resolver los problemas de la gente que vive debajo de la autopista en lugar de taladrar una calle sana?

Los comentarios y las apreciaciones al paso se fueron transformando espontáneamente en una asamblea. Allí, en esa reunión improvisada se decidió ?parar la obra?, es decir no permitir que se rompiera más la calle para llevarse los adoquines y acompañar la decisión con una denuncia en los medios. A la 7 de la noche llegó Crónica TV. Una joven, de las más activas y decididas, y una pareja de mediana edad hablaron ante las cámaras con fluidez y precisión. Entre las cosas que adujeron fue el tufillo a negocio personal que tiene el despojo de los adoquines, que son patrimonio histórico, que no hubo consulta ni aviso sobre la obra y de por qué no se ocupaban de cosas más urgentes. Rápidamente hubo coincidencia en resistir el saqueo del empedrado como forma de desnudar la punta del iceberg de un negocio o de algo mal habido. A la mañana siguiente llamó la atención la facilidad con la que un puñado de vecinos, contrastante con el batallón de obreros y máquinas preparados para comenzar la faena, paró la obra. Un hombre que bajó de un auto particular, se presentó como el ingeniero a cargo y explicó con suficiencia y bastante empeño que se trataba de una obra muy importante del gobierno de Macri: ¡una bicisenda con un trayecto que uniría Plaza Italia con La Boca! Los que escucharon pensaron que esa explicación era una más, la más inverosímil de todas?.

El último adoquín?

Es curioso que esos bloques de granito escondidos bajo el cemento causaran tal sensación de pérdida cuando se los llevaban los camiones. Es que en el momento en que asomaban los racimos de adoquines por encima de la calle, se los sentía como portadores de un pedazo de tiempo, pequeños informantes del reloj mudo de la historia.

Se dice que los adoquines entraron como lastre en los barcos cuando Argentina se convirtió en exportador de granos y carnes saladas. Los primeros adoquines de piedra de la ciudad tal vez fueron picados por presos de las Islas Británicas pero estos de la calle Rincón, son de granito de Tandil y Olavarría y desde hace más de un siglo forman parte indiscutible de la fisonomía porteña.

Como toda ciudad, Buenos Aires guarda su memoria urbanística en detalles, rastros vivos que el actual gobierno de la ciudad – aunque no sólo éste – destroza con diferentes excusas demoliendo indolentemente sitios históricos, veredas estrechas, imbornales o tapas de registro de hierro fundido. Pinceladas que condensan en su pequeña existencia, un retrato de antiguos tiempos.

Los adoquines se vienen sacando hace años y algunos afirman que se depositan en un galpón de la avenida Castañares para reemplazar a los que se van rompiendo pero muchos saben que la venta particular de adoquines es una práctica habitual para empedrar las entradas de los countries del GBA.

Ey!, Macri: ¿Qué es para vos gobernar?

Finalmente, era cierto, el gobierno de Macri estaba haciendo un corredor para bicicletas. Los que vimos avanzar esta obra urbanística y vial, por pequeña que parezca, reafirmamos que en cada decisión que se lleva adelante, se interroga profundamente sobre el estilo de gobernar que tiene el PRO.

Gobernar para el PRO es considerar al espacio urbano como un lugar para hacer negocios. Un filón que ofrece poder administrar el espacio público y que se traduce en dar concesiones para hacer y deshacer cosas que sean lo suficientemente visibles como para inscribirlas en la línea de la frase ?Haciendo Buenos Aires?. Una construcción verbal cuya voz pasiva acentúa en el ?haciendo? una ambigüedad, una no precisión que se hamaca sobre un indeterminado continuum con vocación de ansiada fundación. Y es que la idea de ?Haciendo Buenos Aires? presume que ?hacen? algo que no estaba hecho ? que puede ser una bicisenda ?, algo que nadie pensó, en lugar de reparar o respetar lo que ya está dado o por lo menos, su fisonomía.

Gobernar es decir lo que se cree que todos quieren escuchar. Por ejemplo, ?la recuperación del espacio público?, bandera que enarboló el PRO en su campaña electoral dicho con el mismo aire de jactancia empresarial que decían tener ?planes y equipos trabajando en varias áreas? y que rápidamente desnudó su atroz nivel de improvisación en todas las áreas.

Gobernar es inundar con carteles que indiquen ?obras? cuyo resultado sea un espacio continuamente inválido e intervenido como la firma de autor de una cicatriz que nunca supura, duele, molesta y no se olvida. Luego, los resultados de las obras son evaluados, no por su función sino por la misma operación discursiva que los anuncia. Si se busca aceptación, se hace a través de encuestas de opinión igual si fuera un jabón en polvo, mecanismo inserto en la mentalidad empresaria y en lo que ellos mismo atribuyen como ?nueva política?, fruto de una producción de valores y mercancías alojados en símbolos, en los gestos y palabras de los slogans pergeñados por el mundo publicista y marketinero. Esa política actual intenta, a través de lo más efímero de los discursos, crear lo que de otra forma no puede, construir lo que en algún punto sabe que se le escapa. Por ello la producción ?material?, las obras que se emprenden, deben ser grandilocuentes, algo inútiles y persistentes; lo suficientemente visibles como para que parezcan importantes y esa sensación se derrame por toda la gestión. Ante la constante demanda y reproducción colectiva de signos, resulta la idea de obra perpetua: destruir, construir y anunciar, todo en una bola envolvente que reproduce su propia burbuja. Los resultados se evalúan por su efecto inmediato y no por las bondades de la obra y menos aun por la función que dice cumplir. Este espacio de pura enunciación, sazonado con el chantaje de la seguridad, se propaga por su propia no representatividad y reacciona en cadena, no por demostración o toma de conciencia sino por la violencia fundamental que no sólo destroza las calles sino que reniega de la legitimación social de la consulta popular y desprecia la continuidad de ninguna historia.

Gobernar es crear el slogan, para tirar la basura en la calle a determinada hora: ?Ey, animate a decirlo!?, como una voz vacía, enunciada por personajes buscadamente artificiosos y antipáticos, buchoncitos que repelen la instancia de identificación y se cargan al hombro la imposición de una orden sin el mínimo atisbo de amor o pertenencia. La onomatopeya ?Ey!? en función de un vocativo insultante y anodino actúa en reemplazo de nuestro ?Che!?, nueva evidencia de la intención de construir un discurso emplazado en un punto ciego de identidad. De la misma forma acciona ?vecino?, el vocativo más utilizado por el PRO, como interpelación ahistórica, apolítica y contingente que refiere en términos generales al habitante de la ciudad pero fundamentalmente apela al propietario, al dueño de un capital.

Gobernar es poner en juego una serie de reglas donde el espacio público de la ciudad se convierte en el espacio mismo del poder. Posados en ideología que desprecia la historia, se monta a la batalla de los relatos en la que está sumida la política argentina, esgrimiendo un débil sablazo: ?Hicimos más en dos años que en los últimos diez?. Débil autoproclama que se asienta sobre una superficial descripción del qué y nunca del cómo en franca confrontación con un ayer inespecífico.

Finalmente, gobernar es tener la pretensión de conformar un nuevo orden, aquella pretendida refundación al cambiar de mano avenidas y paradas de colectivos, restringir antiguos lugares de estacionamientos en la vía pública o construir una bicisenda. Marcas en el espacio público con maquillaje de mala calidad.

Bicisenda, estética y usuarios

La obra de la calle Rincón se logró parar por unos días. Cuando se reanudó, se terminaron llevando los adoquines de un tercio de la acera con el fin de realizar un carril de doble mano exclusivo para bicicletas, separando la calle por una línea de cemento. Se adujo que la razón para sacar los adoquines y rellenar de pavimento era evitar las vibraciones en las bicicletas. ¿Era realmente necesario sacar los adoquines para hacer una bicisenda? Necesario o no, perdido el tema de los adoquines comienza un nuevo problema bastante más visible: lo que llaman ?ciclovía? se trata de un adefesio de hormigón, una especie de cordón en medio de una calle que afea gravemente el estilo de esta parte de la ciudad.

El pequeño ejemplo de un cordón mal trecho demuestra que aquella obra que se emprende, aunque pueda ser bienvenida como la construcción de un carril para bicicletas, porta el inconfundible concepto autoritario del diseño urbanístico de un gobierno insensible.

La bicisenda, que el gobierno de Macri realiza desde agosto del 2009 y que se piensa inaugurar a fines de enero 2010, es una construcción urbanística desde el punto de vista estético, fea, ordinaria y restrictiva. Y desde el criterio funcional, es inútil, forzada y no puede lograr sus objetivos de uso, es decir, el de andar en bicicleta de forma segura y fluida atravesando la ciudad.

No es exagerado decir que la belleza, como parte natural y esencial del hábitat ciudadano, es algo que ha perdido su valor como signo de pertenencia, tal vez, por los constantes atropellos y desvalorización del espacio urbano que hemos sufrido por parte de las autoridades y de nosotros mismos. Es notable la poca importancia, casi la indiferencia que sentimos los porteños hacia la mínima belleza que debería exigirse los lugares públicos que se construyen últimamente en Buenos Aires (a diferencia de lo que hace una ciudad como Rosario, por ejemplo). Prueba de ello, son las nuevas obras que vemos realizar como las moles rectilíneas y aberrantes de Puerto Madero, las torres cuadradas con solárium y SUM que parecen cárceles, plazas cerradas con rejas que parecen jaulas, el avasallamiento constante de espacio público, el abuso del cemento, el desprecio por lugares históricos y fachadas de antaño? Es cierto que no es todo culpa de este gobierno. Pero el diseño de la bicisenda carece de cualquier sentido de belleza y pertenece a la obra de un jefe de gobierno que tiene como modelo a Cacciatore, de quién opina que es el mejor intendente que tuvo la Ciudad.

La bicisenda está trazada para que sea de doble mano, comiendo más de dos metros de la calle y creando inconvenientes para el paso del automotor al restringirla a sólo dos carriles, una de las cuales suele estar ocupada por vehículos estacionados. ¿No podía haberse hecho un corredor más modesto que ocupara menos espacio?

La idea restrictiva de quién diseñó esta obra, construye un murito que impide completamente el paso del carril de autos al de bicicletas y viceversa, aun en caso de emergencia. Se trata de una valla que levanta un cordón de cemento, rectilíneo, macizo y para colmo, desnivelado y mal construido. ¿No podría haberse hecho una cuneta más amigable con sus accesibles curvas? Además, no existe concientización, campaña u otra idea integral que fomente el uso de bicicleta, sólo decenas de carteles proscriptivos flanqueando las veredas.

Es notable también la desprolijidad y el diferente criterio de construcción aplicado en esos cordones: distintas distancias entre vereda y ciclovía, mal pintadas las señalizaciones y sin unificación en la utilización de materiales. Un cocoliche deslucido, con esos parantes de plástico chino ? marca registrada de las obras macristas ? puestas en cada bocacalle para entorpecer toda circulación, incluso la de los mismos ciclistas y colocadas sin sentido aparente, ya que se encuentran entre cordón y cordón, a veces en las bocacalles o en cualquier intersticio que surja.

Como un capricho, la bicisenda afirma su pretensión de ser imponiéndose por grandilocuencia, pintarrajeando la calle como una pista de aterrizaje y colocando decenas de semáforos y señalizaciones pero que no alertan sobre los verdaderos riesgos.

Imaginemos que vamos en bicicleta por alguna calle que corte Rincón (ninguna tiene ciclovía pero a no ser que la idea sea ir, ida y vuelta siempre el línea recta, podríamos ir por alguna), y tomamos por Rincón con la intención de tomar la bicisenda. Si al doblar no encajamos en el carril ? lo cual es bastante probable -, nos encontramos en una situación riesgosa ya que quedamos en una calle mucho más estrecha y a merced de los autos que tampoco cuentan con mucho espacio para pasar. Esta situación no es imaginación, es lo que vemos que pasa continuamente con las bicicletas que andan por el barrio ? no van por su carril ? y encima los autos, cuando doblan ? por ejemplo, viniendo por Av. San Juan ? se chocan con la punta de cemento de la bicisenda. Es que para entrar desde San Juan a ese tramo de Rincón hay que hacer una curva, y ya con la calzada como estaba era bastante habitual que algún coche se despistara y diera contra los estacionados

Ahora imaginemos que sí conectamos con la ciclovía. Pero lo que parece ser una exclusiva galería para que la bicicleta circule con seguridad, puede resultar una encerrona peligrosa para el supuesto beneficiario, con posibilidad de ser mal sorprendido al encontrarse atrapado entre dos cordones.

A Oscar Niemeyer, el arquitecto de los edificios más emblemáticos de Brasil, se le formula una pregunta aparentemente sencilla, ¿En qué piensa usted cuando, por ejemplo, hace los planos de una iglesia? – Pienso en aquellos que van a rezar allí, en aquellos que creen en Dios. La aparente obviedad de la respuesta conlleva al notable ejercicio que pide pensar desde el punto de vista del otro. En este caso, propone una reflexión, un plan de diseño no solamente concebido desde lo estético, sino desde la perspectiva de quién va a ser uso y función de la obra. Creer que porque partimos la calle en dos carriles y llenamos de señalizaciones indicando que uno de ellos es una ciclovía, no implica que vaya ser utilizada como tal. El arquitecto argentino Rodolfo Livigsnton en su libro ?Arquitectura y Autoritarismo? señala que en Japón, los caminos entre las universidades y otros edificios se construyen recién un mes después de la inauguración, para poder hacerlo sobre los senderos delineados por la gente y en esos casos, sobre el pasto. Es decir, los trazados urbanos se diseñan a partir de su uso y no al revés. Imponer un camino obligado, pergeñado desde un maqueta y para colmo, construyéndolo en dos calles paralelas (Rincón y Virrey Ceballos) a sólo 5 cuadras de distancia, sin medir su factibilidad es, a todas luces, un despropósito que no propende a la utilización de la bicicleta en la bicisenda sino de un delirio de un gobierno embelesado por mostrar grandes ideas pero despreocupado por las consecuencias y los resultados.

Publicado en Leedor el 28-01-2010

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