Rey Lear (III)

0
9

Hay buen teatro en Buenos Aires en este caluroso verano 2010. Retoma sus funciones Rey LearDespués de la decisión de Alfredo Alcón de retirarse del proyecto ?Rey Lear? en el 2006, siendo reemplazado en esa oportunidad por Alejandro Urdapilleta en el rol protagónico y cuyas funciones se realizaron en el Teatro San Martín con la dirección de Jorge Lavelli, ésta era la oportunidad de ver al prestigioso y querido actor en esta obra fundamental del bardo inglés. Alcón es un actor con cualidades muy personales que lo distinguen de otros buenos actores, de los tantos que afortunadamente tenemos en Argentina. Verlo junto a Roberto Carnaghi y a Horacio Peña era una oportunidad que no se podía dejar pasar. Con esa expectativa fuimos al Teatro Apolo a ver Rey Lear.

No nos vamos a referir al argumento de la obra de Shakespeare por muchos conocido y además fácilmente disponible en cualquier buscador de la web. Bastará con decir que se trata de una tragedia con las características a las que este dramaturgo inglés nos tiene acostumbrados, donde la naturaleza humana se expone impiadosamente ante nuestros ojos y en la que no faltan intrigas, enfrentamientos, traiciones, ambición, locura, muerte… Nos centraremos en algunas reflexiones surgidas a partir de presenciar la puesta en escena de Rey Lear, en esta oportunidad, versionada por Lautaro Vilo y Rubén Szuchmacher y dirigida por este último.

Desde la observación del material gráfico nos pareció que estábamos inmersos, por lo menos, en algún tipo de equívoco. Joaquín Furriel y Juan Gil Navarro son dos entusiastas actores pero nos sorprendió verlos en el reparto a continuación de Alfredo Alcón pero por encima de actores prestigiosos como Roberto Carnaghi, Roberto Castro y Horacio Peña. Si bien esto no influye en el desarrollo del espectáculo, nos preguntamos que elementos se habrán tomado en cuenta al decidir el orden de los nombres.

La confusión continuó en el programa donde se indica que Furriel realizará el papel de Edmond y Gil Navarro el de Edgard, y en la representación se muestran exactamente al revés. Nos preguntamos si todo esto no sería un adelanto de las intrigas palaciegas que veríamos seguidamente en el escenario.

Desde lo visual, el diseño escenográfico de Jorge Ferrari y el de iluminación de Gonzalo Córdoba resultan especialmente atrayentes. Grandes y oscuros paneles rectangulares atravesados por líneas luminosas que pueden trasladarse horizontalmente según la escena lo requiera, rejas que suben y bajan del techo, un círculo oscuro y logrados efectos de luz contribuyen a delimitar el espacio y el tiempo provocando un cierto extrañamiento, producto de la mixtura de la tecnología actual con escenas que narran hechos sucedidos en palacios y territorios de Britania hace muchos siglos atrás.

Desde lo auditivo, el diseño sonoro también contribuye a esta mezcla de elementos, común en nuestros postmodernos días, con sirenas y efectos de sonido semejantes a misiles o aviones al momento de anunciarse en el escenario la inminencia de la guerra. El extrañamiento se acentúa cuando se escucha a Lear utilizando vocablos que son comunes en cualquier esquina porteña.

Varios bancos de madera simétricamente dispuestos completan la escenografía. La prolija disposición de los actores en el escenario también evidencia una decisión estética de correspondencia entre todos los elementos. El espectador percibe una grata y ordenada disposición en relación a un centro o eje en el espacio escénico. Nos pareció que podría ser una interesante decisión del director el contraste entre esta armonía geométrica de la puesta en escena y el caos que sobrevendría seguramente a partir del accionar de los distintos personajes. Tratándose de una obra de Shakespeare podría esperarse que con el advenimiento de la acción todo este agradable y apacible ordenamiento de las formas volara por el aire, pero nada de eso ocurre.

A la hora de representar clásicos hay una tendencia a decir los textos con solemnidad y a accionar en un ritmo pausado y ceremonioso, que en nuestros días causa una sensación de anacronismo que acentúa la linealidad de la puesta y contribuye a la idea de que nada está pasando o que pasa siempre lo mismo. El público entiende la escena por las palabras que escucha pero éstas no se corresponden con la acción que ve. En ese sentido se fuerza al espectador a aceptar que cuando los actores mueven las espadas en cámara lenta y el sonido reproduce el rechinar de aceros, los personajes están cargados de furia y odio y se están trenzando en feroz lucha a muerte. En la puesta que nos ocupa, la monotonía solo se altera cuando aparece Edgard (Joaquín Furriel) en calzoncillos o cuando entra a escena el loco o el bufón (Roberto Castro) quien aporta una energía y vitalidad que lamentablemente luego se irá diluyendo.

Toda obra literaria, desde la más modesta a la más prestigiosa, sólo se transforma en teatro a partir del actor. Éste es el que dispone su cuerpo y les da vida a los personajes que hasta ese momento solo habitaban en la imaginación del lector. En esta puesta de Rey Lear se evidencia un importante trabajo individual de cada uno de los actores, destacándose especialmente la labor de Alfredo Alcón, de Roberto Carnaghi y de Horacio Peña, que no solo tienen el talento y la técnica sino que además poseen una vasta experiencia teatral en roles similares. Pero nuestra sensación es que algo se quedó a mitad de camino. Tal vez llevábamos demasiadas expectativas. La presencia de grandes actores y de un director de la calidad de Szuchmacher que ha realizado tantas puestas memorables nos habilitaba posibilidades razonables de disfrute.

Siempre es un placer ver a Alcón. Creemos que como actor tiene características propias que lo distinguen de otros buenos actores y que hacen que el espectador disfrute al verlo en el escenario más allá del personaje que interprete. Pero a él, al igual que a los otros actores, hay que estimularlo en su trabajo creativo, acompañarlo, contenerlo, guiarlo, porque el actor se entrega con lo que tiene y solo se tiene a si mismo, a su cuerpo, más allá de la trayectoria y del hábil manejo de la técnica que utilice. En él residen las emociones y eso que hace que un actor sea distinto a otro en el mismo personaje. Y en este sentido creemos que la mirada externa del director es fundamental. Él es el que guía el trabajo del actor y lo conduce a realizar no lo que le resulta más cómodo a la aplicación automática de una técnica, sino aquello que estimule su acción y su creatividad permitiendo que a través de su cuerpo cobre vida el personaje literario y que sus acciones sean conmovedoras. En este sentido vimos a Alcón muy repetido y desprotegido, falto de esa energía dramática poderosa que mostró en otras realizaciones anteriores. Seguramente los seguidores de Shakespeare esperaban un Lear distinto. Algunos de los que seguimos a Alfredo también.

Entendemos que no es fácil dirigir actores de tanta trayectoria y realizar una puesta de una obra dramática tan importante y compleja. Son muchas las decisiones que el director debe tomar y las elecciones que realiza no siempre son las apropiadas o no siempre la percepción del espectador las aprecia. Es más fácil (aunque también nos enfrenta a disyuntivas) escribir esta nota. La nuestra es solo una mirada más entre miles de espectadores.

El público de la función del viernes 20 aplaudió de pie. Al finalizar, cada uno se llevó algo que antes no tenía. En nuestro caso, ver la fragilidad y desnudez, no la de Furriel en calzoncillos sino la de Lear/Alcón, nos provocó una cierta angustia y las expectativas fallidas, una gran decepción.

Publicado en Leedor el 27-11-2009