Lhasa de Sela

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El 31 de diciembre pasado, la muerte de Lhasa de Sela nos deja sin una voz cavernosa y fascinante. Desde Madrid, escribe Luis Domercq Muñoz La exquisitez de lo esquivo

A veces pasa. Uno se prenda de un artista, lo vive intensamente, lo enmaraña de vivencias y acaba por convertirlo en la banda sonora de una parte de su vida. El tiempo pasa y el artista ya se fue, como antaño, con sus luces y acordes a cuestas. Uno piensa, muy de vez en cuando, el día en que vuelva a aparecer, a iluminar de nuevo nuestra vida, como dando por hecho que se tratase de una estación que de forma cíclica vuelve y vuelve cada vez.

Sí, uno pone allí a los artistas, a la orilla del silencio, a merced de la sorpresa. Pero claro, la vida es una red de sucesos, no tan distinta a grandes rasgos para todos y puede suceder que el artista ya no vuelva nunca más. ¿Y por qué?, nos preguntaremos. Pues por la simple razón que mejor no pudo decir Rubén Blades: Yo soy el cantante, muy popular donde quiera, pero cuando el show se acaba, soy otro humano cualquiera. Y como tal, vive, sufre, ríe, se enferma y también se muere.

Pero esto uno ni lo piensa, nunca escucha al panameño cuando Lavoe lo entona. Cree que la música es algo sobrenatural, que hay que dejarse crepitar por ella desde dentro y que nos salgan llamas por todo el cuerpo. Y así fue que me pasó, cuando esta tarde, navegando por la red, me topé con la fatídica noticia que anunciaba el reciente fallecimiento de Lhasa de Sela. ¡Casi me atraganto!

El proceso de asimilación, esto es, de racionalización de una muerte así, es, al menos para mí, digna de todo un duelo. Del estupor paso a un sosiego turbio y no lo dudo ni un instante en descorchar esa botella de blanco que guardaba en la nevera para alguna ocasión especial que nunca parecía llegar. Al primer vaso, no puedo por menos que asaltar Youtube, en busca de a lo sumo diez canciones, como diez látigos, que me hagan revivir con toda su fuerza al artista. Entonces lloro, sí, lloro por Lhasa de Sela y por la ignorancia de un mundo que aún no sabe lo que está perdiendo. Me asaltan cavilaciones sobre la brutal belleza de algunas cosas, desmesurada al compararla con la fútil impronta que dejan en este mundo de logos y tendencias. Rabio, lanzo vino al suelo a la salud de los muertos y hasta maldigo al Rey del Pop, sólo por ser rey y robar contemplación al resto. Quien pudo verla, escucharla y sentirla a no mas de veinte metros, sabe que la muerte se equivoca por esta vez.

Como sucede siempre, el duelo va mermando, todo se seca al paso del tiempo y la clarividencia hace brotar ciertas ideas. Es por esto que consideré certero enunciar brevemente la vida y obra de esta artista, a la que tristemente el cáncer ha podido a la edad de 37 años, cuando aún tenía todo un camino artístico por recorrer.

LHASA DE SELA:

Itinerante como su linaje, no pudo ser de otra forma, creció una flor extraña que más temprano que tarde se marchitó dejando enrarecido el aire. Neoyorquina de cuna, trilingüe y sensible, arranca a hablar cantando, trenzando ya desde el inicio varios estilos diferentes: klezmer, ranchera oscura, chanson, pop…

Desde Montreal concretará una primera entrega discográfica de la mano del productor canadiense Yves Desrosiers, a la que nombra La Llorona (1997), como la célebre cuita que inmortalizara Chavela Vargas, con la cual hace tambalear a gran parte de la crítica internacional. La duda es lanzada al aire, ¿cómo etiquetarla?

Con 700.000 copias vendidas y diversos premios recibidos tanto en Francia como en Canadá, pareciera que la carrera de esta artista fuera a consolidarse de un sólo golpe. Aunque lejos de suponer pura miga para la industria, su carrera adquiere un brillo intermitente, no fácil de digerir para estómagos presurosos.

Lo demuestra seis años más tarde con su segunda entrega, The living road (2003), donde hace gala de un inspirado eclecticismo tras el que se esconde un impulso puro y ajeno al despiece. Las tres lenguas en que canta (inglés, francés & español), se antagonizan al igual que los estilos, y de nuevo los juicios frágiles caerán en quiebra al intentar encasillarla. Exótica, sí, pero qué tamaña trascendencia abarca tal categoría que rebosa los límites del entendimiento.

Sin embargo este sesgo apátrida que la envuelve, la catapulta al mismo tiempo a formar parte del gusto del mundo, que la celebra por igual, de México a Alemania o de Canadá a Turquía. Numerosas son las películas, series o documentales que incluyen sus canciones a modo de colchón y numerosos también los artistas que piden que colabore con ellos. Quede como intento inesperado para los anales de la industria, su proclamación como ?Mejor artista de las Américas? en 2005 para los Worl Music Awards de la BBC.

Y de nuevo el silencio… Tiene que llegar el 2009 para que el trino vuelva a oírse. De nuevo un disco, el póstumo, titulado de forma homónima por si cabía un atisbo de despiste. Lhasa (2009), atesora como un reloj en sus entrañas, la mecánica del gusto exquisito y la autodeterminación. Son doce cortes de fresco diálogo entre la artista y sus músicos, una atmósfera que acoge en su seno la eternidad de los minutos. Enteramente en inglés, Lhasa oscila definitivamente a texturas que lindan con el folk y el blues norteamericano, aunque siempre manteniendo ese sello travestido que la hace única.

A lo largo de esta breve pero intensa discografía, uno puede hacerse a la idea del valor que atesora esta artista, ya sea a través de sus textos, donde las palabras bordan un encaje caprichoso de versos encorazonados, o de las producciones, que a base de sumar matices y capas, surgen como gasas que arropan el timbre cavernoso de su voz.

Nada tienen sus oscuros que envidiar a Tindersticks o Tom Waits, o visto desde otro prisma, diríase que el alma de Violeta Parra despegó a la luna para volver de nuevo al canto con sed mundo, eso sí, con paso silente, que igual que vino ya se ha desvanecido.

Donde quiera que estés, Lhasa, gracias por lo que dejaste.

Publicado en Leedor el 5-01–2010