Todos mienten

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Ni el modelo de Historia-espectáculo ni el de Historia escolar. La nueva mirada de Piñeiro propone en el cine argentino una ficción sobre ciertas obsesiones nacionales.Hay tres espacios físicos en donde podemos tener contacto con la Historia como disciplina: la Escuela, la televisión, o el Cine.

Revisada por los últimos planes de estudio en la Argentina, la historia escolar sigue proponiendo un estudio compartimentado, reduccionista, donde no hay “procesos” sino “acontecimientos”. Esa Historia aprehendida, mal aprendida generalmente, es prejuiciosa, superficial y tiende a crear esos buenos ciudadanos que finalmente son los que se insertan en esta sociedad, prejuiciosa y superficial. Repitiendo esquemas.

Ni hablar de la historia televisiva “espectacular”, llena de efectos especiales que convoca masas pero que no forma en el espíritu crítico precisamente.

Como en su película anterior, El hombre robado, Matías Piñeiro vuelve a abrevar en los textos de Sarmiento para hacer girar esta historia de adolescentes sobre lo que parece que es aquello que quedó de la Historia argentina.

Interesante, porque cuando el modelo de Historia pendula entre la del ?espectáculo televisivo? de Felipe Pigna y/o la indigerible Historia escolar, el cine argentino propone una mirada ficcional sobre ciertas obsesiones nacionales: rosismo o antirosismo, los padres de la patria, los exilios o la continuidad de ciertas tradiciones. Y le pone un poco de color.

En el marco de una reunión de jóvenes en una casa quinta, los supuestos tataranietos de Rosas y Sarmiento, Helena Pickford y Joaquín Martín de Rosas tienen que cumplir un mandato familiar. Lo precede una especie de juego de roles en donde predomina el diálogo y una cámara que gira en torno a un circulo de 7 amigos donde el juego es encontrar alguna relación lógica dentro de la lectura de un texto de Sarmiento (que la cámara se ocupa en ocultar). Puro juego, pero como todo juego, cuidadosante planificado.

Con diálogos que vuelven el naturalismo desgarbado de los últimos tiempos en contrapuntos literarios quizás demasiado cerrados e intelectuales, el giro es válido porque deja atrás los anodinos y pobres lenguajes de otros cines.

Construida en capítulos, precedidos por placas de fondo rosa con títulos referenciales o irónicos (Los tres besos, La historia de los 8, Helena y los hombres, F. de Verdadero) que marcan el tono narrativo de una película donde todos mienten, o al menos eso parece. Intrigas encontradas, planes de control de los otros, sometimientos y seducciones.

En una casa donde no hay teléfono, pero termina sonando; en una habitación donde hay un casette debajo de un colchón pero el que importa es otro, en un grupo donde las atracciones varían o pasan de uno en uno, abundan los planos secuencia: en su mayoría en imagen las chicas, en off los chicos. Ellas son la que traman, dejan marcas, como dice la canción final, una de los últimos sarcasmos: La dama macabra, callada, planea sus marcas y deja huellas, engaña.

Aunque suene mucho a expresión de deseo, digo Todos mienten viene a renovar el cine argentino con las mismas cosas que venía manejando desde hace un tiempo: jóvenes desencontrados, que juegan con personajes históricos y literarios, desde un lugar más cercano al humor y al juego que a la solemnidad, nunca bienvenida. Pero además el postulado sería que quizás hasta la historia miente, y eso no esta nada mal.

Publicado en Leedor el 29-12-2009