Caravaggio y Bacon

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En Roma, la Galería Borghese propone un desafío curatorial más que interesante: un diálogo entre Caravaggio y Bacon.
Siguiendo las líneas que vislumbran Nuevas Curadurías en el arte y la cultura, planteando un dialogo entre el pasado y el presente en la ciudad de París, podemos pensar que estas propuestas curatoriales son una costumbre que se afianza cada vez más en el mundo francés. Sin embargo, en diferentes puntos de Europa, esta tendencia se repite cada vez con mayor frecuencia. Italia, guardiana de un pasado colosal es uno de los casos más significativos. En primer lugar porque Italia parece muchas veces cargar con un pasado insuperable que complica la vida de los artistas contemporáneos que necesitan expresarse. Así lo han manifestado por ejemplo, la vanguardia futurista y la transvanguardia italiana de los 80.

Actualmente la grandeza del arte del pasado acepta dialogar con el siglo XX creando un nuevo campo de reflexión en medio de nuestro siglo XXI. Uno de los casos más notables se da en Roma presentando en el Museo Borghese un diálogo entre Caravaggio y Bacon. Si lo pensamos bien, no hay motivos para sorprenderse. Roma es de alguna manera una convivencia constante de distintos tiempos históricos. La República romana, la Roma Imperial, la Roma Cristiana, la Roma Medieval, la Roma renacentista, la Roma Barroca y podríamos seguir así hasta la Roma Contemporánea. Todas viviendo juntas bajo ese cielo tan particular.

Sin embargo la Villa Borghese de Roma se caracterizó siempre por estar alejada del mundanal caos romano y se erigió como un oasis rodeado de una frondosa naturaleza.

Tanto la Villa como el Parque fueron encargados por el excéntrico cardenal Scipione Borghese quien contrató a Bernini siendo aún muy joven, para que realizara algunas de las esculturas más maravillosas de todos los tiempos: ?El rapto de Proserpina? y la incomparable ?Apolo y Dafne? del genio barroco.

Además de la impresionante colección de esculturas, la pinacoteca de la Galería Borghese es admirada en todo el mundo y hoy, nos plantea un desafío curatorial muy interesante, el diálogo mencionado anteriormente entre Caravaggio y Bacon.

Anna Coliva Directora de la galería y Curadora de la muestra junto a Michael Peppiatt nos proponen por primera vez el diálogo entre estos dos temperamentales artistas que no tienen aparentemente puntos en común. Por este motivo, anuncian ante cualquier crítica, que esta muestra no pretende ser reflejo de la historia del arte, sino más bien, una invitación a vivir una verdadera experiencia estética. Y realmente lo consiguen, porque paseando por las obras que se exponen en la sala principal y rodeando a las grandes y más maravillosas esculturas, surgen verdaderos interrogantes que nos invitan a la reflexión. Porque tal como Lionello Ventura, experto en Caravaggio, dice en un ensayo de 1925: ?La única manera de entender el arte antiguo es que el mismo participe en nuestra vida artística.?

Así entonces, empezamos a reconocer algunos puntos en común. A Bacon no le era indiferente el arte del pasado y menos el del Barroco; la muestra de ello es su obsesión por el retrato de Inocencio X de Velázquez al que reinterpretó y resignificó en más de una oportunidad captando la siniestra mirada del retratado.

Asimismo, podemos decir que ambos retrataron con absoluta sinceridad la naturaleza atormentada del dolor humano. Caravaggio con su esfuerzo por comprender la verdadera naturaleza del hombre y representarla con absoluto realismo. Así como Bacon logra captar con total crudeza los más recónditos y oscuros callejones del alma. Ambos utilizan el negro para aumentar el dramatismo y concentran el drama en la composición, de la misma forma. Caravaggio con sus bloques de oscuridad que contrastan con las pieles amarillentas y pálidas cuidadosamente iluminadas. Bacon con las intensas líneas negras que delimitan los contornos de la locura, en cuerpos vacíos sobre mesas de disección. Ellos representan la tragedia de la existencia humana como símbolo de tragedia universal, la misma que perseguía a Caravaggio en el siglo XVI y que atormentaba a Bacon en el XX.

El eje conceptual de la muestra no presenta pruebas científicas que unan a ambos artistas, pero un recorrido por la muestra le brinda al espectador la posibilidad de recorrer su propio camino y descubrir que tal vez ambos han estado inmersos en el mismo dolor y ambos han coincidido en representarlo.

Una apuesta que sin duda, nos invitará a revisar el modo de relacionarnos con nuestro pasado artístico; allí no hay compartimentos estancos sino más bien, muchas cosas que decir.

Gabriela Felitto Müller enviada especial de Leedor Internacional.

Publicado en Leedor el 22-12-2009