La memoria: ese asunto humano

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Más allá de todo dispositivo tecnológico, el ejercicio de la memoria depende sólo de nosotros.Los guardianes de la memoria

La memoria me resulta complicada, decía Spinetta en la década del ’70 y resumía todo el pasado, presente y futuro de la humanidad. Siempre tratamos de recordarlo todo, inclusive lo que no ha sucedido y lo que nunca sucederá. Queremos convertirnos en Funes Memoriosos de circunstancias específicas y prácticas. Pero la tendencia a la entropía, triunfa. La pérdida y el desorden vencen. Y el olvido se enseñorea en el páramo yermo de la nada. En fin, olvidé que estaba por escribir…

Lo cierto es que cuando la memoria se transformó una cuestión de estado, se inventó, hace 6000 o 7000 años, la escritura. Un sofisticado dispositivo para almacenar información. Pero hecha la ley, hecha la trampa. Los textos, pese a su apariencia estática, son dinámicos. Se los puede modificar o sin incurrir en trampas tan burdas, interpretar y reinterpretar al gusto del consumidor. Un lindo ejemplo, un tanto extremo, nos lo muestra Orwell en 1984, sobre todo del primer tipo de artificio. Del segundo tipo de truco, tenemos a diario, en el diario, saturados ejemplos.

Más cerca en el tiempo, el ser humano inventó la computadora. Su desarrollo implicó, entre otras cosas, una reflexión profunda sobre la memoria, no tanto sobre el misterioso mecanismo que portan los seres humanos, sino sobre las formas posibles de almacenamiento. Desde la matemática, esa maravillosa herramienta que permite jugar con objetos ideales, encontraron la solución. Una solución que, estimo, hubiera hecho las delicias de Jorge Luis Borges, ya que involucra al infinito y a la recursividad. El protagonista de la historia, Alan Turing, podría haber sido él mismo un personaje escapado de la pluma, no de la del “contador de sílabas”, sino de la de John le Carré. Un genio del pensamiento que entre otras cosas compitió en la olimpíada del ’39 en atletismo, fue uno de los que descifró el código secreto de los nazis y su muerte está más cerca de un asesinato político que del suicidio romántico. Lo cierto es que la memoria era una parte fundamental de las máquinas teóricas que soñaron los matemáticos y filósofos, que construyeron los ingenieros y que nosotros, a diario, utilizamos.

El objetivo era entonces encontrar formas teóricas de algoritmos que pudieran computar, que pudieran manipular símbolos. Sabían que el cerebro humano era capaz de ello. Lo sabían al saberlo. Como este texto intenta hablar sobre la memoria, sería una inconsistencia, casi una traición así mismo, olvidar a todos los que aportaron a lo largo de la historia para que hoy podamos escribirlo en una computadora. La lista es interminable y abarca a conocidos y desconocidos, desde Tales de Mileto hasta los desarrollos etnográficos de matemática binaria de los pueblos del Africa subsahariana. La historia, por necesidad mezquina, registra sólo a los últimos contendientes, a aquellos que terminaron el trabajo inmenso y colectivo. Con la teoría compuesta, la computadora fue una realidad empírica.

Tres soluciones, santísima trinidad, recordaron para atrapar a la memoria. El primer dispositivo es denominado “autómata finito” y su memoria es simplemente inexistente. La máquina sólo puede leer paso a paso lo que está escrito en la cinta. No tiene posibilidad de almacenamiento. El segundo conjunto llamado “autómata de pila” apenas posee una memoria acotada. Simplemente puede guardar lo que sucedió en el paso previo. El último elemento es la “máquina universal de Turing“; este instrumento teórico, este objeto con existencia puramente ideal, posee una memoria universal. Tiene una capacidad infinita de almacenamiento.

Puesto en términos de literatura fantástica la cosa podría verse así:

En el primer ejemplo imaginen un libro cuyas páginas se borran a medida que uno las va leyendo. Un libro donde no exista la posibilidad de la relectura. Donde al voltear la hoja hacia atrás apareciera un texto nuevo con una historia también nueva. Imaginen lo que significaría una leve distracción. Una nueva lectura y una nueva aventura.

En el segundo ejemplo sólo puede uno retroceder una página y hasta allí llega la memoria. Al menos existe una oportunidad de distraerse. Si la historia se vuelve monótona o tediosa, retrocedemos dos páginas y la cosa cambia, para bien o para mal, pero cambia. El ejemplo de la aplicación de este formalismo en nuestro procesador de texto es el comando “Deshacer”. La operación vuelve atrás, el error queda subsanado, al menos el último que se cometió.

El tercer caso es el del libro de arena. Un texto fantástico que guarda todo lo que es, lo que será, lo que no fue, lo que no es y lo que no será. Una memoria infinita que provoca terror tanto en el narrador como en el lector. Un alivio culposo se percibe cuando el protagonista lo abandona en un anaquel de la vieja biblioteca de la calle México. Así funciona la memoria infinita, en la teoría permite crear objetos tan complejos como las computadoras o cuentos asombrosos en los que el vértigo de lo posible estremece la imaginación.

Ideas y artefactos, dispositivos más o menos confiables, durables o fieles. Lo cierto es que la memoria es un asunto humano y más allá del papiro o del dvd, todo depende de nosotros.

En la Argentina tenemos una ya larga historia relacionada con el olvido y la memoria. Desde el eufemismo sobre “la conquista del desierto” hasta las atrocidades de la última dictadura. Por ello celebro el nombre de una de las agrupaciones de los familiares del atentado a la AMIA, “Memoria Activa”. El permanente ejercicio de la memoria es la única opción para evitar el olvido. El ejemplo de los organismos de derechos humanos es el paradigma de la acción. La fórmula es el recuerdo constante. El pasado que se renueva incesante e irrumpe en el presente.

Ojo, existen los olvidadores profesionales. Es gente que sistemáticamente es desmemoriada por diversos incentivos. Dinero, poder, convicción, miedo. Suelen tener mucho poder. Hay que cuidarse de ellos, ya que no sólo habitan en los medios, también se los encuentra en los ascensores, en los taxis y generalmente cerca nuestro. No vaya a ser cosa que el día menos pensado (¡es su día preferido!) nos olviden y dispersen nuestro olvido por todo el orbe.

Publicado en Leedor el 2-12-2009

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