Rey Lear (II)

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Una versión de la obra fundamental de Shakespeare que se juega por la puesta postmoderna y un Lear que no puede ser otro que Alfredo Alcón.
Termina este fin de semana

Una puesta atravesada por la postmodernidad. Pocos elementos escénicos, una escenografía bien pensada, tonalidad monocromática, sonidos extra literarios, diseño lumínico contundente. ¿Qué nos queda del Teatro Isabelino? Casi nada. Un texto modificado, con una declamación que no es pareja a lo largo de toda la obra, con ciertos acentos e insultos que suenan muy argentinos. La utilización de actores jóvenes del ámbito televisivo, que subrayan el lado comercial de la puesta.

Pero lo maravilloso de Rey Lear está más allá de cualquier dato escénico visual-auditivo. La pieza en sí es potente y auto sustentante, y un actor como Alfredo Alcón en el papel de Lear, rescata en todo su esplendor a este personaje tan particular y fascinante. Su desempeño en el escenario no tiene igual, y en consecuencia, el resto del elenco gira en torno a él como un satélite. Cabe destacar las actuaciones de Juan Gil Navarro, en el papel de Edmundo, que en esta versión figura con el nombre de Édgar, su hermano; la de Horacio Peña, en el papel de Kent; la de Roberto Castro, en el papel del loco; y las actuaciones de las tres hijas de Lear y sus respectivos maridos. De Joaquín Furriel sólo rescato su trabajo corporal, y la dicción, cuando encarna a Tom. Llama la atención que a Roberto Carnaghi, en el papel de Gloucester, siendo un excelente actor, se lo note ausente. Puede deberse a una dirección fallida, porque para los que tuvimos el agrado de ver la puesta que realizó Jorge Lavelli en el Teatro San Martín en el año 2006, recordaremos que el actor, que interpretaba el mismo personaje, brillaba por sobre el resto del elenco en una actuación sumamente conmovedora.

En esta puesta que puede parecer molesta desde sus deliberados sonidos, desde la extraña versión sobre el texto original, desde los diferentes niveles actorales, etc., lo que sostiene y enmudece al espectador, es Lear- Alcón. Asistimos al trabajo interno de un actor experimentado y de gran capacidad compositiva. No imagino otro Rey Lear más perfecto.

El sufrimiento es el verdadero modo de acción en esta pieza. Sufrimos con Lear, y lloramos con él. ?Shakespeare no nos deja más opción que sufrir, porque la inmensa vitalidad de Lear posee tal capacidad de pathos del que no podemos excluirnos? (Harold Bloom).

Se dice de Rey Lear que es la más amplia y profunda de todas las obras de Shakespeare. Que en ella funcionan, en una sola unidad, las ideas que tenían sus contemporáneos sobre el mundo, el individuo y el Estado. Nos muestra cómo, bajo las buenas apariencias, el mal en la naturaleza humana puede acarrear el caos a un reino y a un alma, y aun reflejarse en el caos del mundo exterior. El tema de Rey Lear es la descomposición y el derrumbamiento. El reino de Lear es cualquier reino, o todos los reinos. Él es cualquier rey o todos los reyes. El caos es universal. Los mundos de la naturaleza, del individuo y del Estado están inseparablemente ligados, de modo que cuando uno de ellos cae, todos caen.

Rey Lear también podría considerarse como un estudio de las relaciones humanas. Se refiere a las relaciones de los hijos con los padres, a las del hombre con el Estado, y a las de los dioses con el hombre. Ley natural, justicia y religión son conceptos con los cuales la obra está impregnada, y cuya validez parece traspasada por la acción dramática.

Las decisiones apresuradas, que toma Lear en su vida, demuestran su falta de sabiduría y una aceptación irreflexiva de lo que debía ser como rey y como padre. Cuando abandona la realidad del poder real cree que aún conserva la apariencia de él, quiere seguir siendo rey. Pero la apariencia de autoridad de rey le es arrebatada y sus hijas lo decepcionan, entonces su razón estalla y el falso orden en que había vivido se convierte en un caos de locura. El caos se extiende, todo se va a ir alejando del orden, como una especie de energía que se expande arrasando con todo lo que encuentra a su paso.

En este desorden la figura del loco aporta con sus palabras, aparentemente inconexas, la referencia al derrumbamiento y sus canciones aparecen como comentarios de la situación principal. La división de la autoridad conduce a la desorganización y a la violencia. El caos político es tan evidente como el caos en el hombre. Pero el loco no abandona a su degradado rey, le acompaña en su camino hacia la locura. Dice que el mundo está cabeza abajo, y no está tan equivocado.

En este derrumbamiento también se destruyen todos los lazos. Desaparece todo el orden social, el reino y la familia. No hay más que seres bestiales devorándose mutuamente. Todos los personajes son arrancados de su lugar, de su situación social, y precipitados a lo más bajo, hasta el fondo del abismo. En este proceso de degradación desaparece todo lo que distingue a un hombre: su dignidad. Es el mismo proceso que refleja una caída, donde todo es sufrimiento y tortura, tanto física como espiritual. Todas las situaciones son condensadas en la única y definitiva condición humana.

El amor entre padres e hijos parece ser el único amor auténtico, pero su consecuencia no es sino la devastación. Lear y Gloucester mueren víctimas de su amor paterno. El valor de ese amor puede ser más fuerte que la muerte, pero sólo lleva a la muerte, o a la muerte en vida. Edmundo (Édgar en la versión original), sobrevivirá en soledad a un mundo devastado. Y a nadie podrá invitar a su coronación.

Rey Lear anuncia el comienzo y el fin de la naturaleza y el destino humano. Los tormentos de Lear son centrales para nosotros puesto que sus penas son universales.

Y es en lo universal de la obra donde se origina la contemporaneidad de Shakespeare, que conlleva la actualidad del texto hacia nuestra intimidad más profunda.

Publicado en Leedor el 26-11-2009