Teresa Margolles

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En la Bienal de Venecia que transcurre en estos momentos, el pabellón de México está representado por la obra de Teresa Margolles: un libro ya lo testimonia. La presencia en el medio argentino del libro ¿De qué otra cosa podríamos hablar?, que da cuenta del envío de México a la actual Bienal de Venecia, permite reflexiones en torno a esta artista mexicana que aborda lo vivo a partir de la muerte violenta, diaria y sin sentido en nuestras sociedades.

?La idea partió de la pregunta, ¿quién limpia las calles de la sangre que deja una persona asesinada? Cuando es una persona, podría ser la familia o un vecino, pero cuando son miles, ¿quién limpia la sangre de la ciudad?. La pieza consiste en limpìar con una tela húmeda el espacio donde cayó el cuerpo de una persona asesinada. Esta tela se deja secar y se traslada a Venecia, donde vuelve a ser hidratada con agua para después ser usada en la limpieza del suelo. La pieza son las capas que se formarán por el constante trapeado, ya que, todos los días, al estarse limpiando el suelo durante los seis meses de duración de la bienal, dejará el resto?. Teresa Margolles, De qué otra cosa podríamos hablar, RM, 2009.

Material fundamental para asomarnos a la producción contemporánea de Margolles, con edición a cargo de su propio curador, Cuauhtemoc Medina, el libro ofrece además artículos más que interesantes para comprender el fenómenos cultural y político de la violencia mexicana actual, en la palabra de Ernesto Diezmartínez Guzmán y Elmer Mendoza, así como una lectura del fenómeno farmacológico de la droga a cargo de Antonio Escohotado. Por su parte, Mariana Botey, aporta la mirada de una videoartista y teórica de primer nivel, que enfoca la posibilidad de proyectos artísticos que exploren de otros modos más radicales el imaginario mexicano.

Este último artículo que contiene el libro, el de la artista que acabamos de mencionar, Mariana Botey (Hacia una crítica de la razón sacrificial; necropolítica y estética radical en México), nos permite remarcar el hecho de cuán imprescindible sigue siendo reflexionar maneras alternas de discurrir que hablen de lo que sucede en nuestras sociedades y con nuestras poéticas, desde un particular modo de ser de lo contemporáneo latinoamericano, sus fluidos, sus fluentes y sus contrafluentes, de los cuales, el intento de Margolles de ?devolver? al centro del arte algo de lo que México pierde día a día, es una forma de confirmar mediante el sacrificio, el traspaso de tanto valor simbólico y material de este lado del mundo a aquel.

En estos días tiene lugar la Bienal de Venecia, que ya lleva su edición número 53. La importancia de este evento en la conformación de artistas y naciones tiene un peso fundamental, dado su carácter pontificador. Las bienales son como reuniones de las Naciones Unidas. Venecia, tiene un glamour fuera de serie (star system incluido, especialmente en cine), ya llamándose, además, desde el dominio de su sitio web, la biennale.

Entonces, en medio de este hecho político que destripa el sistema de la historia del arte como un sistema de sanciones y construcciones políticas, que México tenga su pabellón en el palacio Rota Ivancich, que esté curado por Cuauhtemoc Medina, y que se trate ni más ni menos que de la obra de Teresa Margolles (Culiacán, 1963), cuando menos nos presenta un intersticio. Se trata de una artista de la fricción, que lejos de presentar una obra de maquillaje, traslada el ojo de la tormenta de las sociedades latinoamericanas, su violencia estructural, su autodestrucción permanente, la necropolítica de su maquinismo, a la másmédula del arte moderno, a Venecia, una ciudad paradigmática de Europa que no puede hacer otra cosa que reverenciar su pasado como cuna posible y de valor ejemplar en cuanto a condiciones de existencia de cualquier expresión artística.

Esta artista ha pasado una etapa anterior, a finales de los años 90, trabajando directamente en morgues, con cuerpos destrozados en relación a los carteles del narcotráfico, los grupos parapoliciales y la pobreza estructural. Su trabajo se centra en los fluidos corporales que abandonan el cuerpo al momento de morir. Su trabajo ha sido considerado muchas veces en el límite del buen o mal gusto, invadiendo el mundo de los vivos con aires de la morgue. Una veta que se abre es la labor del grupo artístico gótico SEMEFO que ella ha integrado. Esto se vuelve particularmente interesante en relación con lo museístico, lo muerto, lo que queda de lo muerto y la posibilidad de exponer, abriendo el grano a cuestiones centrales de la interacción de tradiciones, estados, pasados y presentes en la misma práctica artística. De últimas, cualquiera puede sentir que la mayoría de los museos del mundo están plenos de cosas muertas que todavía continúan hablándonos e inundándonos con sus aires de morgue.

En los últimos años ha exportado otras muertes y operado de forense en la calle. El disparador es esa realidad que señalan las estadísticas: en 2008 fueron casi seis mil las personas que perdieron la vida en México de manera violenta a causa de operaciones relativas al narcotráfico. Este hecho transforma la manera de percibir la biosfera, lo orgánico, lo muerto y especialmente, el límite entre ambos.

El modo de operar es el siguiente. Ella y su equipo están atentos a toda noticia de muerte violenta en las calles de México; además hay ciertas zonas que ya producen sus propias piezas, como ocurre en la ultra violenta y particularmente narcotraficada Sinaloa.

Cuando se sucede un crimen callejero ligado al ajuste de cuentas del narcotráfico, se trasladan a limpiar la sangre que queda, o los vidrios pulverizados de las balaceras entre autos, restos que no suelen ser tocados por las pericias policiales. El caso de los vidrios es bien interesante, ya que quedan cientos de pequeñas esquirlas, a la manera de piedras preciosas, que se acumulan en las alcantarillas.

Esos trapos que se utilizan para limpiar la sangre, se ponen a secar. Y así se llevan a Europa, donde son rehidratados y vuelven a dejar su carga. Esto es lo que sucede una vez por día en el pabellón de México de la Bienal: se trapea el piso del Palacio, donde, luego de seis meses de aplicación, se ha ido formando una costra con los fluidos de los muertos violentamente en la locura latinoamericana.

En este sentido, el arte latinoamericano, a pesar de lo terrible, sigue dando vueltas de tuerca a las grandes enunciaciones del arte central. Si Demian Hirst sacude el mercado con su calavera de diamantes (una calavera de un muerto del siglo 18, recubierta en platino y 8601 diamantes, vendida en cien millones de dólares), Margolles hace el mecanismo inverso: quita los diamantes mortíferos de los cuerpos en los que se han introducido para detenerles la vida. Si la calavera se vuelve joya, objeto de deseo, disputa en Christie´s, vanitas de onanistas a los que Hirst les promete que la muerte es bella, en Margolles esto se invierte en lo que dura una ráfaga de balacera. América exporta el vidrio, el diamante, la cocaína, la piedra preciosa, que tienen una carga mortífera y nos recuerdan otra vanitas y otro carpe diem. La vida no vale nada, no vale nada la vida, parece decirnos quien se asoma a la calle, porque la esquirla que yerra siempre nos pertenece.

Este detalle que puede rescatar ciertos rasgos lúdicos, confrontadores, insatisfechos, transformadores, éticos del arte latinoamericano (y también tiernos, ingenuos, comprometidos, inocentes, asombrados y pueriles), sitúan la propuesta de esta fotográfa e instalacionista en el resultado de cruces, que nos dicen una vez más que es altamente posible que lo más interesante del arte contemporáneo este pasando por estos lados, porque siempre, para decirlo parafraseando al genial Beckett, es necesario seguir hablando aunque ya no quede nada que decir.

De todo esto nos habla el libro que en Argentina está distribuyendo RM. Una vez más, como en el caso del maravilloso ejemplar sobre El baño de Frida que oportunamente reseñamos, se trata de una obra estética, cuidada, exquisita. Pieza de colección, sin dudas. El lomo tiene un sistema de cosido particular, a medio camino entre el arte textil del texto, la cicatriz de autopsia, el escándalo de las tripas por dentro, la parsimonia de lo que se abre y se cierra muchas veces para contar lo que oculta. Además, una sobre cubierta en blanco esfumado, a modo de sábana mortaja de una cara que tuvo menos suerte que nosotros, víctima de ese México cotidiano que nos lleva puestos por unos cuantos gramos. La delicadeza de esa sobre cubierta nos deja entrever cierto gesto de piedad, de luchar contra la nota roja del periódico sensacionalista que aprovecharía el morbo atractivo de ese amasijo muerto para entrar en todos los ojos.

Justamente, se trata de la foto de una cabeza en mesa de morgue, que es el reverso de una tarjeta que se reparte gratis en la Bienal: ni más ni menos que un útil para picar-cocaína con finalidades de consumo, fabricado por la artista hace muchos años, con indicaciones de uso, procedencia y abuso, que nos recuerdan el anverso y el precio del placer en este lado del continente.

Teresa Margolles, >¿De qué otra cosa podríamos hablar? Pabellón de México. 53º Exposición Internacional de Arte. La Bienal de Venecia. Editorial RM, México, 2009.

Publicado en Leedor el 1-11-2009