Anibal Ford

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No sé a los lectores… pero a él le hubiera gustado… A(CERCA) DE ANÍBAL FORD

?A mí no me busqués en el ruido. Estoy siempre en otro lado?

El último correo que recibí de Aníbal fue el del mes de junio de 2009. Luego me escribió Nora Mazziotti, su mujer. ?Aníbal tiene cáncer, querido?. Eduardo Romano quien, junto a quien se ha ido y a Jorge B. Rivera, integrara lo que yo denominaba Los tres mosqueteros allá en los años 70, terminó de completar la información. Ahora queda solamente uno: Eduardo.

Los medios se han encargado de reseñar puntillosamente la tarea de este muchacho singular. Porque a mi juicio, Aníbal no tenía ni remotamente los 75 años que le endilgan. Podía ser ya abuelo pero jamás un tortugón académico de los tantos que pululan por los beneméritos claustros.

En algún momento de los años 80 escribí en la revista UNIDOS en medio de un artículo sobre cine ?las trenzas siempre se arman? como dice Aníbal Ford. Y el bueno de Aníbal se ofendió. ¿Cuándo lo vi por primera vez? Recuerdo que me llevó a la fuerza a la redacción de CRISIS para que me hicieran un reportaje al que accedí de mala gana y peor humor. Teníamos por costumbre el burlarnos el uno del otro y en aquella época él me parecía tímido. Tal vez lo fuera.

Una mañana hablamos en su departamento de la Avda. Alem, antes de que su primer matrimonio terminara. Las charlas con Aníbal, cualquiera puede decirlo, equivalían a pasearse por impensables bibliotecas, cines, teatros, pantallas de TV, internet y comarcas de las que parecía ser el dueño absoluto. Su entusiasmo fue siempre el de un adolescente y, a pesar de sus apellidos -Ford y Von Halle-, a mí me recordaba a un porteño muchacho de barrio que acaba de terminar el picadito en el potrero para adentrarse en zonas que al interlocutor podían interesarle.

En 1974 y en el viejo Hospital de Clínicas, perdió la paciencia y me gritó no a mí sino a gente invisible ?Que se metan la facultad en el culo!?. Se había cansado. O mejor, los problemas del país y también los personales estaban desbordándolo. Luego vino el discurso de Ivanisevich y la huida, la desaparición, el desparramo. Susana Zanetti y Beatriz Sarlo traían noticias de él de vez en cuando.

Poco antes y ya en el final de aquella etapa nos habíamos encontrado en un bar de Viamonte y Pueyrredón. Se iba. Lo buscaban. El autor de aquella metáfora sobre la ?budinera sociológica? que aplicara a quienes analizaban a Homero Manzi debía fugarse. Le escribí una larga carta y años más tarde él lamentaría haber perdido la correspondencia en una mudanza -hubo varias cartas-.

El otro Aníbal, el del regreso, seguía tan agudo y con fuerzas como el de antes. Los años no habían logrado que perdiera su sentido del humor ni que nuestras burlas mutuas prosiguieran. Nora Mazziotti era ahora su mujer. Y esto me daba pie para que yo le hablara sobre ?los tuyos, los míos y los nuestros? refiriéndome a los hijos de uno y de otra. Tal vez me respetara, pero me trataba con un cierto cuidado -hacía bien, claro-. Lo que no me explico es por qué nos chumbábamos sin tregua. La última vez que hablamos por teléfono interrumpió para decirme:

Te dejo porque me llaman de México.

Ay, mírenlo al Aníbal. En cambio a mí me llaman de Las Toninas.
Y luego siguieron epítetos no fáciles de escribir.

Pocas veces en la vida se tiene oportunidad de estar frente a un ser humano complejo e impredecible. Mejor aún: alguien que no tiene conciencia de que posee estas dos cualidades o a las que no les da importancia alguna. Porque en familia Aníbal utilizaba un colorido lenguaje que provocaba sana carcajada frente, por ejemplo, al triunfo de los radicales en 1983. ?Practican la táctica del pedo: se lo tiran y se miran unos a otros con cara de inocentes?.

En las antiguas oficinas de Flacsos, junto con Oscar Landi, Luis Alberto Quevedo y Nora Mazziotti fue culpable de una charla en exceso larga sobre actores que daría origen a un libro. Porque algo es fundamental: Aníbal era para todo aquel que lo conociera un insoslayable estímulo, un motor, alguien que desafiaba. Escucho todavía su voz: ?Pppero la ppputa madre, escribilo?.

Aquel muchacho de los ojos claros que tartamudeaba al hablar como buscando la palabra justa nos ve ahora desde el documental de Lorena Muñoz y Sergio Wolf -YO NO SÉ QUÉ ME HAN HECHO TUS OJOS-. Es una imagen que atesoramos. Leer lo que ha escrito me lleva al reencuentro de todas aquellas charlas compartidas. Hay una palabra que puede definirlo: generosidad. La imagen que tengo de él se interrumpe en algún momento pero no por su culpa sino por mi exclusiva responsabilidad.

En la primera casa, la de Alem, se había levantado de improviso y golpeando las manos para dedicarse a despertar al resto de la familia. En la segunda casa, la del segundo matrimonio, su comportamiento había cambiado. El hijo de Nora tenía espasmos nocturnos y era él quien tenía la paciencia suficiente como para vigilarlo.

En junio de 2008, cuando Miriam Goldstein preparó una fiesta sorpresa para Eduardo Romano con motivo de su cumpleaños número 70, alguien trajo la noticia: Aníbal no podía asistir porque estaba internado. Y allí quedó la cosa porque, naturalmente, nada malo podía ocurrirle.

Ahora llega la imagen de un Aníbal que se pierde por el pasadizo del final golpeando las manos. No puedo dejar de sonreír cuando leo las necrológicas. Es que no quiero ni puedo ponerme serio. Otra gente dará sus versiones. Existe el material suficiente para que lo hagan.

En cuanto a los medios, mírenlo al Aníbal, todo el camino que ha recorrido. Te lo dije más de una vez: el tiempo no existe. Chau, querido.

Publicado en Leedor el 7-11-2009