Los desórdenes de la carne

0
10

Con tres nominaciones para los premios ACE y siete nominaciones para los premios Teatros del Mundo, Los Desórdenes de la carne se presenta en el Teatro del Abasto con un record de público que pocos espectáculos del of alcanzan.Como un vivo retrato de las clases altas de nuestro país, a mediados del siglo XX y en pleno conflicto de la Iglesia con el peronismo, el horizonte de expectativas de la obra sitúa de modo preciso el miedo al ?otro? que las clases que viven en la Avenida Alvear, sienten ante el advenimiento de los que, llegados desde el interior o el suburbio, comienzan a transitar e invadir una zona que les pertenece por antonomasia.

Luego del fallecimiento de una integrante de la casa, aparentemente su guía, se impone un orden nuevo. Su hermano, sacerdote que se cree papable, tiene varios problemas y todos ellos son de orden. Debe encarrilar a un sobrino libertino, debe proteger a una sobrina adolescente y cándida y sobre todo debe ordenar las cuentas de su iglesia, ya que ha malversado el dinero proveniente de las colectas.

Un hombre llegado desde el exterior geográfico y desde el exterior familiar, complicará mucho más la vulnerable situación de la casa al enamorarse de la virginal jovencita.

Si esto es lo que, a nivel manifiesto, parece desatar la tragedia, Los Desórdenes de la Carne trabaja en varios planos. Por un lado, el continuo socavamiento de valores como la moral, la religión y la piedad, se ponen en jaque de modo permanente. Los personajes se vinculan desde el disimulo y la máscara y ponen tarde o temprano sus verdaderas intenciones sobre el tapete. Por otro lado, los protagonistas, de un delineamiento exquisito, se quiebran, provocándose a sí mismos fisuras por las que se filtra no sólo una moral burguesa limitada y asociada siempre a dudosos valores sino que cada grieta linda y ahonda la de los demás, provocando así el derrumbe completo.

El dinero, el deseo y la mentira circulan por la puesta como condición de posibilidad de contar esta historia. Así se entrelazan los personajes y en una red que mantiene en vilo al espectador, tejen una madeja en cuya punta del ovillo está el deseo.

Ramos no sólo logra un texto brillante, sino que dirige a su numeroso elenco, logrando que cada actor alcance momentos excelentes y diseñe su perfil de un modo irrefutable. El espacio escénico está cargado de símbolos que lejos de estorbar, colaboran con la diégesis y se aprovechan, operando como redundancia de lo que se narra.

El ?otro?, el que no vive pero pasea por Alvear, es mucho más inofensivo frente al que, llegado desde el exterior y par de clase, conoce sus debilidades y colabora en el vejamen de todos y cada uno de los valores.

Ramos se luce como lo hiciera en Un Amor de Chajarí, en temporadas anteriores y en el mismo espacio, mostrando lo más hondo y pintando con maestría un cuadro de clase que se reconoce y espanta.

Publicado en Leedor el 23-10-2009