Unidad 25

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O cómo el documentalista puede invisibilizarse en un espacio cerrado.
Simón es trasladado a su nuevo destino penal.

Sabemos que se trata de un documental, pero impacta ese primer plano de su cara ?que no mira a cámara- dentro del camión que lo transporta. La cámara panea y vemos cómo se abre el portón. Simón ha sido trasladado a la Unidad 25, destinada a presos del culto evangélico, que Simón no profesa.

A partir de ese momento, el nuevo largometraje de Alejo Hoijman nos introduce en un mundo prohibido de una manera tan íntima que nos hace dudar (maravillar también) de cómo el documentalista puede desaparecer, aún en un ámbito cerrado.

También de cómo el documental local puede seguir creciendo en buenas manos.

Unidad 25 es una película de contrastes.
La confesión más terrible y las lecturas de la Biblia.
El bautismo en una Pelopincho y los guardias cantores que meten miedo.
La certeza de estar en un lugar donde no existe el castigo físico, con la manipulación ideológica extrema.
El Simón que no participa de nada y es un espectador ?notable desde el punto de vista del relato-al Simón que cantará los himnos con todo fervor.
Cuando el film olvida esos contrastes, decae el interés. Es posible que siga el mismo el propio proceso hipnótico de Simón tras las rejas: cuando vio el largo terminado, el protagonista había olvidado que a su ingreso él no pertenecía al culto.
Unidad 25 es fruto de una investigación en campo exhaustiva.
De la suerte y perseverancia por encontrar al personaje justo.
Del arte por estar en el lugar indicado en el momento dado (al parecer, las cosas han cambiado bastante en la Unidad).
De hacer documentales para derribar murallas.

Publicado en Leedor el 15-04-2008