Conspiración y literatura

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El libro de Pablo Besarón cruza ficción, política y conspiraciones en la literatura Argentina. Se presenta el miércoles 21.Ficción y política en La conspiración: ensayos sobre el complot en la literatura argentina.
Ed. Simurg
Presentación: El Miércoles 21 de Octubre | 19.30 hs, Centro Cultural Rojas (Corrientes 2038)
Estarán:
Alberto Ramponelli (escritor)
Esteban Carestía (coordinador del área de cultura del C.C. Rojas)
Roberto Danna (escritor y periodista)
Coordinación del evento: Aníbal Barengo (actor).

Por fuera de los contenidos que la escritura denuncia y devela, es posible pensar en el propio ejercicio de la escritura como algo susceptible de estar conspirando contra el poder. Un poder que, a su vez, conspira contra los hombres. La escritura misma, sus relaciones ambivalentes de necesidad y rechazo con el Estado, constituye entonces una trama que no descubre el presente libro de Pablo Besarón, pero que el autor desarrolla con un rigor difícil de hallar en casos en los que el problema es mencionado o meramente propuesto.

Entonces, el trazado de la conspiración es constitutivo del Estado argentino y de las narraciones que a él se refieren. Esta celosa pugna entre enemigos que, como la ficción y el Estado, proceden en definitiva con homologías metodológicas por doquier, atraviesa mucho de lo que de la literatura argentina pueda decirse desde su propia fundación.

Es, entonces, en este sentido que se lee la compleja trama histórico-ficcional (par que deja de ser de opuestos, porque el Estado produce ficciones conspiradoras y las ficciones denuncian, muy en lo real, y muy conspiradas, al Estado), que va desde la Generación del 37 hasta los delirios denuncialistas de Roberto Arlt y de Ricardo Piglia, pasando por la renovación de los modos de conspirar en ficción por parte de Macedonio Fernández y Jorge Luis Borges. Es el carácter crónico, más allá de todo gesto de excepción, de la actitud conspiradora, lo que hace del libro de Besarón una apuesta audaz y una confianza notable en que puede leerse gran parte de la literatura argentina, incluyendo tanto autores canónicos (los mencionados pero también Rodolfo Walsh, el Mariano Moreno del Plan de Operaciones, Holmberg y otros) hasta autores no canónicos como Gustavo Perednik, de otro modo que como tradicionalmente se lo ha venido haciendo. Porque, si la conspiración es vista a través de las obras de estos autores como una especie de gramática subversiva, entonces se reconfiguran aquí, con el mismo movimiento, los conceptos tradicionales de compromiso, así como las oposiciones estructurantes de nuestras letras y manuales de literatura.

¿Dónde está el complot? En todas partes. Sarmiento, Mármol, Esteban Echeverría, ?semiotizan? la colección de indicios que le hacen explicitar al Estado, poniendo en serios aprietos los dispositivos de su hegemonía. Así, Besarón acuña para su libro la categoría de ?lector paranoico? y la pone a rodar en la narración de los gestos de escritores que conspiran contra el Estado para subvertir su propio carácter conspirador. Así, se describen originales y desde ahora insoslayables cualidades maniqueas en Echeverría, perseguidoras o inquisidoras en Mármol o metonimias, sinécdoques y analogías tenaces en Sarmiento. El Plan de operaciones, de Mariano Moreno, en esta dirección de conspiraciones y contrapoder en donde se pierde la nitidez de las fronteras entre realidad y ficción, sitúa la posición de Besarón cerca de la de Ricardo Piglia en su hipótesis repetida según la cual el Estado es, ante todo, la primera ficción que complota.

Macedonio y Borges

El posicionamiento que, como lector, adopta Besarón, le permite incorporar sin tener que recurrir a las correspondientes justificaciones a Borges en el mismo sector teórico en el que se sitúan Arlt o Walsh. Pues la literatura argentina, en sus casi dos siglos de tensión con el Estado, compone y recompone su teoría tácita de la conspiración. Se reubica, siempre crítica, de acuerdo a los materiales de que vaya disponiendo, y adopta distintos niveles que van desde la más evidente descripción de tipos sociales y su crítica o apología hasta la abstracción más compleja. La pregunta, entonces, no es ya si hay una poética de la conspiración en Borges y Macedonio Fernández o si no la hay. La pregunta es, ahora, cuáles son los modos, y con qué formas, se construye la poética de la conspiración en estos autores. Y esta pregunta, sin dudas, encarna otra, incluso más sugerente: ¿de qué modos se comportan la sociedad política y el poder estatal como para que las teorías tácitas de la conspiración se vean, asimismo, modificadas de Echeverría a Borges? La historia, pero también la irreductible subjetividad de autores que fueron contemporáneos (porque, se sabe, nadie, ni los contemporáneos, habitan la misma historia), van respondiendo, en presente continuo, estos interrogantes. Desde Roberto Arlt y su estética clásica del complot (Besarón, en su capítulo dedicado al entramado entre ficción, política y complot en Arlt, grafica el movimiento ?clásico? del complot en la construcción de sociedades secretas destinadas a tomar las riendas del poder) hasta la apuesta estética, pero no frívola, de conjurar con formas de representación funcionales a las del poder (Macedonio, Borges).

Vanguardia y complot, siguiendo lo dicho, será, en Besarón, el apartado que recoloque reivindicaciones estéticas al lado de reivindicaciones políticas como no se había hecho desde las teorías de la vanguardia de principios del siglo XX. ?Vanguardia y complot?, título que reza sobre una ?búsqueda del pliegue del sentido? remite a la idea de que el texto de Macedonio Fernández (sic.) esté construido a partir de una desestabilización del sentido que rige hegemónicamente. Trazar un laberinto, acaso dirá Besarón, es una tarea que concierne a la estética, pero que está pergeñada por la política. Una estética confeccionada, como la macedoniana, con el fin de que el lector emancipe (al decir de Hans Robert Jauss) sus ?horizontes de expectativa? respecto de aquellos prefigurados por las ficciones hegemónicas del Estado, es, en reivindicatorio paralelo con la obra de Borges, una crítica a la univocidad de la realidad como resultado de una ficción que es construida por conjurados. Tal el comentario, enmarcado en el libro a propósito de los modos de construcción de la ficción por parte del Estado y por parte de la literatura.

Ricardo Piglia, uno de los directores implícitos de los derroteros de este trabajo, es evocado, aquí, no solamente con un apartado propio, sino como una especie de epígrafe permanente. Su postulación de acuerdo con la cual todo intento por delirar por parte de la ficción no alcanza casi nunca el grado destructivo y opresor de los delirios del Estado, late, como el corazón delator (Poe, Narraciones extraordinarias, 2000), cada vez con mayor fuerza en este libro, hasta hacerle decir al propio Estado: ?¡Basta ya! ¡Confieso! ¡Levanten esos tablones! ¡Ahí? ahí! ¡Ahí late todavía el corazón de la verdad asesinada!?.

Publicado en Leedor el 15-10-2009