Rosa mística

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Misticismo y religiosidad en una historia de exclusión y desamparo, llena de contundentes aciertos. Rosa Mística obtuvo la Mención Honorífica en el Concurso Obras Inéditas de Teatro 2007 que otorga el Fondo Nacional de las Artes. Y si las poéticas pudieran ceñirse solamente a continuidades y rupturas, Ignacio Apolo establece un quiebre en su asedio sobre los que no tiene voz, esos que a los sistemas de representación les son esquivos. El dramaturgo hace pie en un terreno casi virgen, ya que a la pertenencia social de los personajes, usualmente descartados pero con mucho que narrar, se suma el uso de los rituales del catolicismo, que como se verá en el curso de la obra son examinados y puestos en jaque de manera permanente.

En un barrio indigente de Boulogne, un bebé muere en una confusa balacea. En el asentamiento se levanta un altar y el niño es erigido como el nuevo santito milagroso. La Argentina conoce muchos altares de la desesperanza que se levantan a falta de otras realidades que reinventen la ilusión. En este estado de cosas, Rosa, en la piel de Ana Pauls, hija de un policía cercano al confuso incidente de las balas, con la inocencia de su fe íntegra de 14 años, tratará de revelar la falsedad del santito con la ayuda de Lauchi, un adolescente de la villa, encarnado por Tahiel Arévalo.  Y así como Boulogne está cercana y excluida a la vez de la zona norte de clase alta, Rosa y Lauchi experimentan la misma escisión. Ella escolarizada y catequizada pero angustiosamente sola, él con todos los tips del analfabeto funcional. Ambos, a la intemperie que supone ser un niño en la Argentina de las desigualdades.

Pero las cosas no son tan simples y este es otro acierto de Apolo.  No sólo los sucesos del barrio carenciado no son lo que parecen sino que en el mismo seno de la misericordia y la convicción, la violencia empuja a la quema del altar del santito.

Desde el paratexto que opera como titulo la obra plantea el desamparo. La recurrencia a lo místico y religioso es una moneda de doble cara, de un lado el soporte de la debilidad y del otro la rigidez que no permite un pensamiento ?otro?. El misticismo de Rosa se convierte en una obsesión y esa amistad que la une a Lauchi se desmembra porque aunque carentes, el tejido social tiene hoy una entramado en el que la disolución no permite encontrar la punta del ovillo. Entonces saber leer es una diferencia, tener una casa es una diferencia, la fe ciega lo es también, pero además, ser la hija de un policía bien definido como el de Apolo, es casi una marca.

El elenco  se desempeña de manera impecable. El cura, a cargo de Alejandro Dufau, maneja con acierto esa dualidad que encarnan la Fe y la normativa. El policía, interpretado por Mario Jursza, exhibe de modo equilibrado su balanceo entre el aparente padre de familia devoto y la impunidad que le otorga el uniforme. La madre de la niña mística, a cargo de la impecable Amanda Busnelli,  se mece  entre el ensueño y la oscuridad, perdida en un túnel que no lleva a ninguna parte, asida al control remoto de su televisor. Rosa, sólo tiene la Fe y Lauchi por momentos sólo la tiene a Rosa pero los santitos sacrílegos y la presión de las dos instituciones, iglesia y policía, coaccionan y provocan fisuras perpetuas.

Ana Pauls y Tahiel Arévalo juegan escenas de variados registros y, en las que la violencia se desata, lo hacen con una organicidad que eleva sus actuaciones. Todas las caracterizaciones son impecables y si el espectador desconociera la edad de Ana Pauls, se marcharía convencido de que tiene 14 años. Ellos juegan una adolescencia creíble y eficaz, desde la carencia, la virginidad y los saberes de la devoción en uno y de la calle en el otro.

El espacio escénico es minimalista, hay sólo algunos objetos que colaboran con la narración ya que la acción es impulsada por un texto muy bueno y no requiere redundancias.

Entre todos los aciertos de la obra de Apolo, la polifonía es tal vez el  más contundente, ya que no sólo le da voz y parte a sujetos que nunca son protagonistas de las grandes historias, sino que logra una multivocalidad precisa, llevando al receptor al reconocimiento de esos actores sociales cuyas características no se parodian sino que tan sólo se exhiben como parte de lo que somos. Pues que nadie se llame a engaño, esta historia de exclusión, devoción y desamparo tiene su condición de posibilidad en un espacio vaciado de anhelos para aquellos que tienen al suburbio indigente o a las novenas como único horizonte. Y ellos, son muchos más de los que podemos imaginar. 

Publicado en Leedor el 13-10-2009