Mercedes Sosa

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Parece que Mercedes se ha ido…Hasta Siempre Mercedes Sosa

Corría el año 1977 y alguien en la facultad dijo que si no hacíamos mucho ruido podíamos ir a escuchar a Mercedes Sosa, al barrio de la Paternal, en el Scholem Aleichem. Callados, con la adrenalina a tope y creyéndonos héroes, asistimos a un recital de más de dos horas, el increíble Domingo Cura estaba a cargo de la percusión y una vez adentro y al son de la voz de La Negra, olvidamos los temores, las persecuciones de las que podíamos ser victimas al salir de allí y por un momento nos creímos a salvo?en ese entonces, ilusos pensábamos que, con tener el DNI alcanzaba para no caer al río.

La segunda vez que vi a Mercedes fue poco después, ese día no cantaba, sino que, en la última fila de un desaparecido teatro de la calle Florida, escuchaba al Quinteto del gran Astor Piazzolla. Al terminar el espectáculo Astor deseaba que ella subiera al escenario, pero esa dama, haciéndose pequeña saludó con la mano asomando la cabeza por las cortinas que separaban la sala del hall. Nunca supe si era porque nadie debía saber que estaba en su tierra o porque, humilde hasta el extremo, no quería robar el protagonismo de Astor. Nunca más la vi pero siempre me acompañó, porque no había modo de no tenerla, Mercedes cantaba al Nano Serrat, aquellas pequeñas cosas? homenajeaba al tempranamente perdido Miguel Abuelo y yo alzaba los brazos porque es por amor que canto, que cantaba, que cantará Mercedes, el Himno de mi, de tu corazón.

Y cantó a Violeta como nadie porque quién no quiere volver a los 17 después de vivir un siglo de dictaduras, porque las botas que la detuvieron y obligaron a exiliarse, la metieron en un instante eterno como un siglo en donde el tiempo, como dice Tununa Mercado, parece no transcurrir o transcurre en otra parte, en un pliegue. Pero al artista no lo calla nadie y lejos se agiganta, se fortalece, se llena de fama, de elogios y en una aporía fatal para el represor, una canción vale más que un millón de comunicados. Y así cambia, todo cambia y un día el grito de libertad coloca todo en su lugar y los que se fueron regresan triunfales y enaltecidos y los que los echaron agonizan sin que su cobardía le importe nadie. Y ella siguió cantando y cantó a Fito porque ¿quién dijo que todo está perdido? Y cantó a Milton y con Milton, con Caetano, con Gal, en Japón, en París y en todas partes.

Ahora parece que Mercedes se ha ido. Yo no estoy segura, prefiero creer, decido creer, necesito creer y sólo le pido a Dios que así como nace una flor, todos los días sale el sol de vez en cuando escucharé aquella voz, como de pan, gustosa de cantar, en los aleros de las mentes con las chicharras?

¡Hasta Siempre Mercedes, Negra querida!

Publicado en Leedor el 5-10-2009