Medea, por Banegas

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A 2430 años de su primera representación, Medea vive en la cabeza y el cuerpo de Cristina Banegas.

Toda tela negra cubriendo el suelo de la escena espera ser abierta. Entonces en la espera del inicio el telón negro horizontal promete el desnudo. Porque el escenario es un espejo redondo y en plano inclinado, cubierto por una tela negra y ondulada como una superficie de agua en la que vamos a ahogarnos esta noche, como le pasó al también griego Narciso, en la mirada embelesada de nosotros mismos.

Comienza la obra, la tela se retira, el suelo queda limpio. La madera del piso del escenario, como la tierra y lo horizontal, es femenina. La madera es mujer y es bárbara. Es el reino de Medea. Entonces un cuerpo implacablemente teatral en Analía Couceyro, la corifeo, recorre la oscuridad con un cuenco en la mano lleno de agua y una esponja. Estos elementos serán los únicos elementos escénicos. Lo demás, lo que hay que poner, cuerpo y voz.

Voz. Desde el grano del grito se presenta Medea. Más allá de la tierra es lo subterráneo. Su voz que viene de abajo. Capitana del matricidio infanticida, Medea está más allá del límite. Y en el fuera del límite, el trabajo de Cristina Banegas (que ya tiene ganado el calificativo de mayor actriz argentina contemporánea) se corresponde al adjetivo que representa esta idea: sublime.

Un sublime subterráneo. Del subsuelo del escenario, del infierno, sube ella a enfrentar su destino. De rojo. Avanza. La imagen es terrible. Además, a no dudar las referencias pictóricas que dispara. Desfila Medea en su porte de tripas simbolistas. A Banegas Medea la podría haber pintado Gustave Moreau, Burne Jones o Dante Gabriel Rosetti.

Y la tragedia comienza. El trabajo sobre el texto es impecable. La actuación de primer nivel, con un elenco de gente que sabe hacer su trabajo ampliamente: Tina Serrrano, Analía Couceyro, Héctor Bidonde, Daniel Fanego, Pochi Duchasse, Coni Marino?

Un músico en vivo toca notas en una viola de gamba y una calimba. La presencia de Carmen Baliero en el equipo técnico se nota en el aire, en el manejo de las voces que de por sí solas acompañan la precisión del pathos de esos cuerpos, máquinas de desear la vida mientras irremediablemente caminan a la muerte. El vestuario de Mini Zuccheri y la escenografía de Juan José Cambre, despojada y minimalista, que colabora ampliamente con esa legalidad textual del lado de la soledad y el afuera metafísico y la iluminación de Leandra Rodríguez que cierra esta construcción espacial de un modo exacto, haciendo de Medea un producto teatralmente perfecto y existencialmente implacable.

El teatro es una de las manifestaciones de arte efímero más contundente de la cultura, que repite su rito evanescente desde hace siglos. No va a quedar más que en nosotros, en los ojos de cada quien que se sienta en una butaca, respira y espera. Lo único que queda por decir es: hay que verla antes de que se escape otra vez.

Publicado en Leedor el 18-09-2009