Escoria

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El nuevo espectáculo de Muscari lleva, con originalidad, al teatro independiente a artistas que alguna vez fueron íconos televisivos.Escoria, el lado B de la fama, se estrenó el sábado 12 de setiembre en el emblemático Teatro del Pueblo. Recordemos que, fundado en 1930, el Teatro del Pueblo se erigió en una de las primeras alternativas independientes de Argentina y América latina. Este dato que puede resultar anecdótico no lo es tratándose de una puesta de Muscari que pivotea entre el teatro comercial y el under, meciéndose sin vértigo entre dos opciones en donde lo antagónico no es sólo el modo de producir.

Así llegaron al teatro del grupo Somi, una serie de artistas tan heteróclitos como las vertientes de las que provienen. Ahora, los sábados la sala se puebla de un grupo de artistas que se consagraron en el medio más comercial de todos, la TV, y en un caso, en una apuesta típicamente comercial como lo es el teatro de Revista.

La historia es sencilla y cotidiana, un grupo de actores se reúne para festejarle el cumpleaños a un productor que tal vez los libre de la desocupación. Pero él se hace esperar y, mientras Dino Escoria no llega comenzarán a desfilar frente a los espectadores las diversas historias que estos expulsados del medio contarán descarnadamente explicando y, tal vez, tratando de explicarse a sí mismos, las razones que los volvieron descartables y olvidados. Las distintas acepciones del término ?escoria? circulan por la puesta.

¿Pero qué es lo que vuelve genial en su transgresión el nuevo espectáculo de Muscari?

Muscari vuelve a romper las reglas, vuelve a crear sin prejuicios ni normas, vuelve al collage pero curiosamente, no se repite. En esa delicada frontera entre ficción y realidad, lo teatralizable aquí, es la vida misma, cruda, descarnada y desopilante a la vez.

Mientras los espectadores van acomodándose serán convidados con las bebidas y comidas del cumpleaños, desprevenidos, no sabrán si tomar la gaseosa real o comer el snack que una actriz de trayectoria o una vedette increíble le sirve amablemente. Maravillosamente vestidos, ochentosos, congelados en su tiempo de gloria, ellos esperan engalanados su oportunidad, tal vez la última.

Un televisor en un extremo del escenario mostrará videos diversos de todos los que ocuparon un lugar en las pantallas de TV o en las tablas de un teatro allá lejos y hace tiempo.

Y en el momento menos pensado cada uno de ellos irá narrando aquellos momentos que los lanzaron a la fama como así también los que los expulsaron a las tinieblas que solemos llamar olvido.

La sucesión de fragmentos de estas vidas, de lo que fue y es hoy la ?realidad? de sus existencias no da respiro y va generando un in crescendo dramático que lleva al público a la carcajada más franca o a las lágrimas. Entonces ellos repiten los fragmentos que los volvieron memorables en un cruce entre aquella ficción de ayer y esta realidad de hoy que vuelve a poner en jaque, como siempre en las creaciones de Muscari, el concepto de ficción. Repetir sus escenas gloriosas los pone de un modo transitorio en el ahora. El olvido puede ser insoportable.

Existe además una tensión entre aquellos que están seguros de poder regresar y los que tienen menos esperanzas.

Muscari, acierta en la originalidad de llevar a un teatro independiente a artistas que fueron íconos televisivos, que vienen de productos comerciales de un éxito indiscutido. Pero también acierta en la elección: la chica hermosa de la tanga de los 80?, el portero Efraín de Señorita Maestra, la vedette que salió con el cuerpo pintado por todo vestuario haciendo jadear a los señores de la platea del teatro de revistas, las coprotagonistas de las novelas más vistas, malas, despechadas, psicopáticas, el versátil actor que ganó un Martín Fierro y ya no volvió a trabajar. Aquella dulce animadora infantil que nos invitaba a bailar ?la batalla del movimiento?, la rubia bonita de las tiras, la monjita buena y el siempre joven artista que bailaba en Alta Tensión.

Todos ellos están en el imaginario popular y todos ellos conocieron el lado B de la fama. Todos estaban instalados en el lugar precario del éxito que frente al olvido se convierte en un yunque muy difícil de cargar.

Desacralizados, en carne viva, tejiendo comicidad casi a pesar suyo, los artistas de Escoria transitan el escenario volviendo a vivir y haciendo que el público vuelva a vivir aquellos momentos donde todo era logro. Porque no hay nadie (aunque ahora abjure de ello) que a lo largo de su vida no haya compartido un momento con ellos.

La música, desde el inicio en el que Osvaldo Guidi hace el play back de Sergio Denis, hasta el final, tiene el sello de su creador y acompaña a la historia como un signo potente y arrollador.

Otra vez Muscari nos sorprende, y Ellos, todos nos conmueven y atrapan porque el lado B de la fama se descubre como el espacio para enarbolar la dignidad que da volver a tener trabajo. El final será inesperado y la espera cobrará otro sentido.

La escena argentina agradecida, a Muscari que crea sin pausa con una originalidad infrecuente y a esos jóvenes de ayer que por espacio de una hora y cuarto regresan a nuestro presente salidos mágicamente del arcón de nuestros propios recuerdos .

Publicado en Leedor el 19-09-2009