Nada de Dios y Yo, Olga Orozco

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Dos obras dirigidas por Silvio Lang rinden homenaje a dos grandes poetas: Idea Vilariño y Olga Orozco.Dos espectáculos teatrales en dos escenarios porteños distintos rinden homenaje a dos grandes poetas: Idea Vilariño y Olga Orozco. Nada de Dios y Yo, Olga Orozco acaban de estrenarse bajo la dirección de Silvio Lang, docente y dramaturgo oriundo de nuestra Pampa.

Nada de Dios se propone homenajear, en el año de su fallecimiento, a la poeta popular uruguaya Idea Vilariño (1909-2009). Los versos de Vilariño, las voces y los cuerpos de los actores intentan concebir una unidad de sentido que sólo logra suceder si se la compone coherentemente. Sucede que los tres factores escénicos (cuerpo, voz y texto) irrumpen aleatoriamente en la escena y su simultaneidad se arroja en el devenir dejándolos a la buena de Dios, aunque se plantee su inexistencia.

Esta ausencia de ?representación? en cuanto a una historia que se narre o a un conflicto que se resuelva es parte de una elección estética direccional que corre el riesgo del sinsentido. De esto resulta que los cuerpos de los intérpretes aparecen dotados de un entrenamiento corporal intenso, arriesgado y en íntima conexión unos con otros, faltando sin embargo una cohesión en relación a los poemas proclamados. Los intérpretes son seis: dos mujeres y cuatro varones. Estos cuerpos jóvenes y sus voces, se vinculan y entran en contacto intentando que éste se de por -y gracias al- el lenguaje extremadamente riguroso, visceral y poético de la autora. Así es que, a lo largo del espectáculo se hilvanan momentos de pares, cuartetos, dúos y solos, entre estos seis seres arrojados al ?mundo?. Decimos mundo porque no sabemos muy bien dónde se ubican espacial y temporalmente estos sujetos.

Volviendo al sentido buscado, y sea cual sea, este es un propósito que creemos debe perseguir toda obra teatral. Al espectáculo se le presentan más preguntas que respuestas, o más huecos que plenitudes. Esto sería bienvenido si fuera buscado deliberadamente. La excelencia de los textos que ellos pronuncian demanda, precisamente, otro tipo de búsqueda para ser puestos en escena. Además, ciertos tonos y acentos hacen que cambie radicalmente el sentido de lo dicho; y en este punto el espectador se merece que lo respeten, menos que se abusen de él. Quiero decir, que no lo lleven de aquí para allá ni que le den la comida en la boca. Todo este trabajo interpretativo es fundamental en ambas partes (la acción escénica y el público), con lo cual pensar un evento escénico y teatral de una poesía como la de Vilariño lleva, evidentemente, una gran labor de dirección y de puesta en escena.

En este caso no hablamos de personajes porque no existen; sino que por momentos parece ser una puesta en forma de las variables que registran las modulaciones de los actores. Como un ejercicio de la práctica de técnica vocal, cosa que no estaría mal si se reformulara la situación de enunciación del discurso escénico.

Como dijimos antes, no hay un universo de ficción que presente a la obra en un tiempo/espacio Otro. Eso puede deberse al hecho de trabajar sobre un lenguaje poético. En este sentido, los textos de Vilariño seleccionados distan de ser un ejercicio, son presencias acabadas coherentes en su intencionalidad. Aquí, esta potencia del lenguaje poético queda librada, como ya dijimos, a la buena de Dios.

Yo, Olga Orozco rinde homenaje a la poeta argentina fallecida el 15 de agosto de 1999. A diez años de su muerte, Lang crea esta especie de ?performance? basándose en algunos de sus textos. En esta propuesta de Lang el denominador común que sostiene la pieza es el empleo de la tecnología como medio para producir sonidos, reproducir el audio de una voz que recita y distorsionar la voz de la pareja de actores. Este aspecto técnico resulta fundacional en la escena ya que todo lo emitido desde allí hacia el público es producto de este aparato electrónico. Y como siempre hay un técnico especializado para estos asuntos o un DJ en una fiesta electrónica, en esta propuesta hay un muchacho que ?situado detrás de la tabla donde está la artillería tecno/informática/musical- manipula, opera y produce en la banda sonora de la obra las variaciones que le son apropiadas. Podemos pensarlo como a un prestidigitador.

Al pisar fuerte este elemento esceno-técnico, los textos de Orozco también se distorsionan. Al inicio oímos una grabación de su propia voz en la que recita algunos de sus versos. Luego, cuando los actores toman la palabra se crea un clima de oscuridad, como si fueran monjes que están ahí para decirnos algo, puede que para contarnos historias. Estos dos modos de locución se alternan a lo largo de la obra.

La escena tiene, en toda su extensión, otro denominador común: una penumbra importante. Entonces todo parece una mixtura entre la oscuridad del clima general, de la sala y la de los textos. Estos seres de los suburbios que parecieran mensajeros de alguna tragedia quedan desprendidos, literalmente, de los versos de la poeta. Ahí es que cuando nos preguntamos el para qué de todo esto, quedando el homenaje a Orozco fuera de lado. Los poemas no quedan reunidos en una esfera dramática, si fuera esta la propuesta original del director.

Vemos, con todo esto, lo difícil que resulta tomar la voz y la poesía de estas artistas. Ambos espectáculos son claros ejemplos del margen, tan sutil como importante, existente entre literatura y escenario.

Publicado en Leedor el 17-09-2009