El último fuego

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Una obra de Dea Loher que sintetiza el concepto de renacimiento: para volver a empezar.

Entramos a la sala del teatro ?Callejón de los deseos?.

Nueve son los actores. Nueve son las historias que se unen en una: la muerte de un niño atropellado en plena carretera y un hombre como testigo del hecho. Este hilo conductor es una excusa para desmembrar las vivencias de cada personaje.

Una escenografía que propone una apertura en su vista. Una alfombra con marcas de autos, simboliza la calle. Las ventanas y puertas entre las casas se nombran, pero no existen.

Nosotros espectadores vivimos de cerca, de muy cerca de estos personajes.

La puesta en escena es interesante en cuanto al movimiento que propone. Constantemente hay acciones producidas en la misma secuencia y hay diversos puntos de atención. No necesitamos mirar necesariamente al actor que dice su parlamento para adentrarnos en el mundo propuesto.

La acción concreta es inagotable. Cada rol tiene su energía específica, su punto de interacción, su espacio de desarrollo. Nos encontramos por conclusión con múltiples frentes y múltiples movimientos en los cuerpos, que conviven en este ?barrio?.

El descanso de toda esta vorágine es una canción interpretada por la abuela del fallecido; un momento de pausa y de reflexión. Un actor es el encargado de incluirnos en la historia, nos explica y nos comenta. Los parlamentos llevan mayormente a la reflexión. Cada personaje va descubriendo mediante el texto su forma de encarar la vida que le tocó y que posición tiene frente a esta muerte. Por momentos resulta un poco larga la obra, pero no aburrida, ya que los actores se apoyan en sus actuaciones y en esta puesta en escena que los fuerza a no decaer la energía.

Publicado en Leedor el 3-09-2009