El precio del placer

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En Buenos Aires sólo quien así lo desea permanece en la ignorancia.Crisis financiera mundial o expansión económica sin precedentes, lo cierto es que nuestros bolsillos siempre se encuentran magros. Nunca aciertan los analistas económicos y eso que la respuesta no sólo es simple sino que sigue siendo siempre la misma, el papel moneda no abunda en nuestras billeteras.

Pero eso no impide que uno se sume a la acción catártica del consumo compulsivo. Al fin y al cabo nacimos en el seno de una sociedad capitalista, y no entre los Tsembaga Maring de Nueva Guinea (Sí, sé que me escondo en la primera persona del plural). Pero claro los presupuestos mandan y cuando son anoréxicos las posibilidades se reducen, adelgazan. Sin embargo todo depende de los gustos. Y los gustos, como las especies biológicas, se adaptan.

Por suerte o por condicionamiento material nuestros gustos no son muy caros. Vicios públicos, virtudes privadas. Así las cosas en este mundo que se enorgullece de las privatizaciones y las confunde con la privacidad.

La cuestión es que con unos pocos pesos, menos de 30, nos lanzamos a la calle Corrientes a buscar libros usados. Bah, a buscar libros que pudieran adquirirse con el breve presupuesto. Durante el trayecto recordábamos el comienzo de ?El nombre de la rosa?, en donde el narrador encuentra el manuscrito de la historia en una librería de usados de la calle Corrientes. El entusiasmo ya era el motor de la esperanza. Íbamos con algunas ideas previas, buscábamos a Gombrowicz, a Sartre, a Marechal, pero dispuestos a dejarnos sorprender. A trajinar entre títulos, a saltar con velocidad mecánica de un libro a otro, reconociendo en apenas una rápida ojeada, si el interés se despertaba o continuaba adomercido.Decidimos adoptar un método. Son muchas las librerías y no queríamos depender del azar, que bien podría haber sido una opción metodológica válida. O implementar un procedimiento mixto, estocástico como se dice en la jerga sistémica. Una mezcla de causalidades y casualidades. No. Nos decidimos por el viejo algoritmo gallego, es decir explorar todas y cada una de las posibilidades en un orden determinado.

Comenzamos por la vereda sur de la calle Corrientes a la altura de Ayacucho. La idea era recorrer una a una las librerías de usados. Tomándonos el tiempo necesario entre ácaros letrados y polvillo alergénico intelectual. Una picazón material, no espiritual, que de deslizaba por la nariz, pero que con la abnegación que promueve la curiosidad, fue fácilmente subsanable. Y para que negarlo. Nos dio un pequeño orgullo junto a un gran estornudo. Menos mal que la psicosis de la gripe A había sido derrotada por el olvido.Nuestro recorrido terminó  en la calle Talcahuano. No pudimos llegar hasta la 9 de julio y mucho menos retomar por la vereda de enfrente. Nos quedó pendiente. Sin embargo, la ganancia fue notable. No encontramos lo que buscábamos pero nos llevamos nuestro premio.

Grandes clásicos de las letras a precios irrisorios. Mientras Coelho (sin ofender) cuesta como mínimo 30 pesos, Góngora cotiza en 3. En nuestra elección obtuvimos a Lope de Vega, en selección de Rafael Alberti por 2 pesos.  Una antología de prosa y poesía medieval de Alfonso El Sabio. Los Cuadernos de Infancia de Norah Lange a 4 pesitos. La Vindicación de los derechos de la mujer de Mary Wollstonecraft, (la madre de Mary Shelley) por 5 morlacos. Una compilación de versos de Ramón del Valle Inclán que incluye La pipa de Kif a 1 peso, sí, a 1 peso. Con la inmensa mayoría, de Blas de Otero por 4 pesos. Y hay más en la lista pero no es la intención justamente definir al conjunto por extensión.

Inmediatamente nos surgió un pensamiento elitista que no por ello dejó de tener cierto valor de verdad. En Buenos Aires sólo quien así lo desea permanece en la ignorancia. Al menos no es un problema de dinero. Seguramente las causas son más profundas y responden a cuestiones culturales. Sabemos que no podemos tomarlas a la ligera y que se merece una reflexión más extensa. Pero el sentido común ya formado sobre el placer de la lectura condiciona nuestra opinión, haciéndonos incurrir en una forma de injusticia y de indignación.Practiquemos la literatura hedonista. Aquella que predicaba Borges a sus alumnos de Filosofía y Letras cuando era docente de Literatura Inglesa. Si un texto no nos da placer, abandonémoslo. Tal vez en un futuro el mismo libro que nos aburrió nos pueda deparar muy gratas sorpresas.

Por último retomamos una frase de Erasmo de Rótterdam, dicha en un contexto, el siglo XVI, en el cual el mercado editorial era mucho más restringido que el actual. ?Si tengo dinero, me compro libros, si me sobra algo, compro comida y ropa?.

Publicado en Leedor el 1-09-2009