Sangra, nuevas Babilonias

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Aciertos en la dramaturgia y puesta de Guillermo Cacace en el Apacheta.
El mutipremiado dramaturgo y director Guillermo Cacace, estrenó, hace unas semanas, Sangra, nuevas Babilonias. La acción se desarrolla en Barcelona. Una pareja de argentinos, sinécdoque de los tantos que emigraron durante las distintas crisis, en busca de nuevos horizontes, están empleados en la casa de una familia acomodada, también de origen inmigrante. Los ayuda una expatriada más, ecuatoriana, que conserva las ropas de los hijos que quedaron lejos, y cada tanto las huele rastreando las huellas de lo familiar.

Un gazebo emplazado en el parque de una casa de campo con salida al mar, delimita el espacio en que los tres inmigrantes preparan el menú para el agasajo. Lobo, esgrime un cuchillo que será símbolo durante toda la puesta. Con ese cuchillo se lastima una mano y es, en ese momento en donde se hace necesario llamar al Nene, primo de su esposa, ya que con el Lobo lastimado, los preparativos pueden retrasarse y de ese modo, el rumano rico, dueño de casa puede despedirlos a todos si la fiesta de su hija no sale fantástica.

La dramaturgia y puesta de Cacace posee varios aciertos. Por un lado la reproducción del registro coloquial rioplatense que contrasta continuamente con el habla de la niña de la casa, que en una suerte de nuevo cocoliche, habla catalán y español. Ese registro es una de las zonas identitarias que poseen los personajes. Por otro, hay toda una construcción del migrante, elaborada desde el texto y las actuaciones que permiten al espectador la recepción de la máscara de esos seres que desde la angustia de la desterritorialización pivotean entre el fracaso y la quimera, desdibujada ya, del éxito.

Cada uno de ellos es un tipo fácilmente reconocible, Lobo, posee una cuota de violencia interna y externa y el tajo proferido en su mano es una metáfora del tajo que se abre al inmigrar. Pero estos seres comunes, sin ilustración sólo pueden metaforizar las pérdidas y las fisuras, los hiatos a los que sus vidas han sido sometidas al cruzar el océano. La aparición del Nene, como ayudante desatará otro conflicto cuando éste usa sus armas de seducción con la dueña de casa, haciendo que Lobo vea amenazada su permanencia en ese trabajo. Todos, menos la joven dueña de casa son sirvientes en desventaja.

Por ello, el otro acierto de la puesta de Cacace es mostrar esa pirámide de servidumbre en la que un argentino con más años de inmigrado puede ser mejor que otro y una ecuatoriana siempre será pasible de ser revisada por el mito de que determinados inmigrantes son ladrones. Así la puesta metaforiza además, esa barbarie en la que se cumplen los destinos sudamericanos. El Lobo le tenderá una trampa al Nene para sacarlo del medio. Ambos personajes masculinos son como dos caras de una misma moneda. Lobo desconfiado y siempre a la defensiva, cuchillo en ristre, el Nene, seductor de esos que pululan por todos los rincones del país, siempre buscando la fácil, subestimando la perspicacia ajena, complementa esa imagen del inmigrante buscavidas del que se tiene desconfianza.

En esta Nueva Babilonia (cuyo hipotexto es el de Discépolo) se invierten los roles, no son sirvientes europeos en Argentina, sino argentinos en estado de servidumbre en Europa, afirma Cacace, y esto hace que algo del orden de la frustración y la violencia siempre a punto de aflorar, sea uno de los motores de avance del acción.

Debajo de gazebo, en un espacio cuadrado de pasto, los migrantes están dentro de un sistema que los oprime burlando los sueños de mejoramiento económico que los hicieron cruzar el mar. Afuera, el desempleo y la intemperie, adentro el trabajo casi esclavizante y precario otorgado por otro, inmigrante también pero, que aunque adinerado, no es el clásico empleador de clase alta definida. La pirámide de poder ha sido vulnerada tal cual la conocimos. Otro orden impera en este mundo en que migrar conlleva siempre al dolor y el desarraigo. En este contexto cualquiera puede ser el amo.

Los actores juegan sus personajes con una gran organicidad, cada uno de ellos establece un tipo reconocible con el que se produce un dilema para el espectador: lograr empatía con alguno de ellos, ya que todos, incluso la niña rica, cuyos bordes se desdibujan por la soledad, poseen en el ser de sus personajes un núcleo de violencia reprimida y de angustia expuesta que a la vez que nos aleja de la catarsis, nos permite la reflexión que el teatro cuando decanta dentro nuestro, convierte al hecho teatral en un discurso ideológico.

Un buen diseño de iluminación y acertados objetos de interacción con los personajes completan una puesta que nos muestra como sigue cumpliéndose a rajatabla, en virtud de la desigualdad, la desintegración de los que siguen estando abajo.

Publicado en Leedor el 27-08-2009

Publicado en Leedor el 27-08-2009