Cabo Verde

0
7

En la obra de Demaría el humor negro hace posible digerir una historia atroz.Hacia fines del siglo XVIII y principios del siglo XIX con el surgimiento del higienismo, el área social pasó a estar bajo el control de la observación médica. La medicina, como señaló Michel Foucault, se va a ocupar de controlar el ?cuerpo social? y como una suerte de fuerza de seguridad médica, surgen profesionales, instituciones, que con la excusa de instaurar una higiene pública, fundarán discursos, en los que, en nombre de la salud, comienzan a establecer taxonomías: loco, criminal, o en síntesis ?enfermo?. Estos encasillamientos dan como resultado toda una suerte de mecanismos discriminatorios que profundizan la alteridad en términos de un ?otro? peligroso.

Cabo Verde, de Gonzalo Demaría, parte de esta situación. Un médico higienista, Director del Depósito de Contraventores, debe conseguir un niño ario para la viuda de un ex presidente llamado Roque, el que según el médico ?le dio el voto a todos esos?. El Doctor, deja a su ayudante la tarea de examinar al niño. Éste será denominado ?17? ya que lo que se impone es clasificar, no cumple con los requisitos de absoluta normalidad, de acuerdo a los preceptos higienistas. Sin embargo, el doctor decide borrar del informe esas anormalidades, ya que detrás de su aparente deseo de cumplir con la viuda, hay una necesidad de venganza. En esta instancia escénica, ya suponemos la época a la que pertenece esa coacción biopolítica (fines del XIX o principios del XX).

Para el doctor el laboratorio es el lugar de la manipulación en donde es posible experimentar y manipular a las clases sociales.Pero la obra de Demaría no se queda en esta instancia. Pronto la madre del niño canillita arrebatado de la calle se presenta a reclamar a su hijo. Y aquí se abren otros núcleos dramáticos.Encarnada por María Fiorentino, esta madre viene a reclamar a su séptimo hijo varón, el que es ahijado del presidente fallecido -costumbre que el país ha tenido históricamente-. Ella es achurera de profesión y lo que se develará es cómo y con quién fueron concebidos sus hijos.

Lo interesante del texto de Demaría es cómo bajo la aparente farsa discursiva donde el humor negro hace posible digerir una historia atroz, se escuchan intertextos fundacionales del relato de la Nación. Achureros eran los empleados del matadero bárbaro de Esteban Echeverría y éstos fueron mostrados como el peor rostro de la barbarie. En cambio en Cabo Verde, la achurera es una víctima aunque por momentos ella pareciera no percibirlo. Es como si después de más de 100 años lo que la realidad grita es la victimización de la que son mártires, todos los que son ?otros? de clase, de creencias o raza.

El clima creado por el diseño de iluminación colabora con el variado registro de situaciones que van desde la farsa hasta lo trágico. El diseño espacial, como un laberinto profundiza la idea ida y vuelta que tendrá la historia y su resolución.

María Fiorentino vuelve a lucir sus dotes de actriz completa, transitando todos los puntos oscuros de la historia de su personaje, con la dosis de humor, ironía no buscada y asombro que su rol le pide.

Rodolfo Roca y Luciano Correa, como el doctor y el ayudante, respectivamente, aciertan en la composición, un médico higienista severo y a veces absurdo y un ayudante no tan obediente como era de esperar. El joven actor Ramiro Batista, aporta la dosis de frescura a esta historia oscura que nos obliga a repensar los distintos modos de discriminación a los que lo sujetos somos pasibles de ser sometidos.

Cabo Verde es un paraíso, pero cuidado, si aún queda un higienista o un fascista suelto por ahí, les dirá que es un lugar donde los negros como monos se arrojan al mar para bucear una limosna, aunque para algunos de los personajes, Cabo Verde sea nada más ni nada menos que la libertad.

Publicado en Leedor el 25-08-2009