La guerra de la sed

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Un libro del crítico y cinéfilo Guadi Calvo, sobre el luctuoso conflicto conocido como la guerra del Chaco, que probablemente será llevado a la pantalla grande en un futuro no muy lejano.
Lejana en cambio parece la cruenta contienda que enfrentó a Paraguay y Bolivia durante algo más de dos años (1933-1935) y que terminó con el triunfo de los guaraníes, pese a contar con menor población y menos efectivos armados. Los motivos de la absurda guerra deben buscarse en los intereses de la empresa petrolera Standard Oil y en la búsqueda de una salida fluvial al mar de los únicos dos países mediterráneos de América del Sur.

Guadi Calvo es un especialista del cine latinoamericano, con una extensa carrera en la crítica cinematográfica y la colaboración en numerosas publicaciones de países tan diversos como Venezuela, Colombia, México e incluso europeos.

Quienes lo frecuentan saben de su proximidad con directores tan talentosos como el boliviano Jorge Sanjinés y el venezolano Román Chalbaud, por sólo nombrar a dos de ellos.

Su veta literaria ya tenía antecedentes en una colección de cuentos: ?El guerrero y el espejo? y la novela ?Señal de ausencia?. Ahora regresa con el que quizás sea su más ambicioso proyecto, una novela histórica sobre la guerra en que dos países hermanos sin salida al mar se disputaron la región conocida como Chaco Boreal.

En “La guerra de la sed? hay un reducido número de personajes cuyas vidas se entrelazan. Si uno quisiera hacer un símil cinematográfico lejano la referencia sería una obra maestra como ?La gran ilusión? de Jean Renoir, no desde el punto de vista bélico sino por las relaciones que se establecen entre militares de bandos opuestos. Es muy probable que se trate de un simple hecho casual, casi podríamos decir involuntario, pese a que sin duda Guadi conoce y ha visto esa obra maestra francesa.

La historia se inicia con la captura del teniente paraguayo Agustín Castillo Irala, cuyo avión Fiat es derribado por artillería antiaérea de origen suizo (Oerlikon), cayendo el militar en manos del enemigo boliviano. De estos, quienes se relacionarán con el militar detenido serán el mayor Rolando Quiroz y el sargento Ávila, verdaderos polos opuestos. Con el primero, Castillo Irala sostendrá una relación que recuerda a la que protagonizan los dos oficiales (Pierre Fresnais y Erich von Stroheim) en la famosa obra de Renoir. En cuanto al personaje del suboficial que interpreta Jean Gabin, no existe aquí un equivalente pese a estar presente, a nivel de rango, en las figuras del sargento Ávila y de un cuarto personaje que irá ganando protagonismo a medida que el relato avanza. Nos referimos al soldado boliviano Lucio Quispe, quien sufrirá similares maltratos al del teniente detenido y compartirá celda con éste, por culpa de Ávila.

A partir de ese fortuito encuentro se irá forjando una creciente relación afectiva entre dos seres de orígenes muy diversos, tanto en lo social como en lo étnico. La fuga conjunta pondrá al lector en contacto con la cruda realidad de un combate que recuerda a los enfrentamientos cuerpo a cuerpo de guerras pasadas.

El autor logra transmitir la desolación del campo de batalla en pasajes como aquel en que ?cadáveres putrefactos hacían imposible la respiración y sólo se acercaban los enjambres de moscas que surgían de la nada?. El hambre, la sed, ?el sol que martilla la cabeza?, el olor de los cuerpos sin vida forman parte de la descripción que recuerda a la de la primera Guerra Mundial en la obra autobiográfica ?El mundo de ayer? de Stefan Zweig. Con este autor, Guadi comparte además un mensaje que podría tildarse de pacifista, al enfatizar ambos el absurdo de la guerra.

En la parte final de ?La guerra de la sed?, y cuando la balanza ya se ha inclinado en forma favorable al Paraguay, el teniente habrá recuperado su libertad y su mayor desvelo será encontrar al soldado boliviano a quien, como él bien señala a sus colegas, le debe la vida. Se adivina que el suspenso del relato en esta parte, debe haber sido inspirado en obras cinematográficas de un género que el autor ha visto en abundancia. El desenlace se lo dejamos para que quien lo descubra sea el lector, que una vez llegado a esta instancia final difícilmente abandone la lectura hasta completar la obra.

Publicado en Leedor el 23-08-2009

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